Dune: La captura de Bronso (I)

Carthag, la segunda ciudad más poblada de Dune, había sido llamada “una pústula en la piel del planeta” por el Planetólogo Pardot Kynes. La antigua capital Harkonnen contaba con una población de más de dos millones de personas, aunque dichos números eran sólo estimaciones, ya que muchos de los que vivían y trabajaban en la ciudad eludían los empadronamientos.

Dama Jessica tenía sus propias razones para odiar Carthag. Incluso después de tantos años, el hedor Harkonnen aún persistía, pero había accedido a aquella reunión secreta. Además, la noticia era buena, y Bronso esperaría escuchar que Tessia había sido puesta en una nave de la Cofradía con un nombre falso. Por ahora, ella estaba en camino a Caladan, el planeta natal de los Atreides, donde le ayudarían a iniciar una nueva vida bajo una identidad falsa. Tessia era una mujer fuerte, obviamente dañada y marcada por la tragedia, pero había sanado en gran medida. Tendría que volver a aprender a vivir como una persona normal, pero Caladan era el lugar para que ella comenzara tal esfuerzo.

Durante sus conversaciones secretas en el desierto, Bronso había dispuesto la hora y el lugar de la reunión; pero en cambio, Duncan y Gurney habían regresado hacia poco con noticias supuestamente triunfantes del progreso con la Cofradía Espacial, que había impuesto restricciones generalizadas entre los mayordomos Wayku. Jessica tenía que confiar que Gurney haría todo lo posible para retrasar lo inevitable.

Después de perder a sus aliados Wayku, Bronso ya no tendría un método eficaz de distribuir su material, pero sus ideas no serían silenciadas. Con los años, sus constantes preguntas y desafíos a la mitología de Muad’Dib habían ganado su propio impulso. Otros críticos habían tomado el esfuerzo, así, aumentando las preguntas y recolectando datos adicionales sobre las numerosas atrocidades. Muchas personas se mostraron cautelosas, pero otras menos tímidas; habían comenzado a escribir sus propios análisis, dirigido a los errores y la falta de objetividad en los informes de Irulan, especialmente aquellos que se habían publicado desde la muerte de Paul. La suerte estaba echada…

A la hora indicada en la tarde, vestida con ropas fremen, Jessica viajó en un pequeño taxi destartalado a través de uno de los barrios marginales de la ciudad. Con sus calles estrechas y desordenadas y edificios en ruinas, Carthag había crecido aún más empañada y andrajosa desde la derrota de los Harkonnen.

Tiró su capucha hacia adelante para ocultar su rostro, quitándose sus tapones nasales para mantener sus sentidos alerta. Con su sentido del olfato, buscó en los olores de la antigua ciudad, absorbiendo sus alrededores.

Muchos de los edificios eran bloques llenos de manchas y simples estructuras prefabricadas erigidas por los Harkonnen para los trabajadores de especia y de la industria, y habían crecido como organismos enfermos, remendados y ampliados con parches puestos al azar de forma irregular usando metal y plaz. Niños sucios jugaban en medio de la basura y las alimañas.

Bufando, ya fuera por incredulidad o desaprobación, el conductor detuvo el pequeño taxi.

—Su destino, señora— Mientras la llevaba, el hombre la había estudiado a través del espejo retrovisor, tratando de ver por encima de la fachada de su ropa desgastada y su práctico pero desvanecido destiltraje, como si intuyera que Jessica pudiera ser alguien más importante que lo que estaba demostrando—. Tenga cuidado por aquí. ¿Quiere que me quede con usted? Podría caminar a donde tenga que ir, sin cargo adicional.

—Es muy generoso de su parte, y caballero, pero puedo cuidar de mí misma— Su tono no dejó ninguna duda de que realmente podía. Le dio una generosa propina.

Mirando hacia arriba, Jessica vio un edificio de seis pisos que podría haberse desplomado por el peso de su decadencia, si no fuera por las estructuras adyacentes apoyándolo. Salió al pavimento roto y caminó por él, pareciendo ignorar—aunque intensamente alerta— de las siluetas sombrías que acechaban en las puertas, observando.

Las instrucciones de Bronso le había dado era que pasara por una puerta metálica en una calle lateral. La abrió con un chirrido que sonaba como un pequeño grito de pánico, y luego subió por una escalera de plaz a un nivel superior y giró a la derecha en un pasillo oscuro. Los olores corporales aún rezumaban en el espacio confinado. Los Fremen creían que los malos olores eran malos augurios; por lo menos, aquellos demostraban una descuidada disciplina del agua.

Antes de que pudiera golpear en una puerta llena de rasguños, ésta se abrió, y Bronso la llevó dentro, fuera de la vista. Cerró la puerta rápidamente.

“The Winds of Dune”, por B.Herbet y K.J.Anderson

Traduccion de Facundo Berrade

Ver parte II, III y IV

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