Como no te voy a querer…

Hay una papelera en mi ordenador que contiene tres crónicas de las derrotas del Real Madrid en finales de Champions: la de Lisboa, la de Milán y la de Cardiff. Espero juntar siete más y publicar un libro: ‘El Madrid que no pudo ser, la década perdida’.

Las dos primeras fueron escritas durante la segunda parte y la de Cardiff en el descanso, porque en el ambiente del Madrid había prendido la sensación de que a veces toca perder una final: era, en palabras de un directivo, “asumible”. Ingenuidad de zorro viejo: aquí no se asumen ni las victorias.

Las tres crónicas eran buenos artículos porque la derrota está mejor escrita que la victoria, y la literatura sólo es arte cuando el final no es feliz: los finales felices son la precuela de algo que el autor nos ha ahorrado ver. Hay que joderse y contarlo, y a veces joderse sólo para contarlo. Dios, sin embargo, nos consiente. Nos mira mal como el portero de una fiesta, pero nos deja entrar sin sello. Seis finales: seis victorias. Una generación de madridistas nacida a partir de 1981 no sabe lo que es perder una final de Champions.

Así fue cómo desde la línea de un fondo se conquistó Europa. La línea que conectó a Benzema en el Calderón con Modric y Marcelo en Cardiff. Por ahí, sin espacio y al límite, el Madrid abrió la Historia en canal y volvió a meterse dentro. Arrasó a la Juventus en la segunda parte: la maniató frente a él y sacó el repertorio de los minutos elegidos con el mismo cuidado con el que Ali preparaba a su presa, momentos de juego sobre los que el Madrid levanta su estatua en Europa. La Juventus se puso a tomarle el pulso al final de la primera parte, con el Real tocado, y el Real reaccionó por diablo, por viejo y por Madrid. Le metió cuatro como le pudo meter cinco. Le metió un gol más en 90 minutos que los que le metieron a la Juve en un año en Europa.

Fue después de una primera parte en la que un golazo de Ronaldo tras pared prorrogada con Carvajal hizo creer por fin en un partido fácil. Lo que se aprendió con Manduzick es que la vida no es fácil, la Champions tampoco y el Madrid aún menos. La segunda parte fue cortesía de un equipo histórico que se prolonga desde Ramos hasta Benzema como un cable de alta tensión: una generación desempolvada en 2010 que ha llegado hasta aquí ganando tres Copas de Europa en los últimos cuatro años. Los que estaban y los que llegaron, educados al mismo tiempo en la competición fundacional del Madrid, la que lo une a través de dos siglos con Alfredo Di Stefano.

Todo esto se ha producido bajo la figura de un goleador legendario, Cristiano Ronaldo: perdió casi todos los balones fuera del área, metió todos los que cayeron dentro. Bajo la protección en Cardiff de Casemiro, que se permitió marcar el gol de la final. Y con la promesa de un gol, el último, que profetiza la década siguiente, la década charm de Marco Asensio.

MANUEL JABOIS (EL PAIS)

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