Dune: Yo soy Duncan Idaho (y III)

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— ¿Eres acaso un mentat? —le preguntó Idaho.

— ¡Oh, no! —exclamó Luli interrumpiéndoles—. Nuestro Señor Leto no permite el adiestramiento de mentats.

Idaho lanzó una mirada a Luli, y luego concentró nuevamente su atención en la enmascarada.

Prohibidos los mentats. La historía tleilaxu no mencionaba este interesante detalle. ¿Por qué había de prohibir Leto los mentats? Sin duda alguna, una mente humana adiestrada en las superfacultades de la computación aún debía resultar de utilidad. Los tleilaxu le habían asegurado que la Gran Convención permanecía vigente y que las computadoras mecánicas seguían proscritas. Indudablemente esas mujeres debían saber que los mismos Atreides habían utilizado los servicios de los mentats.

— ¿Cual es tu opinión? —le preguntó la enmascarada—. ¿Crees que los tleilaxu te han
manipulado?

— No… no lo creo.

— ¿Pero no estás seguro?

— No.

— No temas, Comandante Idaho —añadió–. Tenemos medios de asegurarnos de ello y de
resolver esos problemas, si es que llegan a surgir. Los sucios tleilaxu lo intentaron sólo una vez, y pagaron cara su equivocación.

— Eso me tranquiliza. ¿Me envía nuestro Señor Leto algún mensaje?

Fue Luli la que respondió:

— Nos ordenó decirte que te sigue queriendo como los Atreides siempre te han querido. —
Evidentemente, se sentía horrorizada de sus propias palabras.

Idaho se sintió algo más tranquilo. Como antiguo instrumento de los Atreides, magníficamente adiestrado por ellos, poco le había costado deducir algunos puntos de esa entrevista. Esas dos mujeres habían sido fuertemente condicionadas para prestar una obediencia fanática. Si una máscara cibus bastaba para ocultar la identidad de aquella mujer, debía haber muchísimas más de cuerpo muy parecido. Todo ello indicaba que serios peligros acechaban a Leto, peligros que aún
requerían un sutil servicio de espionaje y un arsenal de armas bien surtido, como en los viejos tiempos.

Luli miró a su compañera.

— ¿Qué dices, Amiga?

— Se le puede conducir a la Ciudadela —respondió la enmascarada tras una pausa—. Este es un mal lugar. Aquí ha habido tleilaxu.

— Un baño caliente y un cambio de ropa me vendrían muy bien —dijo Idaho.

Luli seguía mirando a su Amiga:

— ¿Estas segura?

— La sabiduria del Señor no puede ponerse en duda —contestó la enmascarada.

A Idaho le desagradó el fanatismo de la voz de la Amiga, pero se sintió seguro pensando en la proverbial integridad de los Atreides. Tal vez parecieran cínicos y crueles a los extraños y a sus enemigos, pero para con su gente eran justos y leales. Y por encima de todo, los Atreides eran leales con ellos mismos.

Y yo soy uno de ellos, pensó Idaho. Pero, ¿qué le ocurrió al otro yo que voy a reemplazar?

Comprendió perfectamente que esas dos mujeres no iban a responder a esta pregunta.

Pero Leto lo hará.

— ¿Nos vamos? —preguntó–. Estoy ansioso por lavarme y sacarme de encima el hedor de los
sucios tleilaxu.

Luli le sonrió.

— Ven. Te bañaré yo misma.
“Dios Emperador de Dune”, de Frank Herbert

Leer partes I y II

2 Respuestas a “Dune: Yo soy Duncan Idaho (y III)

  1. ¿Porqué Leto segundo no quería mentats…? aún no llego a la parte que lo explica o me la pasé sin entenderlo…

    • Saludos!. Leto queria controlar a todas las fuerzas del universo, como hizo por ej con la Bene Gesserit. No los erradicaba, pero los dejaba bajo minimos, casi clandestinos y controlados

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