Dune: Yo soy Duncan Idaho (I)

duncan-idaho_by_carlosnct

Yo soy Duncan Idaho.

Eso era casi todo lo que deseaba saber con certeza. No le convencían las explicaciones de los tleilaxu, sus historias. Pero claro esta que los tleilaxu siempre habían inspirado temor. Descrédito y temor.

Le habían conducido hasta el planeta en un pequeño aparato de la Cofradía, llegando a la línea del crepúsculo con un tenue resplandor verde de la aureola del sol que iluminaba el horizonte mientras la nave descendía sumergiéndose en las sombras. El aeródromo espacial no se parecía en absoluto a los que él recordaba. Era mas extenso y se hallaba rodeado por un anillo de extraños edificios.

— ¿Estas seguro de que esto es Dune? —pregunto.

–Arrakis —replicó su acompañante tleilaxu, corrigiéndole. Luego, a toda prisa, le habían transportado en un vehículo hermético al edificio donde ahora se encontraba, situado en una ciudad que llamaban Onn, dando a la “n” una peculiar inflexión nasal. La habitación donde le habían dejado era cuadrada y mediría unos tres metros de lado, formando un cubo perfecto. No se veía ningún globo luminoso, y sin embargo la estancia se hallaba iluminada por una cálida luz amarilla.

Soy un ghola, se dijo a sí mismo.

Era una sensación inverosímil, pero tenía que creerlo. Encontrarse con vida sabiendo que había muerto lo probaba de modo irrefutable. Los tleilaxu habían tomado algunas células de su organismo muerto y formando con ellas un brote de embrión, lo habían cultivado en uno de sus tanques axlotl. Ese embrión se había convertido en el cuerpo que ahora poseía a lo largo de un
proceso que le había hecho sentirse forastero en su propia carne.

Bajó los ojos para examinar su aspecto. Iba vestido con unos pantalones y una chaqueta de color marrón oscuro, de un tejido burdo y áspero que le irritaba la piel, y como todo calzado llevaba unas sandalias. A excepción de su cuerpo. eso era todo lo que los tleilaxu le habían dado, tanta parquedad revelaba bien a las claras el verdadero carácter de sus hacedores.

La habitación estaba desprovista de todo mobiliario. habiéndole hecho entrar en ella a través de una puerta, la única, que por su parte interior carecía de manecilla. Levantó la mirada al techo, escrutando después las paredes y la puerta. A pesar del aspecto desnudo de la pieza, tenía la impresión de que lo estaban vigilando.

— Vendrán a buscarte mujeres de la Guardia Imperial —le habían dicho. Y después se habían marchado, sonriendo furtivamente entre ellos.

¿Mujeres de la Guardia Imperial?

La escolta tleilaxu se había dedicado con sádico placer a demostrarle sus facultades morfo-cambiantes sin que él pudiera adivinar de un minuto a otro qué nueva forma extraña adoptaría el flujo plástico de la carne de sus acompañantes.

¡Malditos Danzarines Rostro!

Lo sabían todo de él, por supuesto, sabían cuánto le disgustaban los Morfo-cambiantes.

¿Hasta qué punto podía confiar en los Danzarines Rostro? Muy poco. ¿Podían creerse sus palabras?

Mi nombre. Conozco mi nombre.

Y poseía sus recuerdos. Le habían devuelto su identidad mediante descargas. Los gholas eran, o habían sido, incapaces de recobrar su identidad original. Pero en su caso los tleilaxu habían conseguido devolvérsela, y él se sentía obligado a creer que era cierto puesto que comprendía dequé modo lo habían hecho.

Sabía que al principio existía el ghola enteramente formado, un pedazo de carne adulta sin nombre ni recuerdos, un palimpsesto en el que los tleilaxu podían inscribir casi todo cuanto se les antojara.

— Tú eres Ghola —le habían dicho, y ése había sido su único nombre durante mucho tiempo.

Luego habían tomado a Ghola como un niño maleable y lo habían condicionado para matar a un hombre determinado, un hombre tan parecido al Paul Muad’Dib original que él había servido con ferviente adoración, que ahora Idaho sospechaba que pudiera haber sido otro ghola. Pero de ser cierta esta sospecha ¿de dónde habían sacado los tleilaxu las células originales?

Algo en las células de Idaho se había rebelado ante la idea de matar a un Atreides. De pronto se había encontrado a sí mismo de pie, con un cuchillo en la mano, junto al bulto atado del pseudo-Paul que le contemplaba con airado terror.

Los recuerdos afluían a borbotones a su memoria, recordando a Ghola y recordando a Duncan Idaho.

Yo soy Duncan Idaho, maestro de armas de los Atreides.

De pie en la habitación amarilla, se aferró a este recuerdo.

Perdí la vida defendiendo a Paul y a su madre en una caverna-sietch bajo las arenas de Dune.

He regresado a este planeta, pero Dune ya no existe. Ahora es tan solo Arrakis.

Había leído la historia truncada que los tleilaxu le habían proporcionado, pero no creía en ella.

¿Mas de tres mil quinientos años? ¿Quién podía creer que su carne existiese después de ese tiempo? Excepto… con los tleilaxu era posible. Debía dar crédito a sus sentidos.

— Ha habido muchos como tú —le habían dicho sus instructores.

— ¿Cuantos?

— Leto, el Señor, te dará esta información.

¿Leto, el Señor?

La historia tleilaxu afirmaba que ese Leto era Leto II, nieto del Leto a quien Idaho había servido con fanática devoción. Pero este segundo Leto, así decía la historia, se había convertido en algo… algo tan extraño que Idaho desesperaba de comprender la transformación.

¿Cómo podía un ser humano transformarse lentamente en un gusano de arena? ¿Cómo podía cualquier criatura pensante vivir más de tres mil años? Ni las más descabelladas proyecciones de la especia geriátrica permitirían tal duración de vida.

¿Leto II, el Dios Emperador?

¡La historia tleilaxu no era digna de crédito!

Idaho recordaba a un niño un tanto extraño; en realidad se trataba de gemelos: Leto y
Ghanima, hijos de Paul e hijos de Chani, que había muerto al darles a luz. La historia tleilaxu decía que Ghanima había muerto tras una vida relativamente normal, pero que el Dios Emperador Leto había seguido viviendo siglo tras siglo…

— Es un tirano —habían declarado los instructores de Idaho–. Nos ordenó que te produjérarnos en nuestros tanques axlotl y que te enviáramos a Arrakis para entrar a su servicio. No sabemos lo que le ha ocurrido a tu predecesor.

Y aquí estoy.

“Dios Emperador de Dune”, de Frank Herbert

Leer partes II y III

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