Dune: Waff y las truchas de arena

truchas-arena

– Pequeña trucha de arena, ¿qué secretos tienes para mí? -Formó un puño y la criatura lo rodeó formando una especie de guante de gelatina. Waff notaba que su piel se secaba.

Con la trucha de arena en la mano, fue hasta la prístina mesa de investigación y colocó encima un recipiente ancho y hondo. Trató de soltar la trucha de sus nudillos, pero cada vez que movía la membrana, esta se pegaba más allá. Sintiendo que su piel se desecaba, Waff vertió una jarra de agua limpia en el recipiente. La trucha de arena, atraída por aquella mayor cantidad, se dejó caer enseguida.

El agua era mortal para los gusanos de arena, pero no para las jóvenes truchas, el estado de larva de los gusanos. El vector más joven presentaba una bioquímica fundamentalmente distinta antes de experimentar la metamorfosis y pasar a su forma adulta. Una paradoja. ¿Cómo podía una etapa del ciclo de la vida sentirse tan vorazmente atraído por el agua, y en la fase posterior morir si la tocaba?

Waff flexionó los dedos para recuperarse de aquella sequedad antinatural, fascinado por la forma en que el espécimen engullía el agua. Instintivamente la larva absorbía la humedad para crear un entorno perfectamente seco para el adulto. Por los recuerdos de vidas anteriores que conservaba en su interior, conocía los antiguos experimentos tleilaxu para mover y controlar a los
gusanos. Los intentos estándar de trasplantar gusanos adultos a planetas secos siempre fallaban. Incluso los paisajes extraplanetarios más extremos seguían conservando demasiada humedad para sustentar una forma de vida tan frágil -¿frágil?- como los gusanos de arena.

Pero su idea era otra. En lugar de transformar los mundos para que acomodaran a los gusanos de arena, quizá podría alterar a los gusanos en su fase inmadura, ayudarles a que se adaptaran. Los tleilaxu entendían el Lenguaje de Dios, y con su genio para la genética habían conseguido lo imposible en muchas ocasiones. ¿Acaso no era Leto II el Profeta de Dios? Su deber era conseguir que volviera.

La idea y la mecánica cromosómica parecían sencillas. En algún momento del desarrollo de las truchas, un factor desencadenante modificaba la respuesta química de la criatura hacía una sustancia tan simple como el agua. Si encontraba ese factor y lo bloqueaba, la trucha de arena seguiría madurando, pero sin su aversión mortal por el agua líquida. ¡Eso sí sería un milagro!

Pero, si impides que una oruga forme un capullo, ¿se transformará de todos modos en una mariposa? Tendría que ir con mucho cuidado, desde luego.

Si no había entendido mal, las brujas de Casa Capitular habían descubierto la forma de liberar truchas de arena en un entorno planetario… el mundo de las Bene Gesserit. Una vez allí, las truchas se reprodujeron e iniciaron un proceso imparable de destrucción (¿reconstrucción?) del ecosistema. De un planeta exuberante a una tierra yerma y árida. Con el tiempo convertirían el planeta en un desierto, donde los gusanos podrían sobrevivir y renacer.

Las preguntas seguían fluyendo, una tras otra. ¿Por qué llevaban las hermanas Bene Gesserit fugitivas truchas de arena en sus naves de refugiadas?

¿Estaban tratando de repartirlas por otros mundos, de crear nuevos planetas desérticos? ¿Hogar para más gusanos? Un plan semejante requería un esfuerzo enorme, tardaría décadas en dar fruto y acabaría con la vida en el planeta nativo. Ineficaz.

Waff tenía una solución mucho más inmediata. Si lograba desarrollar una raza de gusanos de arena que toleraran el agua e incluso medraran en ella, podrían implantarlos en innumerables planetas, ¡donde podrían crecer y multiplicarse rápidamente! No sería necesario reconstruir un medio planetario entero antes de empezar a producir melange. Por sí solo eso les ahorraría unas décadas que, sencillamente, Waff no tenía. Sus gusanos modificados proporcionarían toda la especia que los navegantes de la Cofradía desearan… y de paso servirían a los propósitos de Waff.

¡Ayúdame, Profeta!

El espécimen había absorbido toda el agua del recipiente y en aquellos momentos se desplazaba lentamente por la base y los lados, explorando los límites. Waff llevó útiles y productos químicos a la mesa de laboratorio… alcoholes, ácidos, llamas, y extractores de muestras.

El primer corte fue el más duro. Y entonces se puso a trabajar en aquella criatura informe que se resistía para arrancarle sus secretos genéticos.

Tenía los mejores analistas de ADN y secuenciadores genéticos que la Cofradía podía conseguir… y ciertamente eran muy buenos. La trucha de arena tardó en morir, pero Waff estaba seguro de que al Profeta no le importaría.

“Gusanos de arena de Dune“, por B.Herbert y K.J.Anderson

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