Dune: La novia del Dios Emperador

god_emperor_of_dune_by_biekte

— Señor, estáis acaso diciéndome que no sois en realidad un dios?

— Te estoy diciendo que no juego al escondite con la muerte.

Ella quedó mirándole varios minutos antes de responderle con una palabras reveladoras de que había comprendido el significado más profundo de cuanto le había dicho. Fue una reacción que sólo sirvió para intensificar su ternura hacia él.

— Vuestra muerte no será como otras muertes —dijo.

Hwi, mi preciosa —murmuró él.

— Me extraña que no temáis el juicio de una verdadera Deidad Suprema —añadió ella.

— Acaso estás juzgándome, Hwi?

— No, pero temo por vos.

— Piensa en el precio que pago por ello —replicó Leto—. Toda partícula que de mí descienda llevará encerrada en si una ínfima porción de mi conciencia, perdida e indefensa.

Ella se llevó ambas manos a la boca y se quedó mirándole sin decir nada.

— Este es el horror al que mi padre no pudo enfrentarse y que yo trato de impedir: la infinita división y subdivisión de una identidad ciega.

— No, claro que no. —Agitó la cabeza lentamente. Por que habría aceptado esta terrible transformación? ¿No había una salida?

Entonces dijo:

— La máquina que registra vuestros pensamientos, no podría adaptarse a…?

— A un millón de yoes? A un billón? A más quizá? Mí querida Hwi, ninguna de esas perlitas conscientes seré verdaderamente yo.

Los ojos de la muchacha se empañaron de lágrimas. Parpadeó repetidamente y realizó una profunda inspiración. Leto reconoció en ello el adiestramiento Bene Gesserit, en su manera de aceptar el advenimiento de un flujo de serenidad.

— Señor, lo que me habéis dicho me causa un grandísimo miedo.

— Y no comprendes por qué lo he hecho.

— Es posible que lo comprenda?

— Oh, sí. Muchos pudieron comprenderlo. Lo que luego hizo la gente con lo que había comprendido ya es otro asunto.

— Me enseñaréis lo que debo hacer?

— Ya lo sabes.

Hwi asimiló estas palabras en silencio, luego dijo:

— Es algo relacionado con vuestra religión. Lo intuyo.

Leto sonrió.

— Puedo perdonarles a tus amos ixianos casi todo por el valioso regalo que me han hecho contigo. Pide y recibirás.

Ella se inclinó hacia él, balanceándose hacia adelante en el almohadón.

— Pronto lo sabrás todo de mí, Hwi. Te lo prometo. Recuerda simplemente que el culto al sol que practicaron nuestros primitivos antepasados no era descabellado.

— Culto… al sol…? —Se balanceó hacia atrás.

— Ese sol que controla la vida y todo el movimiento, pero que no puede tocarse porque ese sol es la muerte.

— Vuestra… muerte?

— Toda religión gira como un planeta alrededor de un sol que le proporciona la energía, y del que depende para su misma existencia.

— Qué veis en vuestro sol, Señor?

— Un universo de innumerables ventanas a las que me asomo. El paisaje que enmarca la ventana, eso es lo que veo.

— El futuro?

— El universo es en su esencia intemporal, y por lo tanto contiene todos los tiempos y todos los futuros.

— Entonces es cierto —replicó ella—. Vísteis alguna cosa que esto —y señaló al inmenso cuerpo segmentado— puede impedir.

— Alcanzas a comprender que, aún a pequeña escala, eso puede ser sagrado?

Ella no pudo hacer más que asentir con la cabeza.

— Debo advertirte que si decides compartir todo conmigo, la carga será terrible.

— Aligeraría eso vuestra carga, Señor?

— Aligerarla no, pero la haría más fácil de aceptar.

— Entonces quiero compartirlo. Habladme, Señor.

— Todavía no, Hwi. Debes tener paciencia un poco mas.

— Deseáis que me retire?

— Desearía que no te retirases nunca.

Ella se quedó observándole, emocionada por la intensidad de su mirada y el ansioso vacío de su expresión que la llenó de tristeza.

— Señor. Por qué me contáis a mí vuestros secretos?

— No podría pedirte que fueses la novia de un dios.

Los ojos de Hwi se abrieron sobresaltados.

— No me respondas —dijo él.

Moviendo imperceptiblemente la cabeza, ella recorrió con la mirada la mole de su cuerpo envuelto en sombras.

— No busques elementos o miembros de mi cuerpo que ya no existen —dijo él—. Para mí ciertas formas de intimidad física resultan imposibles.

Ella devolvió la mirada al rostro enmarcado en la cogulla, notando la sonrosada piel de las mejillas y el efecto intensamente humano de aquellas facciones engarzadas en aquel medio extraño.

— Si quisieras tener hijos —añadió él—, te pediría tan sólo que me dejases elegir el padre. Pero aún no te he preguntado.

Con una voz muy débil, ella contestó:

— Señor, no sé que… Estoy asustada, Señor, más de lo que nunca imaginé poder estar.

— No tengas miedo de mi. No puedo ser más que muy dulce con mi dulce Hwi. En cuanto a los restantes peligros, mis Habladoras Pez te defenderán con sus propios cuerpos sin permitir que nada malo te ocurra.

Hwi se puso de pie y se quedó temblando.

Leto vio lo hondo que sus palabras la habían afectado, y se afligió por ello. Los ojos de Hwi estaban empañados en lágrimas, apretaba las manos con fuerza para dominar su temblor. El sabia que ella acudiría de buen grado a la Ciudadela y que, fuera cual fuese su pregunta, la respuesta de Hwi sería idéntica a la de sus Habladoras Pez:

— Sí, Señor.

“Dios Emperador de Dune”, de Frank Herbert

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