Dune: El combate final

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—¿Está preparado el Atreides? —dijo Feyd-Rautha, utilizando las palabras del antiguo ritual kanly.

Paul eligió responderle según la costumbre Fremen:

—¡Pueda tu cuchillo astillarse y romperse! —señaló la hoja del Emperador en el suelo, indicando que Feyd-Rautha podía avanzar y tomarlo.

Sin apartar su atención de Paul, Feyd-Rautha se inclinó sobre el cuchillo, balanceándolo un momento en su mano para tomar su tacto. La excitación aumentaba en él. Este era el combate que siempre había soñado, de hombre a hombre, habilidad contra habilidad, sin ningún escudo interviniendo. Aquel combate le abriría el camino del poder, puesto que el Emperador premiaría sin la menor duda a quien eliminara a aquel fastidioso Duque. Incluso tal vez concediera como premio a su altanera hija y una parte del trono. Y aquel Duque bandido, aquel aventurero, no podía ser un adversario serio para un Harkonnen adiestrado en todas las astucias y todas las traiciones de mil combates en la arena. Y aquel patán ignoraba que iba a enfrentarse con muchas más armas que un simple cuchillo.

¡Veremos si resistirás al veneno!, pensó Feyd-Rautha. Saludó a Paul con la hoja del Emperador, y dijo:

—Prepárate a morir, loco.

—¿Así que vamos a combatir, primo? —preguntó Paul. Avanzó con paso felino, los ojos fijos en la hoja ante él, su cuerpo encorvado, el lechoso crys apuntando hacia delante como una extensión de su brazo.

Giraron uno en torno del otro, sus pies desnudos haciendo crujir el suelo, esperando la más pequeña abertura.

—Qué bien danzas —dijo Feyd-Rautha.

Es un hablador, pensó Paul. Esa es otra debilidad. El silencio le inquieta.

—¿Te has arrepentido de tus faltas? —preguntó Feyd-Rautha.

Paul seguía girando en silencio. Y la vieja Reverenda Madre, observando el combate desde la primera fila, al lado del Emperador, empezó a temblar. El Atreides había llamado primo al Harkonnen. Esto significaba que conocía su común ascendencia, y esto era fácil de comprender porque era el Kwisatz Haderach. Pero aquellas palabras la obligaron a concentrarse en lo único que le importaba ahora. Aquello podía ser la peor catástrofe para los planes selectivos de las Bene Gesserit. Había entrevisto algo de lo que Paul había comprendido allí, que Feyd-Rautha podía matarle pero sin salir por ello victorioso. Otro pensamiento, sin embargo, abismó casi su mente. Allí, ante ella, los dos productos finales de un largo y costoso programa se enfrentaban en un combate a muerte. Si ambos morían allí, quedaría tan sólo la hija bastarda de Feyd-Rautha, aún una niña, un factor desconocido, y Alia, una abominación.

—Quizá tan sólo tengáis ritos paganos aquí —dijo Feyd-Rautha—. ¿Quieres que la Decidora de Verdad del Emperador prepare tu espíritu para este viaje?

Paul sonrió, girando hacia la derecha, alerta, sus tenebrosos pensamientos anulados por las necesidades de aquel momento. Feyd-Rautha saltó, fintando con la derecha, pero haciendo saltar el cuchillo a su mano izquierda.

Paul lo esquivó fácilmente, notando en el golpe de Feyd-Rautha la característica vacilación del condicionamiento del escudo. Sin embargo, tan sólo fue una leve vacilación, y Paul se dio cuenta de que Feyd-Rautha había combatido ya otras veces sin escudo, o al menos se había enfrentado con adversarios desprovistos de él.

—¿Acaso un Atreides corre en lugar de combatir? —preguntó Feyd-Rautha.

Paul comenzó a girar silenciosamente. Las palabras de Idaho volvieron a él, las palabras del adiestramiento, hacía tanto tiempo, en el campo de prácticas de Caladan: «Usa los primeros momentos para estudiar al adversario. Así puedes perder la posibilidad de una victoria rápida, pero estos momentos de
estudio son una garantía de éxito. Tómate tu tiempo y actúa sobre seguro».

—Tal vez piensas que esa danza prolongará tu vida unos pocos instantes —dijo Feyd-Rautha—. Estupendo —dejó de girar, irguiéndose.

Paul había visto lo suficiente para una primera evaluación. Feyd-Rautha avanzaba por el lado izquierdo, presentando a su adversario el flanco derecho, como si la cota de malla pudiera protegerle todo aquel lado. Era el modo de actuar de un hombre adiestrado en el uso del escudo y que tuviera un puñal en cada una de sus manos. O… Y Paul vaciló… o tal vez la cota de malla era algo más de lo que parecía. El Harkonnen parecía demasiado confiado ante un hombre que aquel mismo día había conducido a sus fuerzas a la victoria contra las legiones Sardaukar.

Feyd-Rautha notó aquella vacilación.

—¿Por qué prolongas lo inevitable? —dijo—. No haces más que impedirme ejercitar mis derechos sobre este mundo de basura.

Quizá sea una aguja, pensó Paul, muy bien escondida. No hay la menor huella en la malla.

—¿Por qué no hablas? —preguntó Feyd-Rautha.

Paul reinició sus giros de estudio, permitiéndose que una gélida sonrisa fuera la única respuesta a la inquietud que había captado en la voz de Feyd-Rautha, evidenciando que la presión del silencio estaba haciendo su efecto.

—Sonríes, ¿eh? —dijo Feyd-Rautha. Y saltó a mitad de la frase.

Esperando una ligera vacilación, Paul casi no consiguió evitar el corte de la hoja, sintiendo el roce en su brazo izquierdo. Rechazó de su mente el repentino dolor, y comprendió que la primera vacilación había sido un truco… una contrafinta. Era un adversario muy superior a lo que había esperado. Debía tener fintas en las fintas de sus fintas.

—Tu propio Thufir Hawat me enseñó algunos de mis golpes —dijo Feyd-Rautha—. Me dio mi primera sangre. Tanto peor para él si ese viejo estúpido no ha vivido lo suficiente para ver esto.

Y Paul recordó lo que Idaho le había dicho una vez: «En combate, espera sólo aquello que ocurre. De este modo nunca serás sorprendido».

Giraron de nuevo uno en torno al otro, agazapados, acechando. Paul vio la excitación crecer de nuevo en el rostro de su oponente, y se preguntó el porqué. ¿Acaso una aguja significaba tanto para el hombre? ¡A menos que la hoja estuviera envenenada! ¿Pero cómo era posible? Sus propios hombres habían tenido el arma entre sus manos, la habían controlado antes de dársela. Eran demasiado experimentados como para no reparar en algo tan obvio.

Esa mujer con la que hablabas antes —dijo Feyd-Rautha—. Esa pequeña. ¿Acaso es algo especial para ti? ¿Quizá tu animalito favorito? ¿Debo reservarle una atención especial?

Paul permaneció silencioso, con sus sentidos interiores examinando la sangre que goteaba de la herida, descubriendo rastros de un soporífero de la hoja del Emperador. Modificó su metabolismo para rechazar la amenaza, alterando las moléculas del soporífero, pero le asaltó una duda. Habían preparado la hoja con un soporífero. Un soporífero. Algo que no descubriría el detector de venenos, pero lo suficientemente fuerte como para paralizar sus músculos si le alcanzaban. Sus enemigos tenían sus propios planes en los planes, sus propias traiciones y estratagemas.

Feyd-Rautha saltó de nuevo, lanzando un golpe.

Paul, con una sonrisa helada en sus labios, fintó con una calculada lentitud, como si estuviera paralizado por la droga, y en el último instante esquivó, golpeando el brazo que atacaba con la punta de su crys. Feyd-Rautha esquivó parcialmente el golpe saltando de costado y retrocediendo, pasando su cuchillo a la mano izquierda. Sus mejillas palidecieron cuando notó el dolor del ácido en la herida causada por Paul.

Dejémosle un momento de duda, pensó Paul. Dejémosle sospechar que es veneno.

—¡Traición! —gritó Feyd-Rautha—. ¡Me ha envenenado! ¡Noto el veneno en mi brazo!

Paul rompió su silencio por primera vez.

—Sólo un poco de ácido —dijo— para responder al soporífero de la hoja del Emperador.

Feyd-Rautha dirigió a Paul una gélida sonrisa, y levantó la hoja en su mano izquierda en una burla de saludo. Sus ojos brillaban de rabia tras el cuchillo. Paul pasó también el crys a su mano izquierda, igualándose con su oponente. Inició de nuevo sus giros de estudio. Feyd-Rautha se le fue acercando lentamente, el cuchillo alto, la rabia leyéndose en sus entrecerrados ojos y en su prominente mandíbula. Fintó hacia la derecha y abajo, y se encontraron uno junto al otro, las hojas entrecruzadas, en un esfuerzo violento.

Paul, desconfiando del lado derecho de Feyd-Rautha, donde sospechaba que estaba la aguja envenenada, obligó a girar hacia la derecha a su adversario. Estuvo a punto de no ver la aguja en el momento en que surgió. Fue avisado por un movimiento de Feyd-Rautha, una distensión repentina de sus músculos, y la aguja falló la carne de Paul por una ínfima fracción de milímetro.

¡En la cadera izquierda!

Traición en la traición de la traición, pensó Paul. Usó el adiestramiento Bene Gesserit de sus músculos para apartarse bruscamente y aprovechar el reflejo instintivo de Feyd-Rautha, pero la necesidad de alejarse de la aguja envenenada en la cadera de su oponente le hizo trastabillar y caer al suelo, con Feyd-Rautha sobre él.

—¿La ves en mi cadera? —susurró Feyd-Rautha—. Vas a morir, estúpido —y empezó a contorsionarse, haciendo que la aguja se acercara más y más—. Paralizará tus músculos, y mi cuchillo acabará contigo. ¡Y no quedará ningún rastro que pueda ser detectado!

Paul luchó con todos sus músculos, oyendo los gritos silenciosos en su mente, las advertencias de sus antepasados exigiendo que pronunciara la palabra secreta para detener a Feyd-Rautha y salvarse a sí mismo.

—¡No la diré! —jadeó Paul.

Feyd-Rautha le miró, con una imperceptible vacilación. Sin embargo, fue suficiente para que Paul captara el punto débil en el equilibrio de su adversario, hiciera palanca en él y le obligara a rodar sobre sí mismo, invirtiendo las posiciones. Ahora Feyd-Rautha estaba bajo él, con su cadera derecha en alto, incapaz de volverse debido a que la aguja, en su cadera izquierda, se había clavado en el suelo bajo él.

Paul liberó su mano izquierda, ayudado por la lubricación de la sangre de su brazo, y golpeó a Feyd-Rautha por debajo de la mandíbula. La punta del crys abrió su camino hasta el cerebro. Feyd-Rautha estremeció y se combó en el suelo, sujeto parcialmente a él por la aguja clavada en el pavimento.

“Dune”, de Frank Herbert

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