Dune: Leto contra la tormenta (y III)

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Leto salió del trance con una suave transición que no marcó un limite definitorio entre ambas condiciones. Simplemente se movió de un nivel de conciencia al otro. Supo donde estaba. Un flujo de energía lo atravesó, pero captó otro mensaje del viciado aire mortalmente carente de oxigeno del interior de la destiltienda. Si se hubiera negado a moverse, supo que hubiera permanecido atrapado en aquel seno sin tiempo, el eterno ahora en el que todos los acontecimientos coexisten. Aquella perspectiva lo atrajo.

Vio el Tiempo como una convención creada por la mente colectiva de todos los seres conscientes. Tiempo y Espacio eran categorías impuestas al universo por su Mente. Lo único que tenía que hacer era liberarse de la multiplicidad a la que lo atraían las visiones prescientes. Una elección audaz podía hacer cambiar los futuros provisionales.

¿Cuánta audacia requería este momento?

El estado de trance seguía atrayéndolo. Leto sintió que había regresado del alam al-mythal al universo real sólo para descubrir que ambos eran idénticos. Deseó mantenerse en la magia Rihani de su revelación, pero la supervivencia exigía que tomara decisiones. Su apego a la vida envió señales a lo largo de sus nervios.

Bruscamente adelantó su mano derecha hacia donde había dejado el compresor de arena. Lo aferró, giró sobre su estómago. y soltó el sello del esfínter de la tienda. Una cascada de arena cayó sobre su mano.

Trabajando en la oscuridad, empujado por el temor a quedarse definitivamente sin aire, puso rápidamente manos a la obra, excavando un túnel en un ángulo casi vertical. Recorrió seis veces la longitud de su propio cuerpo antes de surgir a las tinieblas y al aire puro. Se deslizó fuera de la ladera de una curvada duna, iluminada por la luz lunar, a casi un tercio de altura de su cima.

La Segunda Luna brillaba sobre él. Avanzó rápidamente hacia el lado oscuro de la duna, y las estrellas desplegó su manto sobre él como rocas resplandecientes en un sendero. Leto buscó la constelación del Vagabundo, la encontró y dejó que su mirada siguiera el extendido brazo hasta brillante esplendor de Foum al-Hout, la estrella polar del sur.

¡Aquí tienes todo tu maldito universo para ti!, pensó. Visto de cerca, era un lugar en constante movimiento como la arena a todo su alrededor, un lugar de cambios, una unicidad formada por una sucesión de unicidades. Visto de lejos, sólo se distinguían los esquemas más amplios, y esos esquemas empujaban a uno a creer en lo absoluto.

En lo absoluto es donde podemos perder nuestro camino. Aquello le hizo pensar en la advertencia familiar de una tonada Fremen: «Aquél que pierde su camino en el Tanzerouft pierde su vida».

“Hijos de Dune”, por B.Herbert y K.J.Anderson

Leer parte I y II

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