Dune: Leto contra la tormenta (II)

fremen-storm

Necesitó tan sólo un latido de su corazón para desechar aquella alternativa, y retrocedió hacia la cola del gusano, soltando sus garfios. Moviéndose cuidadosamente ahora, el gusano empezó a enterrarse. Pero el exceso de calor desarrollado por su avance hizo rebullir vórtices tras él, que se mezclaron con los vórtices propios de la tormenta. Los niños Fremen eran instruidos sobre los peligros de ocupar posiciones cerca de la cola de los gusanos. Los gusanos eran factorías de oxígeno; el fuego ardía frecuentemente en la huella dejada a su paso, alimentado por las abundantes exhalaciones de las transformaciones químicas provocadas por la fricción.

La arena empezó a fustigar en torno a sus pies. Leto cogió sus garfios y saltó a un lado, esquivando el horno que rodeaba la cola del gusano. Ahora todo dependía de la rapidez con que se enterrara en la arena, allá donde el gusano la había removido al enterrarse.

Aferrando el compresor electrostático con su mano izquierda, empezó a cavar en la ladera de una duna, sabiendo que el gusano estaba demasiado exhausto como para girarse y engullirlo con su enorme boca blanco anaranjada. Mientras cavaba con su mano izquierda, su mano derecha sacó la destiltienda de su fremochila y la preparó para hincharla. Necesitó menos de un minuto para ello: preparar la tienda, y meterla en el agujero en la arena abierto en la ladera de la duna. La hinchó rápidamente y se metió dentro. Antes de cerrar el esfínter, sacó fuera el compresor, invirtiendo su acción. La arena fue rechazada de la tienda. Tan sólo unos pocos granos habían logrado penetrar cuando selló la abertura. Ahora debía actuar aún más rápidamente. Ningún snorkel de arena conseguiría procurarle todo el aire que necesitaba para respirar.

Aquella era una tormenta grande, a las que pocos conseguían sobrevivir. Iba a cubrir aquel lugar con toneladas de arena. Sólo la frágil burbuja de la destiltienda donde estaba encerrado lo protegería.

Leto se tendió de espaldas, cruzó los brazos sobre su pecho, y se sumergió en un trance de vida latente en el cual sus pulmones actuarían tan sólo una vez cada hora. Haciendo aquello se ponía en manos de lo desconocido. La tormenta pasaría y, si no desenterraba en su transcurso su frágil protección, podría emerger de nuevo… o en caso contrario entraría en el Madinat as-salam, la Morada de la Paz. Pero, ocurriera lo que ocurriese, sabía que debía romper todos los hilos, uno por uno, dejando tan sólo incólume el correspondiente a la Senda de Oro. Tenía que ser así, o de otro modo no podría regresar al califato de los herederos de su padre. No podía vivir por más tiempo la mentira de aquel Desposyni, aquel terrible califato que cantaba al demiurgo de su padre. No podía permanecer callado por más tiempo mientras un sacerdote declamara aquel ofensivo contrasentido:

«¡Su crys disolverá a los demonios!»

Con aquel compromiso, la conciencia de Leto se deslizó en el seno del atemporalidad…

“Hijos de Dune”, por B.Herbert y K.J.Anderson

Leer parte I y III

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