Dune: Leto contra la tormenta (I)

Sandworm-dune-by-dakka

El gusano apareció por el sur. Se desvió para evitar las rocas. no era un gusano grande como había esperado, pero aquello ya no tenía remedio. Leto saltó a su paso, plantó los garfios de doma, y escaló rápidamente su escamoso costado en el momento en que el gusano pasaba sobre el martilleador levantando una nube de polvo. El gusano se giró fácilmente bajo la acción de los garfios. El viento de su paso agitó sus ropas. Leto aguzó la vista hacia las estrellas meridionales, intentando verlas a través del polvo, y guió el gusano hacia allí.

Directo hacía la tormenta.

Cuando surgió la Primera Luna, Leto calculó la altura de la tormenta y estimó el tiempo que tardaría en llegar. No antes del alba. Se estaba extendiendo, recogiendo nueva energía para el gran salto. Habría un enorme trabajo para los equipos de transformación ecológica tras su paso. Era como si el propio planeta estuviera luchando contra ellos allá afuera con una furia consciente, una furia que se incrementaba a medida que la transformación alcanzaba mayores territorios.

Durante toda la noche empujó al gusano hacia el sur, evaluando las reservas de su energía por los movimientos transmitidos a través de sus pies. Ocasionalmente dejaba que la bestia se desviara hacia el este, cosa que ésta intentaba hacer cada vez, movida quizá por los invisibles imperativos de su territorio o por su instintiva conciencia de la cada vez más cercana tormenta. Los gusanos se enterraban profundamente para escapar de los vientos cargados de arena, pero este no podía sumergirse bajo el desierto mientras los garfios de doma mantuvieran abierto alguno de sus anillos.

A medianoche el gusano empezó a mostrar señales de cansancio. Leto se movió hacia atrás a lo largo de sus enormes anillos y le permitió que frenara su marcha, aunque siguió dirigiéndolo hacia el sur.

La tormenta llegó inmediatamente después de despuntar el alba. Primero fue la prolongada y perlina inmovilidad del amanecer en el desierto presionando a las dunas unas contra otras. Luego, los remolinos de polvo le obligaron a sujetar las aletas de su capucha. Bajo el efecto del polvo, el desierto se convirtió en una uniforme superficie pardo grisácea. Los granos de arena empezaron a azotar sus mejillas, punzando sus párpados. Sintió cómo se iban acumulando sobre su lengua, y supo que había llegado el momento de tomar una decisión. ¿Debía correr el riesgo de creer en las viejas historias de inmovilizar al casi exhausto gusano y protegerse en él hasta que pasara la tormenta?.

“Hijos de Dune”, por B.Herbert y K.J.Anderson

Leer parte II y III

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