Dune: La sobredosis de amal

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Ajidica ensambló un aparato de extracción al receptáculo y vació el litro de especia sintética en un contenedor, que se llevó con él. Hacía varios días que consumía cantidades ingentes de amal, sin que le produjeran secuelas negativas, tan solo sensaciones agradables. Por lo tanto, su intención era tomar más. Mucho más.

Corrió a su despacho, con el pulso acelerado, y desconectó las pantallas identificadoras y los sistemas defensivos. Se dejó caer en un perrosilla y esperó a que el animal, descerebrado y sedentario, se adaptara a su cuerpo. Por fin, echó la cabeza hacia atrás y engulló el amal, recién extraído del cuerpo de Alechem, como leche de una vaca.

Nunca había consumido una cantidad tan grande en una sola sesión.

Un repentino y violento ataque de tos le sobrevino, y su estómago intentó arrojar la sustancia. Tiró el resto del contenedor al suelo, se levantó del perrosilla y se dobló en dos. Su rostro se deformó. Sus músculos se desgarraron. De su boca surgieron líquidos amarillentos, restos de comida malolientes, pero su sistema ya había asimilado la sustancia. Fue presa de fuertes convulsiones, que aumentaron de intensidad hasta que solo deseó la serenidad de la inconsciencia.

¿Le había envenenado la bruja Bene Gesserit? Se aferró a una imperiosa necesidad de venganza. Gracias a los feroces métodos tleilaxu, estaba seguro de poder provocar dolor hasta a un dormido tanque de axlotl.

Transcurrieron momentos agónicos, hasta que percibió un cambio en el microcosmos que integraba su cuerpo y mente torturados. La zozobra pasó, o tal vez se debía a que sus nervios se habían convertido en cenizas.

Ajidica abrió los ojos. Descubrió que estaba tendido sobre el suelo de su despacho, rodeado de carretes de hilo shiga, videolibros y bandejas de muestras rotas, como si hubiera sido presa de un frenesí demencial.

La perrosilla se había refugiado en una esquina, con el vello erizado y los huesos flexibles retorcidos y rotos. El olor a bilis impregnaba la atmósfera. Hasta su cuerpo y ropas hedían. A pocos metros, un cronómetro volcado revelaba que había transcurrido todo un día.

Mientras regresaba a toda prisa al laboratorio, guardias Sardaukar y ayudantes le esquivaron. A pesar de su rango elevado, arrugaron la nariz cuando pasó a su lado. Se encaminó sin dudarlo hacia el tanque de Miral Alechem, con la intención de arrojarle la bilis a la cara e infligirle inimaginables atrocidades, aunque no se enterara de lo que estaba pasando. Los grandes ojos femeninos le miraron con indiferencia, desenfocados.

De repente, nuevas sensaciones e ideas cruzaron por su mente, una experiencia desconocida que derribó barreras mentales desconocidas hasta entonces para él. Inmensas cantidades de datos se vertieron en su cerebro.

¿Una secuela de la sobredosis de amal? Vio los tanques de axlotl que le rodeaban bajo otra luz. Por primera vez, comprendió con claridad que podía conectar todos los tanques a la unidad de Alechem, para que todos produjeran la preciosa sustancia.

Reparó en que algunos ayudantes del laboratorio le estaban observando con sus ojillos oscuros y susurraban entre sí.

— ¡Venid aquí! ¡De inmediato!

Aunque alarmados por la locura que asomaba a sus ojos inyectados en sangre, obedecieron. Por primera vez en su vida, se le habían abierto los ojos por completo. Su mente era capaz de recordar cada acción que había visto, cada palabra que estos hombres habían pronunciado en su presencia. Toda la información se incorporaba a su mente, como si fuera un ordenador de la era pre Butleriana.

Más datos se vertieron en su cerebro, detalles y características de todas las personas que Ajidica había conocido. Lo recordaba todo. Pero ¿cómo estaba sucediendo esto, y por qué? ¡El ajidamal!…

…Ajidica sabía ahora que Dios le estaba observando, una presencia poderosa que le guiaba por el sendero del Gran Credo, el único sendero verdadero. Su destino era evidente.

Pese al dolor que había sufrido, la sobredosis había sido una bendición.

“La Casa Corrino”, de B.Herbert y K.J.Anderson.

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