Dune: El honor manchado de Stilgar (y III)

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Idaho se levantó también, sintiendo la pesadez en sus párpados, el cansancio en sus rodillas. En el momento en que Idaho se ponía en pie, un ayudante entró y se hizo a un lado. Javid penetró en la estancia tras él. Idaho se giró. Stilgar estaba cuatro pasos más allá. Sin vacilar, Idaho extrajo su cuchillo en un rápido movimiento, y lo enterró en el pecho del desprevenido Javid. El hombre se echó hacia atrás, arrancándose
del cuchillo con su movimiento. Giró sobre si mismo, cayó boca abajo. Sus piernas se estremecieron.

Estaba muerto.

— Así se silencia a los chismosos — dijo Idaho.

El ayudante permanecía inmóvil, con el cuchillo instintivamente desenfundado, sin saber cómo reaccionar. Idaho había vuelto a enfundar su propio cuchillo, dejando un rastro de sangre en el borde de su amarilla ropa.

— ¡Has manchado mi honor! — gritó Stilgar —. Este es territorio neutral…!

— ¡Cállate! — Idaho miró ferozmente al impresionado Naib —. ¡Llevas un collar, Stilgar!

Era uno de los tres insultos más mortales que se podía dirigir a un Fremen. Stilgar palideció.

— Eres un siervo — dijo Idaho —. Has vendido a tus Fremen por su agua.

Este era el segundo entre los más mortales insultos, el que había destruido al Jacurutu original.

Stilgar rechinó los dientes y posó una mano sobre su crys. El ayudante retrocedió, alejándose del cuerpo tendido ante la puerta.

Girando la espalda al Naib, Idaho se dirigió hacia la puerta, pasando por el estrecho espacio dejado por el cuerpo de Javid y lanzando el tercer insulto sin girar la cabeza:

— Tú no tienes la inmortalidad, Stilgar. Ninguno de tus descendientes lleva tu sangre!

— ¿Adónde vas ahora, mentat? — gritó Stilgar, mientras Idaho proseguía su camino fuera de la estancia. La voz de Stilgar era tan fría como el viento procedente del polo.

— A buscar Jacurutu — dijo Idaho, sin girarse tampoco.

Stilgar desenfundó su cuchillo.

— Quizá pueda ayudarte.

Idaho estaba en la parte de afuera de la puerta ahora. Sin detenerse, dijo:

— Si deseas ayudarme con tu cuchillo, ladrón de agua, hazlo por favor por la espalda. Es la forma de luchar de alguien que lleva puesto el collar de un demonio.

Stilgar atravesó la estancia con dos zancadas, saltó por encima del cuerpo de Javid, y sujetó a Idaho en el pasillo exterior. Una descarnada mano obligó a Idaho a detenerse y a girarse. Stilgar afrontó a Idaho con dientes chirriantes y el cuchillo desenfundado. Tal era su ira que ni siquiera vio la curiosa sonrisa que cruzaba el rostro de Idaho.

— ¡Desenfunda tu cuchillo, escoria mentat! — rugió Stilgar.

Idaho sonrió. Abofeteó secamente a Stilgar, primero con su mano izquierda, luego con la derecha, dos secas bofetadas de lleno en la cara.

Con un incoherente bramido, Stilgar hundió el cuchillo en el abdomen de Idaho, empujando hacia arriba a través del diafragma, en busca del corazón.

Idaho se relajó sobre la hoja, sonriendo a Stilgar, cuya rabia se disolvió en un helado estupor.

— Dos veces muerto por los Atreides — farfulló Idaho — Y la segunda vez por una razón no mejor que la primera.

— Se derrumbó hacia un lado, cayendo boca abajo sobre el suelo de piedra. La sangre manó abundantemente de su herida.

Stilgar dejó que su. vista vagase del cuchillo chorreante de sangre al cuerpo de Idaho, e inspiró profunda y temblorosamente. Javid yacía muerto tras él. Y el consorte de Alia, el Seno del Cielo, yacía muerto a
manos del propio Stilgar.

Podía argumentar que un Naib debía proteger el honor de su nombre, vindicando la amenaza a su prometida neutralidad. Pero aquel hombre muerto era Duncan Idaho. Ningún argumento era válido, no servían las «circunstancias atenuantes», nada podía borrar un tal acto. Incluso aunque Alia lo aprobara privadamente, se verla obligada a tomar públicamente venganza. Después de todo, ella también era Fremen. Para gobernar a los Fremen no podía ser ninguna otra cosa, ni en el más mínimo grado.

Sólo entonces se le ocurrió a Stilgar que aquella situación era precisamente lo que había pretendido Idaho con su «segunda muerte».

Stilgar alzó los ojos y vio el desencajado rostro de Harah, su segunda mujer, mirándole entre la muchedumbre que se había reunido a su alrededor. Hacia cualquier lugar que se girara, Stilgar sólo podía ver rostros con la misma expresión: sorpresa; y conciencia plena de las consecuencias.

Lentamente, Stilgar se irguió, limpió la hoja en su propia manga, y enfundó el cuchillo. Hablando a todos los rostros que lo rodeaban, dijo en tono casual:

— Aquellos que quieran venir conmigo que dispongan inmediatamente sus cosas. Enviad hombres a llamar a los gusanos.

— ¿Dónde vas a ir, Stilgar? — preguntó Harah.

— Al desierto.

— Iré contigo — dijo ella.

— Por supuesto que irás conmigo. Todas mis esposas vendrán conmigo. Y Ghanima también. Ve a buscarla, Harah. Inmediatamente.

— Sí, Stilgar… inmediatamente. — Vaciló —. ¿E Irulan?

— Si ella quiere.

— si; esposo. — Vaciló de nuevo —. ¿Tomas a Ghani como rehén?

— ¿Rehén? — Se sintió sinceramente sorprendido por aquel pensamiento —. Mujer… — Tocó suavemente el cuerpo de Idaho con el pie —. Si este mentat estaba en lo cierto, yo soy la única esperanza de Ghani. — Y recordó la advertencia de Leto: «Cuídate de Alia. Debes tomar a Ghanima y huir.»

“Hijos de Dune” de Frank Herbert. Capitulo completo.

Leer parte I y II

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