“Hombres buenos”, de Perez-Reverte (II)

Hombres-buenos

Don Hermogenes cree llegado el momento de introducir en la conversacion algo de buen juicio.

-Yo, sin embargo -expone-, creo que este rey como el nuestro de España, es un principe conocido por la bondad de su corazon, la ecuanimidad de su espiritu y la simplicidad de sus costumbres… Si lograse establecer una autoridad serena, una bondad grave y justa, el pueblo se mostraria agradecido…

-Ah, desengañese -se rebota de nuevo Bringas-. El frances, como el español, es un pueblo licencioso sin libertad, derrochador sin fortuna, arrogante sin coraje, cargado de los hierros oprobiosos de la esclavitud y la miseria… Pueblos que se apasionan en cafes y tabernas por la libertad de las trece colonias americanas, que estan a doscientas mil leguas, pero son incapaces de defender la suya propia. Animales perezosos que necesitan que les metan aliaga espinosa en el culo.

-Por Dios.

Junto a la tapia del cementerio de Saint-Jean se cruzan con unas floristas. El almirante observa como a Bringas, pese a su discurso indignado, le queda un resto de atencion para dedicar a una de ellas, joven y robusta bajo la blusa bien colmada y el manton, que los mira con descaro.

-Y las mujeres? -se interroga Bringas a pocos pasos-. Para no pocas, las ideas que tienen por la mañana son las del hombre con el que pasaron la noche… Todas dejan de ser ellas mismas a los quince o dieciseis años, y a partir de entonces, dispuestas a parir nuevos siervos.

-Pero la felicidad del pueblo…

-Yo no quiero felicidad para el pueblo -lo corta el otro, brutal-. Quiero su libertad. Usandola, que sea o no feliz ya sera asunto suyo.

-La nueva filosofia hara ese trabajo, sin duda.

-Ya, pero a bofetadas. El pueblo es demasiado grosero para comprender. Por eso hace falta que deje de respetar la autoridad que lo aprisiona… Que se agiten los espiritus del hombre bajo, mostrandole la verguenza de su propia esclavitud. Esos enjambres de hijos que devoran con los ojos la comida expuesta en tiendas lujosas, el marido que se desloma para meter en casa unos pocos francos y se emborracha para olvidar su miseria, el pan, la leña, las velas que no puede pagarse, la madre que no come para que sus criaturas puedan hacerlo, y protituye a las hijas apenas tienen edad, a fin de meter algun dinero en casa… Ese es el Paris real, y no el de la rue Saint-Honore y los bulevares, que tanto elogian las guias de viajeros…

-Si hay revolucion en Francia, en España, en el mundo podrido que habitamos -prosigue Bringas, mascando las palabras cual si supieran amargas en la boca-, no saldra de las clases altas ilustradas de salon, ni tampoco del pueblo analfabeto y resignado, ni de tenderos y artesanos que ni leen la Encyclopédie ni la leeran nunca… Vendra de los impresores, periodistas, de nosotros los escritores capaces de transformar la teoria filosofica en prosa vibrante. El olas de implacable violencia que derriben altares y tronos…

-No hay mayor aliado de los tiranos -dice tras un silencio largo- que un pueblo sumiso porque cree tener alguna esperanza en lo que sea: el progreso material o la vida eterna… La mision de quienes manejamos la pluma, nuestro deber filosofico, es demostrar que no hay esperanza ninguna. Enfrentar al ser humano a su propia desolacion. Solo entonces se alzara pidiendo justicia o venganza…

-Se acerca la hora de que este siglo levante cadalsos y afile el cuchillo -concluye-. Y no hay mejor piedra de amolar cuchillos que la letra impresa.

Arturo Perez-Reverte, “Hombres buenos”.

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