Las Crónicas: en una isla de oriente (2)

ochaleano-d-and-d

– Oye muchachos, esto no puede seguir así. Tenemos que largarnos – dije yo-.

– Muy bien, Gran Estratega de Darokin, ¿y cómo lo hacemos? No tenemos ni armas – objetó Segis-.

– Varios barcos atracan aquí clandestinamente, cada semana – repliqué-. La cuestión es cómo podemos meternos en uno sin levantar sospechas…cosa harto difícil, dado que nos usan de estibadores para cargarlos. Nos echarían de menos al instante, si no nos vieran.

– P-Pues va-vamos bi-bien – dijo Poli, nuestro mago tartamudo-.

– Lo más inteligente – intervino Evaristo el elfo-, sería introducirnos en un bajel de noche, despistando a los guardias, y zarpar sigilosamente. Para ello, necesitamos armas: lo más probable es que nos persigan, y también que, en un primer momento, necesitemos de arcos y ballestas para abatir a algún guardia que quiera ponerse flamenco…

– Mejor sería que Poli o tú lanzárais algún conjuro de sueño, para preservar el sigilo – declaró Saturnino el clérigo-.

– De acuerdo – sentenció Segis-, dejadme hablar a mí con nuestros compañeros de naufragio. Los necesitamos, ya que ellos son marineros y tienen más idea que nosotros de hacer zarpar y navegar un bajel…y se merecen su propia libertad igual que nosotros. Lo peliagudo es hacerse con armas, sobre todo arcos y flechas.

– Eso se puede solucionar con otro conjuro, esta vez de encantamiento – dije yo-.

– Buena idea, Fotito.

Transcurrida una semana, llegó el día al que le seguiría una noche de luna nueva. Tres barcos había atracados en el puerto: dos galeras y una coca panzuda. Con nuestro número, lo mejor sería ésta última opción. Soplaba un ligero viento de levante, lo que nos beneficiaría; y los guardias (lo habíamos observado desde las ventanas con rejilla del barracón), eran pocos de noche. Tras una jornada de duro trabajo, cenamos y nos echamos en nuestras camas, fingiendo dormir; al cabo de dos horas, di la señal, y con mucho sigilo nos pusimos en pie. Con un par de ganzúas y un pequeño palo que tenía escondidos en mi jergón, logré abrir la cerradura y descorrer el cerrojo, aunque eso sí, tardé unos tres cuartos de hora. Salimos todos en el mayor silencio, y pudimos ver cómo, en la sala contigua, había un guardia arrebujado y dormido en un catre, y otro guardia de espaldas vigilando. Poli, tartamudeando en voz queda, lanzó un conjuro de encantamiento contra este último, convirtiéndose así el ochaleano en nuestro mejor amigo.

– Pol Buda que levaba mucho tiempo sin vel-los , amigos míos.

– Nosotros también nos alegramos de verte, majo – respondió Lucinio el enano con la mejor de sus sonrisas-; oye, y ya que estamos, ¿nos permitirías coger unas armas para ayudarte en la vigilancia?

– Pol supuesto. Es pol aquí.

Y el hechizado guardia nos abrió el arsenal de par en par. Nos pertrechamos como Ilúvatar manda – armaduras y escudos incluidos-, y nos dirigimos a los muelles. Desgraciadamente, el último de nosotros, un marinero superviviente del naufragio, le pisó la cola a un gato que rondaba por el lugar, despertando al compañero de guardia del ochaleano hechizado. Antes de que pudiéramos silenciarlo, dio un grito de alarma el cabrón que puso en pie hasta a los dioses.

Mientras el guardia hechizado se quedaba quieto y con cara de no entender nada, nosotros nos dirigimos a todo correr hacia la coca, mientras a un par de cientos de metros se congregaban unos 50 ochaleanos en pijama pero armados hasta los dientes. Mientras las primeras flechas empezaban a caer en derredor nuestro, ordenamos a los marineros subir a bordo y preparar el barco para zarpar, mientras el grupo cubríamos la retirada. El grueso de los soldados cargó contra nosotros, y aquí fue el conjuro de sueño de Evaristo el que nos salvó el pellejo, ya que la mayoría de los ochaleanos se echaron a dormir de súbito.

Puede que anduvieran en pijama, pero manejaban las katanas con gran maestría y pegaban unas patadas de órdago. Eran consumados guerreros, no una panda de aficionados. Los marineros habían logrado acondicionar ya el bajel para zarpar – nos lo advirtieron a gritos-, pero no podíamos sacarnos de encima a los guerreros orientales. La lucha se prolongaba más de lo debido, dado que ellos no cedían y nosotros, a duras penas, conteníamos su embestida; eran 14 guerreros contra 6 (Poli, al ser mago y haber usado ya su conjuro, se había refugiado en el barco). En un momento dado, Lucinio recibió un tajo en el hombro derecho, el de  su brazo hábil; Avelino y Satur lograron cubrirle a tiempo, antes de que el ochaleano pudiera rematarlo.

– ¡Lucinio! ¡Recula y que te recojan los marineros! – grité yo-, ¡no puedes seguir combatiendo!

– Me cago en la sopa de aleta de tiburón…¡Echadme una mano, amigos!

Afortunadamente, los marineros anduvieron al quite y lo subieron al buque. Viendo que, más tarde o más temprano, nos iban a vencer – por destreza y superioridad numérica-, Lucinio, con el brazo que le quedaba sano, rebuscó en unos sacos que había en cubierta, y lanzó su contenido contra los ochaleanos, buscando distraerlos: sorpresivamente, éstos comenzaron a arrojar sus armas al suelo y empezaron a coger al vuelo los objetos que Lucinio les tiraba, de un modo frenético; no lo pensamos, y aprovechamos aquello para subir al barco. CONTINUARÁ.

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