Dune: La sonda robot

sonda-by-ralph_mcquarrie

-Hemos de ir a ver qué es eso -gritó.

Sus seguidores corrieron hacia la columna de humo que señalaba el impacto, con Ebrahim y Mahmad en cabeza. A Dhartha no le hacía la menor gracia aventurarse lejos de las rocas, pero el desierto le atraía hacia un desconocido tesoro.

Cuando llegaron al cráter producido por el impacto, todos jadeaban. El naib y sus hombres se detuvieron en el borde del hoyo. En el interior había un objeto mecánico del tamaño de dos hombres, con salientes y componentes que zumbaban y se movían, despiertos ahora que el artefacto había aterrizado. El objeto todavía humeaba a causa del calor generado al entrar en la atmósfera.

Las luces parpadearon, y los lados de la sonda se abrieron como alas de dragón para dejar al descubierto extremidades mecánicas y garras articuladas. Una compleja maquinaria interna incluia escáner y procesadores, aparatos de investigación y destrucción. Convertidores de energía reflectantes se extendieron a la luz del sol.

-Imagina lo que valdrá esto en el espaciopuerto, naib! Si llego yo primero, debería recibir una parte mayor– dijo Ebrahim.

-Si tienes éxito, recibirás una parte extra.

Aunque el objeto se hubiera averiado por completo, los nómadas utilizarían el metal con fines propios.

El atrevido joven se paró a mitad de la pendiente y miró aparato con suspicacia, pues continuaba vibrando y zumbando. Daba la impresión de que la sonda estaba examinando el terreno circundante, como si no supiera dónde de había aterrizado. La máquina no prestaba atención a los humanos, hasta que Ebrahim cogió una piedra de la pared del cráter.

-Ai! Ai! -gritó, y lanzó la roca. Chocó contra el material de la sonda con un ruido metálico.

El aparato se inmovilizó, y después sus lentes y escáneres giraron hacia el humano solitario. Un rayo de luz incandescente brotó de una lente. Una lengua de fuego envolvió a Ebrahim y le proyectó hacia atrás, una nube de carne y huesos carbonizados. Fragmentos de ropa, manos y pies volaron hacia lo alto del cráter.

Mahmad chilló, y Dhartha ordenó de inmediato a sus hombres que retrocedieran. Huyeron hacia una hondonada entre las dunas. Los hombres rezaron e hicieron gestos supersticiosos, mientras Dhartha levantaba el puño derecho.

Los hombres siguieron vigilando el hoyo. La sonda no les prestaba atención. Construía estructuras a su alrededor, cada vez más grandes, y por fin empezó a
salir del pozo con gran estrépito. Dhartha continuaba perplejo.

-Mira, padre. -Mahmad señaló el desierto-. Esa máquina endemoniada pagará por haber matado a mi amigo.

Dhartha vio la conocida ondulación, el movimiento del monstruo bajo la arena. La sonda continuaba produciendo sus movimientos rítmicos, ajena a su entorno.

El gusano de arena se acercó a toda velocidad, hasta que su cabeza se alzó sobre la arena. La boca era más grande que la circunferencia del cráter. La sonda robot agitó sus brazos sensores y lentes, presintiendo que estaba sufriendo un ataque, pero sin saber cómo. Varios rayos de fuego taladraron el suelo.

El gusano se tragó el demonio mecánico. Después, el monstruo del desierto se ocultó bajo las dunas como una serpiente de mar en busca de aguas profundas. El naib Dhartha y sus hombres se quedaron petrificados sobre las dunas.

Dhartha meneó la cabeza y se volvió hacia sus compañeros. -Esto se convertirá en una historia legendaria, una balada que se entonará de noche en nuestras cavernas… -Respiró hondo dio media vuelta-. Aunque dudo que alguien la crea.

“La Yihad Butleriana”, de B.Herbert y K.J.Anderson.

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