Dune: El fin de Dominic Vernius

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Cuando sólo quedaban por cargar tres ojivas de combate y un quemapiedras, Dominic salió al pálido sol antartico, una raja de luz que penetraba en la fisura. Había planificado cada paso de su ataque a la capital imperial. Sería una sorpresa absoluta. Shaddam no tendría ni tiempo de esconderse debajo del Trono del León Dorado. Dominic no pronunciaría discursos grandilocuentes, no se regocijaría de su triunfo. Nadie se enteraría de su llegada. Hasta el final.

Elrood IX ya había muerto, y el nuevo emperador Padishah sólo tenía una esposa Bene Gesserit y cuatro hijas pequeñas. No sería difícil exterminar a la estirpe Corrino. Dominic Vernius sacrificaría su vida por destruir la Casa Imperial que había gobernado durante miles de años, desde la batalla de Corrin, y para él sería una ganga.

-Nos han traicionado, Dom!. Fui a las instalaciones del mercader de agua y las han abandonado…-. Algunos contrabandistas gritaron de rabia. La expresión de Dominic se tornó impenetrable y sombría. Tendría que haberlo supuesto. Después de tantos años de colaboración y asistencia, no podía confiar en Rondo Tuek. -Marchaos antes de que termine el día. Cambiad de identidad-. Dominic señaló el viejo transportador-. Quiero cargar las últimas ojivas y despegar. No pienso renunciar a mi misión

… Las naves Sardaukar se zambulleron como peces depredadores en el abismo. Transportes de tropas aterrizaron y hombres armados salieron como insectos enloquecidos, armados con cuchillos y pistolas. Los Sardaukar transformaron en escoria los tanques de los motores. Las armas atómicas quedaron encerradas dentro de la nave. Ahora, el conde renegado nunca podría despegar, ni llegar a Kaitain. Al ver el enjambre de tropas imperiales, Dominic comprendió que ni él ni su banda de contrabandistas podrían huir… Dominic sólo contaba con una oportunidad. No sería la victoria que había soñado, y Rhombur y Kailea nunca se enterarían…

Los Sardaukar entraron en la instalación y avanzaron en formación de ataque por
los pasadizos, abatiendo a todo el que se cruzaba en su camino. —Les contendremos mientras podamos, Dom —prometió un hombre. Su compañero y él tomaron posiciones a ambos lados del pasillo, con sus casi inútiles
armas preparadas—. Te daremos tiempo suficiente. Se permitió una sonrisa sin alegría. Los hombres de Shaddam se iban a llevar una sorpresa…

Dominic se volvió y miró los restos de su arsenal atómico. Eligió un quemapiedras, un arma pequeña cuya potencia podía calibrarse para destruir todo un planeta, o sólo arrasar una zona determinada. Preparó el mecanismo activador del quemapiedras para que sólo vaporizara las cercanías de la base. No era necesario aniquilar a todos los inocentes de Arrakis. Eso era sólo propio de los Corrino…

Se sentía como un antiguo capitán de barco que se hundía con su embarcación. Con los ojos cegados por las lágrimas, pensó ver de nuevo una imagen temblorosa de Shando, su fantasma… o tal vez era sólo su deseo. La dama movió la boca, pero Dominic no supo si le estaba reprendiendo por su imprudencia o le estaba dando la bienvenida…

Los Sardaukar se abrieron paso a través de la pared de hielo, desinteresándose de la gruesa puerta. Cuando entraron en la cámara, satisfechos y victoriosos, Dominic no disparó sobre ellos. Se limitó a mirar el tiempo que quedaba en el quemapiedras. Los Sardaukar también lo vieron… Después todo se puso al rojo vivo.

“La Casa Harkonnen”, de B.Herbert y K.J.Anderson.

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