Las Crónicas: en una isla de Oriente (1)

barco-en-tempestad

Hijos míos, hay ocasiones en las que hay que saber montárselo, en situaciones de necesidad…Leed, leed

Puerto de Tel Akbir, en el Imperio de Thyatis. Zarpamos en una galera que nos iba a llevar a Ierendi, en donde un aristócrata pensaba hacernos un encargo, y tocaba por tanto salir de aventuras. El ambiente era relajado y el tiempo soleado. Mientras Satur meditaba sus conjuros, Evaristo y Segis se echaban la siesta, Poli escribía sus hechizos en su libro, en el camarote de invitados, Lucinio desplumaba en cubierta a los marineros con los dados, Avelino bruñía su coraza con el limpiametales del Todo a 100 (monedas de cobre, se entiende),  y yo charlaba con el capitán:

– Viaje apacible, ¿verdad, Don Euquerio?

– No me fío, Shadowalker: ayer estuve viendo el Telediario en el palántir de mi camarote y la chica del tiempo dijo que se acerca una borrasca por el oeste. Mañana mi tripulación tendrá trabajo…

Y vaya si lo tuvo: una tormenta colosal se declaró poco después del alba, y todos, salvo los marineros, nos refugiamos en los camarotes. Tras un par de horas de mareos, vómitos y crujir de la madera del barco por todos lados, un aterrorizado capitán nos ordenó subir a la cubierta:

– ¡El bajel se va a pique! ¡Si os quedáis ahí, moriréis como ratas! ¡Arriba, arriba!

Ascendimos corriendo, con el pánico subiéndonos por las piernas. En efecto, la arboladura se quebró, y el barco se inclinó hacia estribor hasta casi quedar boca abajo. Nos agarramos a donde pudimos, y nos encomendamos a nuestros dioses: estaba claro que pereceríamos allí, yo no hubiera dado ni una pieza de cobre por nosotros. Milagrosamente, al rato la tormenta se alejó, y más o menos la mitad de la tripulación nos divisamos mutuamente, dando gritos de júbilo: no nos lo podíamos creer. De un modo penoso, logramos unir pecios y tablones sueltos y construimos una enorme balsa improvisada, a la que nos encaramamos unas veinte personas.  Todos los miembros de mi grupo estaban allí, no así el capitán Euquerio.

La suerte estaba con nosotros, porque a las pocas horas divisamos al sur una pequeña isla. Usando algunas tablas como remos, logramos llegar allí antes del ocaso, en un hercúleo esfuerzo. El caso es que ganamos la playa y, exhaustos, buscamos penosamente un refugio para dormir.

A la mañana siguiente, nos fuimos incorporando paulatinamente y exploramos la isla más a fondo. Había un riachuelo de agua dulce – fundamental en esas circunstancias-, y abundaban unos pequeños antílopes que hicieron que nuestros estómagos protestaran.

– Son cobos – dijo Evaristo-. Los he cazado en Heldann a puñados, cuando era adolescente. ¿Alguien tiene una honda?

Cuatro marineros respondieron afirmativamente, y se pusieron en acción. Al cabo de una hora, cinco cobos estaban asándose en una hoguera que logramos prender. Con comida en el buche, la vida se ve de otra manera, y seguimos explorando la isla.

Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando divisamos edificios de estilo ochaleano en un recodo. No menos de 50 personas de raza oriental estaban allí trabajando, con carros, mulas, caballos, sacos, barriles y unos enormes almacenes destinados a salvaguardar todo aquello. El trajín era considerable, y cuando unos guardias nos vieron, se dio la voz de alarma: no menos de 30 guerreros nos rodearon, con sus katanas y arcos dispuestos:

– ¿A qué demonios habéis venido aquí, pelos extlanjelos? – gritó uno de ellos-.

– Pues verá usted, noble señor – se adelantó Satur, nuestro clérigo, hablando en un tono educado-, somos una veintena de personas que hemos sobrevivido a un naufragio. Ayer al ocaso logramos llegar a esta isla, y andamos perdidos…¿Podrían ayudarnos, por favor?

– ¡Habéis invadido telitolio ochaleano, extlanjelo! ¡Aplesad a todo bicho viviente!

Dada nuestra indefensión, poco pudimos hacer. Fuimos encerrados en un par de estancias vacías, en la parte baja de lo que parecía una alhóndiga. Nos dieron agua y comida suficiente, todo hay que decirlo; y a las pocas horas fuimos llevados a una gran sala, habilitada como tribunal. Un grupo de jueces nos aguardaba:

– ¡Explical vuestla histolia, extlanjelos!

Evaristo el elfo tomó la palabra, y narró todo lo ocurrido; los jueces se retiraron un rato a deliberar, y más tarde emitieron sentencia:

– ¡Extlanjelos! ¡Habéis invadido tiela del Leino de Ochalea, y melecéis sel castigados! Pelo esta culpa se ve atenuada polque no tenéis almas ni intención de guela. Pol tanto, os condeno a selvil dulante tles meses como tlabajadoles a sueldo en este polígono industlial.

– ¿Polígono industrial, Señoría? – dije yo, enarcando las cejas-.

– Sí señol: polígono Las Calejuelas de los Cobos, más exactamente.

Así que contrato eventual de tres meses por la ETT “Confucio Explotadol”, y a currar echando más horas que el palo de la bandera. Era tremendo cargar sacos todo el día. Y claro, como era de prever, nuestro enano Lucinio, en un descanso, cogió un embudo de hojalata y comenzó a calentar el ambiente:

– ¡Compañeros! ¡Todo el día cargando, y ni una sola partida de cartas o puticlub en las cercanías para desfogarnos! ¡Estoy de arroz tres delicias hasta la barba! ¡Hay que acabar con esta situación!

Los ochaleanos no se lo tomaron precisamente a bien:

– ¡Volved al tlabajo inmediatamente o ateneos a las consecuencias!

Los 20 decidimos, tras debatir un rato, hacer un paro de una hora para negociar con el jefe ochaleano. Tras unas negociaciones condicionadas por las katanas de los guardias, logramos arrancarles una hora semanal de mujeres fáciles en el local de alterne – nuestro clérigo, Satur, debería conformarse con darle al manubrio-, media hora diaria de cartas y cerveza y un 10% más de chocolate en las palmeras del desayuno.

Con todo, a la semana nos dimos cuenta de que las cosas iban de mal en peor, y planeamos una fuga. CONTINUARÁ.

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