Las Crónicas: manda huevos

The_Dragon__s_Egg_by_UdonCrew

Hijos míos, a veces los encargos que se te encomiendan son de lo más peligroso y enrevesado…y reflejan bien la actualidad en vuestro mundo real…Leed, leed…

Estábamos todo el grupo (Avelino el guerrero, Evaristo el elfo, Segismundo el hobbit, Hipólito el mago, Lucinio el enano, Saturnino el clérigo y yo, Fot Aël el ladrón), a orillas del lago Stahl, en Rock Home, patria de los enanos; se nos convocó a una reunión con Galisteo Boulderbender, ministro de industria del país, el cual nos recibió en su cueva-ministerio:

– Pasad, nobles señores. Iré al grano desde el primer momento: supongo estaréis enterados  acerca de la crisis que estamos atravesando en metalurgia y siderurgia, ¿verdad?

– Algo hemos oído, señor ministro – respondió Satur-. Y los periódicos no escriben de otra cosa.

– Bien; pues el tema radica en que no tenemos suficientes medios como para fundir un buen acero, y por ello he pensado en una medida algo expeditiva, pero eficaz…¿Conocéis Castellan Keep y sus alrededores?

– ¿Se refiere usted a la esquina noreste del Ducado de Karameikos, sin gobierno y sin ley, y llena de gigantes del hielo y dragones? – dije yo-.

– Sobresaliente, Shadowalker. Así es. Y precisamente de dragones os quería hablar. En esas cordilleras hay muchas cuevas donde las dragonas custodian sus huevos. Pues bien: necesito que un grupo de aventureros como vosotros haga una incursión y me traiga un huevo de dragón rojo. No me vale otro tipo de huevo.

-¿Y eso, señor ministro? – preguntó Avelino-.

– Los dragones rojos escupen fuego, noble guerrero. Quiero que me consigáis un huevo para, una vez eclosione, criar al dragón en nuestras fraguas y fundiciones, y emplear su ígneo aliento para dar un buen empujón a nuestra producción de armas. Os ofrezco 2.000 piezas de oro por cada uno de vosotros. Si me traéis un huevo que no sea de dragón rojo, no cobraréis nada. ¿Qué me decís?

– Aceptamos, señor ministro – dijo Evaristo, tras una breve consulta con todos nosotros-.

Y para allá que nos fuimos. La travesía fue tranquila hasta que llegamos al pie de las cordilleras: peladas, frías aunque era verano, inhóspitas…no nos extrañó que no estuviesen bajo ningún tipo de gobierno firme. Pues nada; manga larga, botas de escalada y paciencia, mucha paciencia:

– Vaya corte que me acabo de hacer con el arbusto éste – se quejó Lucinio-.

– Q-Qué r-resbalón m-más t-tonto y vaya hematoma me va a salir en el hombro – dijo más tarde Poli, nuestro mago tartamudo, tras una caída-.

– ¡Brrrrrrr, qué frío puñetero! Menos mal que trajimos mantas – declaró Lino-.

La noche, en nuestras tiendas de campaña, fue desapacible; la temperatura nocturna descendía a niveles casi invernales. Tras recuperarnos con un buen desayuno, comenzamos a escudriñar los alrededores, en busca de grutas-guarida de dragones. El paisaje era tan abrupto y desolado que no nos costó mucho trabajo dar con nuestro objetivo: una  boca de caverna de la que salió, en un momento dado, un inmenso dragón rojo. Llegar y besar el santo, como quien dice.

– A esto lo llamo yo potra – dije a mis camaradas-; pasadme las cuerdas y bajamos en un plisplás. Yo iré el primero. Y con sigilo, por favor.

Desgraciadamente, a Lucinio – no podía ser otro-, mientras descendía por la soga, se le cayeron de la mochila un par de cacharros de la vajilla de aventurero, rebotando contra las rocas mientras se precipitaban al vacío, armando un considerable estrépito y su eco correspondiente. Nos quedamos todos paralizados durante un par de minutos, esperando que algún dragón de guardia hiciera acto de presencia; pero los dioses nos sonreían, y no ocurrió nada.

Lucinio, la próxima vez te ensarto como a un pollo – dijo Avelino-.

– ¿Tú nunca has cometido un error, Don Perfecto? – replicó irritado nuestro enano-.

– ¡Cerrad ya el pico, joder! – cortó Evaristo-. ¡Estamos entrando en la gruta! ¡Silencio absoluto!

Encendí la lámpara y p´adentro se ha dicho. Al poco tiempo, penetramos en una gran sala en donde había un hermoso huevo, mientras un dragón rojo se hallaba de espaldas, adormilado. Para llegar hasta el huevo había que franquear un camino pavimentado muy estrecho, que pasaba sobre un foso poco profundo, o eso parecía. Guiado por mi instinto, saqué mis herramientas de desactivar trampas, pero antes de que pudiese hacer nada, Lucinio y su maldita impaciencia nos condenaron:

– ¡Luci! ¡Espera a que revise el terreno! – dije a media voz-.

Demasiado tarde: nada más pisar nuestro enano la primera baldosa, una campana comenzó a repicar con gran fuerza y a gran velocidad. El dragón despertó de su duermevela en un instante, plantándose ante nosotros con cara de pocos amigos. Su tamaño era tal, que comprendimos que había que negociar, ya que un combate contra esa mole significaría a buen seguro nuestra muerte:

– ¿Qué habéis venido a hacer aquí, perros aventureros?

– Pues verá usted, señor dragón – replicó Satur cagado de miedo-, somos turistas que nos hemos perdido y…

Una pequeña llamarada de las fauces de aquel mostrenco le chamuscaron los pies, teniendo nuestro clérigo que hacerse a sí mismo un conjuro curativo.

– ¡¿Me tomáis por imbécil, panda de arrastrados?! –  gritó el dragón, más cabreado que una mona-, ¡confesad la verdad o comeré hoy carne de humano y semihumano a la parrilla!

– De acuerdo – dije yo, viendo que no había elección-; pues verá usted, el gobierno de Rock Home nos envía a robar huevos de dragón rojo, para usarlos en la industria siderometalúrgica del país, que está de capa caída…

-¿Usarlos cómo, ladronzuelo?

– Cuando el huevo eclosione, el dragoncillo será criado para soplar fuego a los hornos y fundir los metales. Una fragua viviente, vamos…

-Hmmm…ya veo. Pues mira, precisamente estoy yo en el paro y estaría interesado en trabajar en algo de eso. Desde que  Von Hendrinks ganó la guerra, no nos pasa subsidio de desempleo, el muy cicatero. Y aquí me tenéis: de canguro de la vecina por 13 miserables monedas de eléctrum la hora, cuidándole su huevo mientras ella se va a currar. Por cierto, me llamo Filiberto.

– Pues qué pena, desaprovechar así a alguien como vos, Don Filiberto

– Menos coba, chorizo. Oíd: puedo llamar a un pariente mío que se quede aquí en mi lugar, y me voy con vosotros. Aquí no hay trabajo ni futuro. Y como soy soltero y no tengo cargas familiares…Lo que sí puedo hacer es llevaros en mi lomo: en 10 horas estaríamos en el lago Stahl. Para ir teniendo algo de dinerillo, ¿qué tal si me dierais por el viaje 25 piezas de oro por barba?

– Hace, chaval – dijo Evaristo-. En marcha pues.

Dicho y hecho: en pocos minutos, un primo hermano del dragón le sustituyó en la custodia del huevo de la vecina, y nos vimos cabalgando en el aire a renglón seguido. Cuando llegamos a Rock Home, ya en el crepúsculo, y nos entrevistamos con el ministro Boulderbender, contándole toda la historia, éste frunció el ceño:

– ¿Pero por qué me habéis traído a un dragón adulto, desgraciados? ¡Yo quería el huevo!

-Pero bueno – dijo Segis, nuestro hobbit-, ¿No os alegráis de que os hayamos traído a alguien cualificado, y además por su propia voluntad? ¡Puede ponerse a currar mañana mismo!

– Claro, claro. Y al ser adulto, tengo que pagarle a la Seguridad Social, hacerle contrato, respetar periodos vacacionales…¡Si me hubiérais traído un huevo, la cría de dragón no tendría derechos laborales hasta los 18 años de edad! ¡Menudo ahorro y menudo chollo!

Nos miramos entre nosotros, torciendo el gesto. Menudo negrero resultaba ser, el ministro.

– Pues esto es lo que hay – dijo Lucinio, en tono digno y solemne, y hablando por todos nosotros-. Si no nos queréis dar recompensa alguna, lo comprendemos. De cualquier modo, como enano y ciudadano de Rock Home, me daría vergüenza recibir dinero de alguien como vos.

– Pues adiós muy buenas – replicó el ministro, en tono despectivo-. Y dad gracias que no tengo más remedio que contratar a ese fulano que os habéis traído, tal es nuestro estado de necesidad.

– Pues que sea ésa nuestra recompensa – replicó Satur el clérigo-. Incluso una banda de aventureros modestos como nosotros tiene su punto de dignidad, de vez en cuando.

– Mal flechazo te mande al infierno, cabrón – dijo Segis-.

Hasta otra, Fot Aël S.

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