Dune: Shaitan, mensajero de Dios

Sheeana_Dances_by_embley

–A Shaitan le gusta el calor –dijo Sheeana–. La gente se oculta cuando hace calor, pero entonces es cuando viene Shaitan… – Está cerca, Madre. No lo hueles?.

“No Shai–hulud”, pensó. “Shaitan!”. Odrade se detuvo un paso detrás de Waff. Respiró profundamente, calmándose, mientras miraba más allá, hacia donde se centraba la atención de Sheeana.

Un sibilante siseo, subterráneo y ahogado por la arena… haciéndose más fuerte con impresionante rapidez. Había calor en él, un apreciable calentamiento de la brisa que se deslizaba por su rocosa avenida. El siseo se convirtió en un rugido en crescendo. Bruscamente, el enorme abismo orlado de cristal de una gigantesca boca se alzó sobre la duna directamente encima de Sheeana.

–Shaitan! –gritó Sheeana, sin interrumpir el ritmo de su danza–. Aquí estoy, Shaitan!.

Al llegar a la cresta de la duna, el gusano bajó su boca hacia Sheeana. La arena cayó en cascada en torno a los pies de la muchacha, obligándola a detener su danza. El olor a canela llenó el rocoso desfiladero. El gusano se detuvo encima de ellos.

–El Mensajero de Dios –jadeó Waff.

El calor secó la transpiración en la parte expuesta del rostro de Odrade e hizo que el aislamiento automático de su destiltraje lanzara una perceptible bocanada. Con todos sus sentidos completamente alertas, Odrade almacenó sus impresiones. “Si sobrevivo”-, pensó. Sí, aquel era un dato valioso. Podía llegar un día en que otras pudieran utilizarlo.

–Hola, Shaitan –dijo Sheeana–. Te he traído a una Reverenda Madre y a un hombre de los tleilaxu conmigo.

Delicadamente, como un niño en un terreno no familiar, el gusano avanzó nuevamente. Se deslizó cruzando la cresta de la duna, se enroscó hacia abajo hasta alcanzar el lecho de piedra, y presentó su ardiente boca ligeramente encima y apenas a unos dos pasos de Sheeana. Waff se dejó caer de rodillas e inclinó reverentemente la cabeza.

–Estoy aquí –susurró.

Odrade lo maldijo en silencio. Cualquier ruido indeseado, podía atraer a aquella bestia contra ellos. Sabía sin embargo lo que Waff estaba pensando: “Ningún otro tleilaxu había estado jamás tan cerca de un descendiente de su Profeta. Ni siquiera los sacerdotes rakianos lo habían conseguido!”.

–Ves como Shaitan me obedece, Madre?. Le pediré a Shaitan que nos deje conducirlo! –Trepó por la deslizante superficie de la duna al lado del gusano. –Quédate quieto! –grito Sheeana. El gusano se inmovilizó. “No son sus palabras las que lo gobiernan”, pensó Odrade. “Es algo más… algo distinto…” –Madre, ven conmigo –la llamó.

Empujando a Waff delante de ella, Odrade obedeció. Treparon por la arenosa ladera detrás de Sheeana. Sheeana avanzó a lo largo del lomo del gusano y se acuclilló detrás de su boca, donde los anillos eran protuberantes, gruesos y amplios. Pateó la superficie del gusano debajo de ella.

–Shaitan, adelante! –ordeno.

Bruscamente, el gusano empezó a moverse. Se alzó empinadamente, giró a la izquierda y trazó una cerrada curva para salir del desfiladero rocoso, luego avanzó recto alejándose de Dar–es–Balat y en dirección al desierto.

–Vamos con Dios! –gritó Waff.

La propia Odrade admitía estar poseída por una enorme curiosidad. “Dónde nos está llevando esta cosa?”.

“Herejes de Dune”, de Frank Herbert.

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