Dune: La prueba del Gom Jabbar de Jessica

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—Así es cómo ponemos a prueba a los humanos, muchacha.

Tras la barrera de su escritorio, la reverenda madre Gaius Helen Mohiam parecía una extraña, con el rostro impenetrable, los ojos negros y despiadados.

—Es un desafío que comporta la alternativa de la muerte.

Tensa, Jessica estaba de pie ante la Supervisora Superior. Una chica esquelética de largo pelo rojo, en su cara se veían las semillas de una belleza auténtica que no tardaría en florecer.

Mohiam tenía su propio despacho particular, con libros antiguos encerrados en una vitrina de plaz transparente a prueba de humedad. Sobre su amplio escritorio descansaban tres bandejas de plata, y cada una contenía un objeto geométrico: un cubo de metal verde, una pirámide de un rojo intenso y una esfera dorada. Las superficies de los objetos proyectaban rayos de luz, que rebotaban entre ellos. Por un largo momento, Jessica contempló la danza hipnótica.

—Has de escucharme con sumo cuidado, muchacha, cada palabra, cada inflexión, cada matiz. Tu vida depende de ello. —Qué es eso?-. Jessica señaló los extraños objetos del escritorio. —Sientes curiosidad, verdad?… Son lo que tú creas que son.

La voz de Mohiam era tan seca como el viento del desierto. Los objetos se pusieron a girar de manera sincronizada, de modo que cada uno reveló un agujero oscuro en su superficie, un agujero que se correspondía en forma con el propio objeto. Jessica se concentró en la pirámide roja, con su abertura en forma de triángulo.

La pirámide empezó a flotar hacia ella. Es esto real, o una ilusión?. Abrió los ojos de par en par y miró, paralizada. Las otras dos formas geométricas siguieron a la primera, hasta que las tres bailaron ante la cara de Jessica. Rayos brillantes saltaban y describían arcos, haces espectrales de color que emitían chasquidos apenas inaudibles. Jessica sintió curiosidad mezclada con miedo.

—Cuál es la primera lección?. Qué te han enseñado desde que eras una niña?. —Los humanos nunca deben comportarse como animales, por supuesto. —Jessica permitió que una insinuación de ira e impaciencia se filtrara en su voz-. Después de todo lo que me habéis enseñado, Supervisora Superior, cómo podéis sospechar que no soy humana?. Cuándo os he dado motivo…?.

—Silencio. La gente no siempre es humana. Hace eones, durante la Yihad Butleriana, la mayoría de la gente eran simples autómatas orgánicos, que obedecían las órdenes de las máquinas pensantes. Oprimidos, nunca cuestionaban, nunca resistían, nunca pensaban. Eran gente, pero habían perdido la chispa que les hacía humanos. Aun así, un núcleo de su raza resistía. Lucharon, se negaron a ceder, y a la larga vencieron. Sólo ellos recordaban lo que era ser humano. Jamás debemos olvidar las lecciones de esos tiempos peligrosos…

… El hábito de la reverenda madre crujió cuando se movió a un lado, y de pronto su brazo se movió con una velocidad asombrosa, un movimiento borroso. Jessica vio el extremo de una aguja apuntada a su mejilla, justo debajo del ojo derecho. La muchacha no se movió. Los labios resecos de Mohiam formaron una sonrisa.

—Conoces el gom jabbar, el “enemigo de la mano en alto” que sólo mata animales, los que obedecen a su instinto antes que a la disciplina. Esta punta está impregnada de metacianuro. El menor pinchazo, y mueres… De los tres objetos que hay ante ti, uno es dolor, otro es placer, y el tercero es eternidad. La Hermandad utiliza estas cosas de diversas maneras y combinaciones. Para esta prueba, has de elegir la que sea más profunda para ti…

… Mientras aspiraba una profunda bocanada de aire para calmarse, se preguntó: Cuál elijo?. Si tomo la decisión incorrecta, moriré. Cayó en la cuenta de que debía profundizar más, y como en una revelación, vio cómo se posicionaban los tres objetos en el viaje humano: el dolor del nacimiento, el placer de una vida disfrutada, la eternidad de la muerte. Mohiam había dicho que debía elegir lo más profundo. Pero, sólo uno?. Cómo podía empezar, sino por el principio?. Primero, el dolor.

—Veo que has elegido —dijo Mohiam, al ver que la muchacha alzaba la mano derecha y la introdujo con cautela en el cubo verde. Al instante, sintió que su piel quemaba, se abrasaba, y sus huesos se llenaban de lava. Las uñas de sus dedos se desprendieron una a una, devoradas por el feroz calor. Jamás en su vida había imaginado tamaña agonía. Y continuaba aumentando. “Plantaré cara a mi miedo, y permitiré que pase sobre mí y a través de mí…”…

Jessica luchó por controlar sus nervios y bloqueó el dolor. Sólo sentía un frío
entumecimiento desde la muñeca hasta el codo. Su mano ya no existía. El dolor tampoco. Profundiza más, profundiza más. Momentos después, ya no tenía forma física, se había separado por completo de su cuerpo… La muchacha no sentía dolor ni placer en aquel momento, sólo una inmovilidad entumecida, mientras se asomaba al precipicio de la decisión.

—Dolor, placer, eternidad… Todo me interesa —murmuró Jessica por fin, como desde una gran distancia—, pues, qué es uno sin los otros?.

Mohiam se dio cuenta de que la muchacha había superado la crisis, sobrevivido a la prueba. Un animal no habría podido comprender tales complejidades. Jessica se relajó, estremecida. La aguja envenenada retrocedió. Dio a Jessica un fugaz abrazo y adoptó su comportamiento oficial de costumbre.

—Bienvenida a la Hermandad, humana.

“La Casa Harkonnen”, de B.Herbert y K.J.Anderson.

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