Dune: La muerte de Shando Vernius

shando-vernius

Los dos mortecinos soles del sistema binario de Kuentsíng brillaban en los sombríos cielos de Bela Tegeuse. El más próximo, rojo como la sangre, teñía de púrpura el ciclo del atardecer, mientras el primario, blanco como el hielo, demasiado lejano para proporcionar calor o luz en exceso, colgaba como un agujero iluminado en el crepúsculo. Un planeta poco atractivo y de superficie árida, no figuraba en las principales rutas trans-espaciales de la Cofradía.

En aquel lugar tétrico, la señora supervisaba sus huertos y se recordaba que era su hogar provisional. Incluso después de transcurrido casi un año, aún se sentía una extraña. Miró a sus aparceros contratados. Bajo falso nombre había utilizado parte de sus bienes restantes para comprar una pequeña propiedad, con la esperanza de vivir allí hasta poder reunirse con los demás. Desde su desesperada huida no les había visto ni sabía nada de olios, y tampoco había bajado la guardia ni un instante…

Notó el frío que zahería su cara. Su piel sensible, que en otro tiempo había acariciado un emperador, estaba ahora agrietada y despellejada debido a la dureza de los elementos. Pero había jurado ser fuerte, adaptarse y resistir… Sólo algunos de sus criados más fieles la habían seguido en esta nueva vida. No había querido dejar cabos sueltos, nadie que pudiera informar a los espías imperiales, y tampoco había querido poner en peligro a sus fieles compañeros de exilio.

Como un general que pasa revista a sus tropas, la señora paseó entre los cultivos y examinó los frutos espinosos de color bermejo que colgaban de las enredaderas. Se había esforzado por memorizar los nombres de los productos exóticos que cultivaba. Lo importante era mostrar una fachada convincente. Siempre que salía de su casa llevaba un hermoso collar de manufactura ixiana, un hologenerador camuflado. Cubría su cara con un campo que deformaba sus bellas facciones, suavizaba sus pómulos, ensanchaba su delicada barbilla, alteraba el color de sus ojos. Se sentía asalvo… hasta cierto punto…

Madame Lizett!. Alguien se acerca, y se niega a responder a nuestros saludos!-… Los ornitópteros llegaron con estruendo de motores. Aterrizaron sobre sus campos cultivados, derribaron los platillos luminosos y aplastaron la cosecha. Cuando las puertas de los tres aparatos se abrieron y los soldados salieron, supo que estaba condenada…

—Soy madame Lizett, la propietaria de esta finca. —Su voz adoptó un tono de dureza cuando desvió la vista hacia las cosechas aplastadas—. Vos o vuestros superiores repararéis todos los daños causados por vuestra torpeza?. —Cierra el pico! —ladró un soldado, al tiempo que la apuntaba con su fusil láser… El burseg avanzó y se plantó ante la mujer, que no se inmutó. El hombre estudió su rostro y frunció el entrecejo. La señora sabía que su apariencia camuflada no coincidía con la que el hombre esperaba encontrar. Sostuvo su mirada sin pestañear. De pronto el hombre le arrancó el collar ixiano, haciendo desaparecer su disfraz. —Así me gusta más —dijo el burseg—…

—Identidad confirmada, señor —anunció a su comandante—. Lady Shando Vernius de Ix. Los soldados retrocedieron, pero Shando no se movió. Sabía lo que se avecinaba. Entonces los Sardaukar abrieron fuego…

“La Casa Atreides”, de B.Herbert y K.J.Anderson.

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