Dune: El Navegante D’Murr

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El Navegante D’murr, que ya no era del todo humano, nadaba en el interior de un tanque hermético de gas de especia, y contemplaba Empalme con los ojos de su mente. El penetrante olor a canela de la melange en estado puro impregnaba su piel, sus pulmones, su mente. Nada podía oler mejor. La presa mecánica de un módulo volador transportaba su cámara blindada, en dirección al nuevo crucero que le habían asignado, lo que comprendía, ahora que había evolucionado hasta tal punto desde su forma primitiva.

El bulboso módulo cruzó un enorme campo de cruceros aparcados, kilómetros y kilómetros de naves monstruosas, las herramientas del comercio del Imperio. El orgullo era un sentimiento humano primitivo, pero saber el puesto que ocupaba en el universo todavía deparaba placer a D’murr.

Antes de cada expedición, los Navegantes tenían por costumbre “ponerse en comunicación” con el Oráculo, con el fin de potenciar y afinar sus capacidades prescientes. La experiencia, similar al acto de atravesar las glorias del espacio plegado, le ponía en contacto con los misteriosos orígenes de la Cofradía.

D’murr cerró sus ojillos y sintió que el Oráculo del Infinito llenaba sus sentidos, expandía su mente hasta que todas las posibilidades se desplegaban ante él. Sintió otra presencia que le observaba, como la mente consciente de la propia Cofradía, lo cual le proporcionó una sensación de paz.

Guiado por el antiguo y poderoso Oráculo, la mente de D’murr experimentó el pasado y el futuro del tiempo y el espacio, de toda la belleza de la creación, de todo lo perfecto. Tuvo la impresión de que el gas de especia de su tanque se dilataba hasta abarcar los rostros mutantes de miles de Navegantes. Las imágenes bailaban y cambiaban, de Navegante a humano y viceversa. Vio a una mujer, cuyo cuerpo se transformaba y atrofiaba hasta convertirse en poco más que un cerebro desnudo y enorme…

En el interior del Oráculo, las imágenes se desvanecieron, y le dejaron con una ominosa sensación de vacío. Con los ojos todavía cerrados, solo veía la nebulosa remolineante dentro del globo de plaz transparente. Cuando las tenazas del módulo se apoderaron de su tanque y lo izaron en el aire, en dirección al crucero que esperaba, D’murr se quedó pensativo e inquieto. Veía muchas cosas en el espacio plegado, pero no todas…, ni siquiera las suficientes. Fuerzas poderosas e impredecibles obraban en el cosmos, fuerzas que ni siquiera el Oráculo era capaz de ver. Los simples humanos, incluso los líderes poderosos como Shaddam IV, no alcanzaban a entender lo que podían desencadenar.

El universo era un lugar peligroso.

“La Casa Corrino”, de B.Herbert y K.J.Anderson

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