Dune: Mohiam, la madre

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En la oscuridad del dormitorio aislado y protegido que le habían asignado en el complejo de la Escuela Materna, Mohiam se incorporó en la cama y palpó su vientre abultado. Sintió la piel tensa y correosa, sin la flexibilidad de la juventud. Su camisón estaba empapado de sudor y la pesadilla continuaba grabada en su mente. Visiones de sangre y llamas palpitaban en el fondo de su cabeza. Había sido un presagio, un mensaje… una aterradora premonición que ninguna Bene Gesserit podía ignorar.

Por más que intentaba racionalizar su terror, no podía ignorar la importancia del mensaje. Sueños… pesadillas… predicciones,.. Terribles acontecimientos que sacudirían al Imperio durante milenios. Un futuro que debía abortarse!. Las hogueras de la destrucción, las llamas de un infierno que se propagan de un planeta a otro a través de la galaxia. Yihad!, Yihad!. Ése sería el destino de la humanidad si los planes de la Bene Gesserit para su hija se torcían.

La Hermandad contaba con numerosos programas de reproducción. Ninguno poseía la trascendencia del programa del Kwisatz Haderach. El proyecto se remontaba a cien generaciones atrás, las reverendas madres que conocían sus misterios habían jurado guardar silencio, incluso en la Otra Memoria. La pesadilla de Mohiam le había mostrado el destino de la humanidad si el plan tomaba un camino erróneo. La premonición había sido como un regalo, y pese a la dificultad de la decisión, no podía desecharla. No se atrevía.

Se levantó de la cama y se encaminó con pasos fatigados hasta la habitación contigua, la guardería donde cuidaban de los bebes. Su vientre hinchado le dificultaba los movimientos. Mohiam se preguntó sí las espías de la Hermandad la estarían vigilando. Ya dentro de la guardería, detectó la respiración irregular de su primera hija Harkonnen, de nueve meses de edad. En su útero, su segunda hija pataleó y se agitó. Le estaba dando ánimos?. Había desencadenado el bebé la premonición?. La Hermandad necesitaba una hija perfecta, fuerte y saludable. Las crías defectuosas eran irrelevantes. El sueño estaba vivo en su mente, como un holoesquema. Tenía que obedecerlo sin pensar, así de sencillo. Hazlo!. La visión era tan clara como un cristal de Hagal: millones de personas asesinadas, el Imperio derrocado, la Bene Gesserit casi destruida, la galaxia arrasada…

“Mi propia hija?”. Recordó que en realidad no le pertenecía. Era un producto del programa de reproduccion de la Bene Gesserit, y propiedad de todas las hermanas. Había dado a luz otras hijas para la Hermandad, pero sólo dos podían ser portadoras de una combinación de genes tan peligrosa. Dos. Pero sólo podía haber una. De lo contrario, el peligro era demasiado grande.
Esta niña debilucha nunca se adaptaría al plan maestro. La Hermandad ya la había desechado. Tal vez algún día la niña sería educada para criada o cocinera de la Escuela Materna, pero nunca llegaría a nada importante.

“Te quiero”, pensó Mohiam, y al punto se reprendió por aquel arrebato de emoción. Una Bene Gesserit no sentía ni demostraba amor. Eran sentimientos que se consideraban peligrosos e impropios. Mohiam culpó una vez más a los cambios químicos acaecidos en su cuerpo de embarazada, y trató de analizar sus sentimientos, de reconciliarlos con las enseñanzas recibidas durante toda su vida. “Elimina la tentación”. Sentía amor por la niña o sólo compasión?. Sentía vergüenza de experimentar esos sentimientos, pero no por lo que iba a hacer. “Actúa con rapidez. Acaba de una vez!”. Un inmenso destino aguardaba a su nueva hija, y para asegurar ese destino debía sacrificar a la otra.

Acarició la garganta de la niña. Parecía tan débil… Cerró el puño y luchó por recuperar el control de sus emociones. “No debo tener miedo —susurró—. El miedo es el asesino de la mente…”. Pero estaba temblando. Mohiam hizo lo que el sueño le había ordenado, y apretó una almohada contra la cara de la niña… De pronto se sintió muy vieja. Mucho más de lo que era. “Ya está”, Mohiam apoyó la palma de la mano sobre su vientre hinchado. “No debes fallarnos, hija”.

“La Casa Atreides”, de B.Herbert y K.J.Anderson.

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