Maniobras y planes de desgaste (2)

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Las operaciones de limpieza de las zonas fronterizas no supusieron mayor problema, salvo en la zona del Valle Perdido, en el límite norte del Ducado con Darokin. La cosa se saldó con algunas decenas de muertos por ambos bandos, si bien los monstruos “captaron el mensaje” y se replegaron hacia el Gran Ducado. Beldon Von Hendrinks seguía sin prestar excesiva atención a estos hechos, a pesar de los informes que le llegaban semanalmente. Tukberry de los Cinco Señoríos solicitó que su país fuera reforzado con tropas de otras potencias aliadas, y miles de elfos, enanos y humanos afines a la Legalidad fueron concentrados en la zona de Wereskalot, si bien en su mayoría eran voluntarios recién reclutados.

El tema del espionaje era más peliagudo: había bastantes espías en el interior del Ducado Caótico, pero los hombres del Duque solían cazar a alguien que confesaba, siendo ahorcados varios espías cada vez; por no hablar del peligro del contraespionaje, ya que Von Hendrinks también jugaba sus bazas. De cualquier modo, los pergaminos con todo tipo de información potencialmente valiosa llegaban con regularidad a Selenica, lo que provocó que los estadistas y generales de la Entente tuviesen una idea bastante exacta del estado de cosas en el Ducado Caótico.

Para poner a prueba la marina de guerra de Beldon y Kiff, se maquinó un altercado en aguas cercanas a Fortdoom: un pesquero con bandera de los Cinco Señoríos se adentró en aguas jurisdiccionales del Ducado, fue capturado y su tripulación llevada a Sulescu, donde se hallaba una de las más importantes bases navales de Von Hendrinks. En realidad, los cautivos eran comodoros y espías de Darokin, que reunieron mucha información acerca del puerto, los astilleros, los barcos y la tropa dispuesta en ese enclave. La razón de que consiguieran esto es sencilla: para llevarlos desde sus celdas hasta el edificio donde se los interrogaba, tenían que pasar por todas las instalaciones, y mentalmente hicieron una buena recopilación de datos; los guardias cometieron el grave error de no vendarles los ojos en el trayecto. Los jueces tampoco pudieron hallar nada raro en los testimonios de los acusados, y tras las denuncias y protestas de Darokin y los Cinco Señoríos, que hicieron de aquel asunto un escándalo internacional, decidieron expulsarlos del país, aunque confiscaron el barco de los supuestos pescadores. Las conclusiones de los generales y almirantes aliados fueron claras: Beldon Von Hendrinks contaba con una formidable flota.

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