Dune: Fenring, el asesino

Hasimir-Fenring-miniseries

Grera Cary pensó que las cosas habían cambiado mucho en el harén del emperador. Menos de un año antes, estas mujeres se habían reunido en muy contadas ocasiones, pues Elrood estaba casi siempre con alguna de ellas, cumpliendo lo que él llamaba sus “deberes imperiales”. Una de las concubinas, natural de Eleccan, había bautizado al viejo fauno con un mote que perduró: Fornicario; una referencia a sus proezas y apetitos sexuales. Las mujeres sólo lo empleaban entre ellas, en son de burla.

—Alguna ha visto a Fornicario? —preguntó la más alta de las dos concubinas de menor edad, desde el otro extremo de la sala. Grera intercambió una sonrisa con ella, y las mujeres rieron como colegialas. —Temo que nuestro roble imperial se ha convertido en un sauce llorón…

De pronto, las mujeres enmudecieron, y se volvieron alarmadas hacia la entrada principal del ala de las concubinas. —Cuál es el chiste, hummmm? —preguntó Fenring—. He oído risitas. —Las chicas estaban bromeando —dijo Grera. Se rumoreaba que aquel hombre de escasa estatura había matado a puñaladas a dos de sus amantes, y Grera lo creía, debido a su porte escurridizo. Gracias a sus muchos años de experiencia, había aprendido a reconocer a un hombre capaz de crueldades sin cuento. Se decía que los genitales de Fenring eran estériles y deformes, aunque sexualmente funcionales. Nunca se había acostado con él, ni lo deseaba.

—Te ruego que me cuentes el chiste —insistió Fenring… —Cosas de chicas. No vale la pena repetirlas —. Fenring agarró un extremo de la toalla que envolvía su cuerpo curvilíneo. Sorpresa y temor se traslucieron en la cara de la muchacha. Fenring tiró de la toalla y dejó al descubierto uno de sus pechos. —Basta de tonterías, Fenring. Somos concubinas reales. Sólo el emperador puede tocarnos. —Qué suerte tenéis…

—Anciana, tú vendrás conmigo, y seguiremos hablando de chistes —ordenó Fenring—. Hasta puede que intercambiemos algunos. Puedo ser un hombre muy divertido. —Ahora, señor? —Indicó la toalla de khartan. Los ojos llameantes de Fenring se entornaron ominosamente. Cogió una punta de la toalla y la arrastró. Grera le siguió, esforzándose por mantener la toalla alrededor de su cuerpo—. Por aquí. Ven, ven. — El emperador se enterará de esto! —protestó la mujer. —Habla más alto, porque cada día está más sordo…

Fenring atravesó una barrera de seguridad y empujó a Grera al interior de una habitación. Cayó sobre un suelo de mármolplaz blanco y negro. Fenring extrajo de su manto un óvalo incrustado de joyas verdes. Después de apretar un botón del costado, apareció una larga hoja verde, que centelleó a la luz de la araña.

—No te he traído aquí para interrogarte, arpía —dijo con tono suave. Alzó el arma—. De hecho, voy a probar esto contigo. Nunca me han gustado algunas rameras del emperador.

Fenring no era ajeno al asesinato, y mataba con las manos con tanta frecuencia como tramaba accidentes o pagaba asesinos a sueldo. A veces le gustaba derramar sangre, pero en otras ocasiones prefería sutilezas y engaños. Cuando era más joven, apenas contaba diecinueve años,
salió del palacio imperial de noche y mató al azar a dos funcionarios sólo para probarse que era capaz de hacerlo. Aún intentaba mantenerse en forma.

Fenring siempre había sabido que poseía la voluntad de hierro necesaria para asesinar, pero le sorprendía lo mucho que disfrutaba. Matar a Fafnir, el anterior príncipe heredero, había constituido su mayor triunfo, hasta ahora. En cuanto el viejo Elrood muriera por fin, tendría otro motivo de orgullo. No puedo aspirar a nada más alto. Pero debía estar al corriente de las nuevas técnicas y los nuevos inventos. Quién sabía cuándo podrían serle útiles. Además, aquel neurocuchillo era tan intrigante…

—El emperador me ama! No podéis…
—Te ama?. A una concubina de tres al cuarto?. Nadie llorará tu pérdida, Grera Cary…

Alzó la hoja verde y, con un oscuro fulgor en sus ojos llameantes, la apuñaló repetidas veces en el torso recién aceitado y masajeado. La toalla de khartan cayó al suelo. La concubina chilló de dolor, volvió a gritar, sufrió espasmos y estremecimientos y por fin enmudeció. Ni heridas ni sangre, sólo una agonía imaginaria. Todo el dolor, pero ninguna marca acusadora. Podía existir una mejor forma de asesinar?. La había matado a puñaladas. Al menos eso había pensado ella.

Un arma interesante, el neuropuñal. Era la primera vez que lo utilizaba. A Fenring le gustaba probar las herramientas de su profesión. Llamado “ponta” por su inventor richesiano, era una de las pocas innovaciones recientes de aquel aburrido planeta que Fenring consideraba positivas. La víctima no sólo había pensado que la estaban apuñalando, sino que por mediación de una intensísima estimulación neuronal, había experimentado una agresión lo bastante violenta para matarla. En cierto sentido, había sido la mente de Grera la que la había matado. Y ahora no había señales en su piel.

En ocasiones, la sangre verdadera añadía un toque estimulante a una experiencia ya de por sí emocionante, pero limpiarla era bastante molesto…

“La Casa Atreides”, de B.Herbert y Kevin J. Anderson.

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