Dune: Jessica y las dos caras de Leto

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—Muy pronto se derramará sangre —dijo—. Los Harkonnen no se detendrán hasta que sean exterminados o mi Duque destruido. El Barón no puede olvidar que Leto es sobrino de la sangre real (no importa en qué grado) mientras que los títulos de los Harkonnen no provienen más que de sus intereses en la CHOAM. Pero el auténtico veneno, instalado en lo más profundo de sus mentes, es el conocimiento de que fue un Atreides quien desterró a un Harkonnen por cobardía después de la Batalla de Corrin.

—Las viejas rencillas —murmuró Yueh. Y por un instante gustó el ácido sabor del odio. Las viejas rencillas le habían envuelto también a él en su trama, habían matado a su Wanna o —peor aún— la habían entregado a los Harkonnen para que la torturaran hasta que su esposo hubiera cumplido su tarea. La ironía era que todo aquel odio mortal fuera a florecer allí, en Arrakis, única fuente en todo el universo de la melange, la prolongadora de vida, la droga de salud.

—¿En qué estáis pensando? —preguntó Jessica.

—Pienso que la especia vale actualmente seiscientos veinte mil solaris el decagramo, en el mercado libre. Es una riqueza que puede comprar tantas cosas.

—¿Os ha tocado la codicia, Wellington?.

—La codicia, no.

—¿Qué, entonces?.

—La futilidad. —La miró—. ¿Recordáis vuestra primera toma de especia?.

—Tenía sabor a canela.

—No tiene dos veces el mismo sabor —dijo el hombre—. Es como la vida… cada vez sabe a algo distinto. Algunos piensan que la especia produce una reacción de sabor agradable. El cuerpo, identificando que una cosa es buena para él, interpreta el sabor como agradable… ligeramente eufórico. Y, como la vida, no puede ser sintetizada.

—Creo que hubiera sido más juicioso para nosotros convertirnos en renegados, huir lo más lejos posible del Imperio —dijo ella.

El comprendió que Jessica no le había escuchado, y reflexionó sobre lo que acababa de decir, pensando: Sí… ¿por qué no le ha empujado a hacer esto?. Virtualmente, ella puede empujarle a hacer cualquier cosa.

—¿Me juzgaríais atrevido… Jessica, si os hiciera una pregunta personal?.

Ella se apoyó en el alféizar de la ventana, presa de una inexplicable inquietud.

—Por supuesto que no. Vos sois… mi amigo.

—¿Por qué no habéis hecho que el Duque se casara con vos?.

—¿Hacer que se casara conmigo? Pero…

—No debía haber hecho esta pregunta —dijo él.

—No. —Ella se alzó de hombros—. Hay una buena razón política.. — Mientras mi Duque permanezca soltero, algunas de las Grandes Casas pueden esperar una alianza. Y… —suspiró— … motivando a la gente, forzando a alguien a hacer algo, una se crea una actitud cínica hacia la humanidad. Degrada cualquier cosa que toques. Si yo le hubiera empujado a ello… en realidad no hubiera sido él quien lo hubiera hecho.

—Eso es algo que mi Wanna hubiera podido decir —murmuró Yueh.

—Además, Wellington, el Duque es realmente dos hombres. A uno le amo muchísimo. Es encantador, ingenioso, considerado… tierno… todas las cosas que una mujer puede desear. Pero el otro hombres es… frío, insensible, exigente, egoísta… tan duro y cruel como el viento del invierno. Ese es él hombre que fue formado por su padre —su rostro se contrajo—. ¡Si al menos ese viejo hubiera muerto cuando nació mi Duque!.

“Dune”, de Frank Herbert.

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