Felipe VI, el Preparado, y la Tierra Prometida

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Igual que antes se inauguraban pantanos, nuestros queridos poderes fácticos han decidido que va siendo hora de cortar la cinta de una
Segunda Transición, para la que contamos con un rey a estrenar con etiqueta y todo, al que ya bautizan como Felipe VI el Preparado. A este
nuevo Borbón providencial le corresponderá pilotar la fase que nos conducirá a una tierra prometida donde de las fuentes manarán ingentes
cantidades de leche y miel para que todos podamos acabar saciados aunque diabéticos.

Antes de iniciar este empalagoso viaje convendría alcanzar un consenso amplio sobre el significado real de transición, que no deja de ser el lapso que media entre un punto y otro, entendiendo que alguna vez lo líquido se hace sólido y no siempre acaba siendo gaseoso. Para entendernos, uno
emprende una transición hacia alguna parte y no es muy serio este caminar constante que el propio Machado habría aborrecido por lo cansado que
resulta. La gente tiene ocupaciones y no puede estar permanentemente cargando con una maleta. Dos Moisés y dos desiertos son agotadores hasta
para el pueblo elegido. Se suponía que la Transición, así con mayúscula,
se había hecho para pasar de la dictadura a la democracia, pero hete aquí que alguien tomó la ruta equivocada y nos vemos en un paraje que,
como se grita en la calle, lo llaman democracia y no lo es. El alboroto ha sido de tal calibre y tantos los dispuestos en Cataluña o Euskadi a
emprender un camino alternativo, que los guías del tinglado –que son los mismos de siempre o sus hijos sin pantalones de campana- parecen
dispuesto a reconocer su error y a tomar otro itinerario, a condición de que sean ellos los que dirijan el tour porque los tiempos no están para
buscarse la vida en el sector de la construcción ni como promotor de adosados.

El nuevo destino que se nos anuncia no es ya la democracia sino la democracia plena, que son palabras mayores. De ahí esta Segunda
Transición, que en tiempos históricos será el tiempo que medie entre un Borbón y el siguiente, con la promesa de que el nuevo jefe del Estado
no se distraerá cazando elefantes o siendo un perfecto caballero con rubias alemanas porque su preparación en lo que a latitudes y longitudes se
refiere está acreditadísima. El sendero, que diría Zapatero, Rajoy o el que venga, será duro y difícil, escarpado incluso, pero los españoles somos muy sufridos y nos gusta la marcha en todas sus vertientes. Lo que nos espera, como se ha dicho, es la leche.

El plan tiene un defecto de base y es que la gente se ha hartado de algunos de estos cicerones, que a la que primera que se presentan hacen un alto en el camino para llevar a Suiza la hucha con todo lo que han robado honradamente, y eso que los Alpes pillan a trasmano. Está cansada de comer un maná que no les llueve del cielo mientras los organizadores de la excursión se hinchan a chuletillas de lechal y a marisco los meses con erre. Y como está algo viajada, ya no necesita de guías que les lleven a comprar alfombras para que los muchachos trinquen la comisión correspondiente, y exige que les sean consultadas las paradas o se irá por su cuenta a ver los monumentos.

Siendo necesaria la mudanza porque el edificio amenaza ruina, lo que está por ver es que tengamos que confiar los muebles a quienes ya nos han roto la vajilla y que sólo ahora, cuando han visto que se les acaba el chollo del transporte, empiezan a hacer grandes descuentos en reformas constitucionales, regeneraciones diversas y transparencia.

No se trata de que sea otra generación quien lleve las riendas sino de poder elegir al cochero, aunque peine canas; la cuestión no es dar una salida al soberanismo catalán, al vasco o al de Riola, provincia de Valencia, sino dar la autodeterminación al país entero; esto no consiste en apagar el incendio sino justamente en lo contrario: en dejar que las llamas devoren la
inmundicia y sembrar sobre las cenizas. Si no se tiene esto claro, habrá un autobús que parta, sí, pero la mayoría de los pasajeros se quedará en
tierra haciendo un pis o aguas algo más mayores.

De Juan Carlos Escudier, para Publico.es

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