Dune: Jessica concibe a Paul

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Distraído, el duque acarició el flanco de la nave. -El tóptero de carreras de mi padre. Lo llamaba “El Halcón Verde”. Yo aprendí a pilotar con él. Thufir se ponía hecho una fiera, al ver al duque y a su único hijo corriendo tales peligros. Creo que mi padre lo hacía sólo para irritarle.

Jessica examinó el extraño aparato. Sus alas eran estrechas y curvadas hacia arriba, con el morro dividido en dos secciones aerodinámicas. El mecánico terminó sus ajustes y cerró la cubierta del motor. —Preparado para partir, señor.

Después de ayudar a Jessica a acomodarse en el asiento de atrás, el duque Leto subió al delantero. Las turbinas sisearon, y condujo el tóptero hasta una amplia pista de alquitrán. Leto manipuló los controles con pericia, sin hacer caso de Jessica. Las alas verdes se acortaron para el despegue, y sus delicadas hojas encajaron entre sí. Las turbinas rugieron, y el aparato alzó el vuelo…

… —El cañón de Agamenón —dijo Leto—. Ves las terrazas? —Señaló a un lado—. Fueron construidas por los primitivos habitantes de Caladan, cuyos descendientes aún viven ahí. Los forasteros casi nunca los ven. —Es muy bonito —dijo Jessica. —Mi padre y yo veníamos a pescar aquí.

Estuvieron sentados un rato en la orilla, conversando, mientras las sombras del atardecer se posaban sobre la garganta y la temperatura descendía. Se acurrucaron juntos, y Jessica apoyó su cabello rojizo contra su cuello y Jessica le dio un largo beso. En contra de su explícito adiestramiento en la Hermandad, de todos los sermones que Mohiam le había dado, Jessica había quebrantado una de las principales normas de la Hermandad: se había enamorado de este hombre.

—Veo a Víctor, a Rhombur… las llamas. —Apoyó la cabeza contra sus manos—. Pensé que podría escapar de los fantasmas si venía aquí. —La miró, con expresión desolada—. No debí permitir que me acompañaras. El viento empezó a soplar con fuerza en el angosto cañón, azotó la tienda, y gruesas nubes aparecieron en el cielo. —Será mejor que entremos antes de que llegue la tormenta. Cuando Leto se acostó en el doble saco de dormir, todavía preocupado, Jessica se acercó y empezó a besarle el cuello. La tormenta se desató con toda su violencia, como si exigiera su atención. La tienda batía y matraqueaba, pero Jessica se sentía a salvo y caliente.

Cuando hicieron el amor, Leto se aferró a ella como un náufrago a una balsa, con la esperanza de encontrar una isla de seguridad en el huracán. Jessica respondió a su desesperación, temerosa de su intensidad, casi incapaz de estar a la altura de aquel estallido de amor. Leto era como una tormenta también, incontrolado y elemental. La Hermandad nunca le había enseñado a dominar algo como esto. Jessica, desgarrada emocionalmente, pero decidida, dio por fin a Leto el regalo más preciado que podía ofrecerle. Manipuló la química de su cuerpo a la manera Bene Gesserit, imaginó la fusión del esperma de Leto y su óvulo… y se permitió concebir un hijo.

Aunque había recibido explícitas instrucciones de la Hermandad de concebir sólo una hija, Jessica había retrasado el momento y reflexionado durante meses su trascendental decisión. Comprendió que ya no podía seguir siendo testigo de la angustia de Leto. Tenía que hacer esto por él. El duque Leto Atreides tendría otro hijo.

“La Casa Harkonnen” de Brian Herbert y Kevin J. Anderson

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