Dune: Abulurd, el ballenero

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-Albina! -gritó el vigía, un muchacho de ojos penetrantes, cuyo cabello negro colgaba en una gruesa trenza sobre su parka-. Ballena blanca veinte grados a babor!.

Una intensa actividad se apoderó de la embarcación. Los neuroarponeros aferraron sus armas, mientras el capitán aumentaba la velocidad. Los hombres treparon por las
escalerillas, se hicieron visera con las manos y clavaron la vista en las aguas sembradas de icebergs que parecían muelas blancas. Había pasado un día entero desde la última cacería, de modo que las cubiertas estaban limpias, los recipientes de procesamiento abiertos y preparados, los hombres ansiosos.

Abulurd esperó su turno de mirar por unos prismáticos. Vio destellos entre las cabrillas que podían pertenecer a una ballena albina, pero en realidad eran pedazos de hielo flotantes. Por fin, divisó al animal cuando emergió, un arco cremoso de pelaje blanco. Era joven. A las albinas, un raro fenómeno, se las desterraba del rebaño. Pocas veces alcanzaban la edad adulta.

Los hombres se prepararon cuando el barco salió en persecución de su presa. Las ruedas de oración budislamicas continuaban girando y chasqueando en la brisa.

-Si la capturamos ilesa -gritó el capitán desde el puente-, ganaremos lo suficiente para volver a casa.

A Abulurd le gustaba ver la alegría y el júbilo en sus caras. Se sintió emocionado, su corazón palpitaba para continuar bombeando sangre en aquel frío intenso. Nunca aceptaba una parte de los beneficios, pues no le interesaba un dinero superfluo, y permitía que los hombres se los dividieran entre ellos.

La bestia albina, al notar que la perseguían, aceleró en dirección a un archipiélago de icebergs. El capitán aumentó la velocidad de los motores. Si la ballena se sumergía, la perderían. Uno de los rifles de largo alcance disparó y plantó un pulsador en el lomo del animal. En reacción, la albina se sumergió. El tripulante que manipulaba los controles envió una descarga eléctrica mediante el pulsador, lo cual provocó que la ballena emergiera de nuevo.

El barco giró y por estribor rozó un iceberg, pero el casco reforzado aguantó mientras el capitán realizaba la maniobra. Dos arponeros, que procedían con calma y precisión, ocuparon sendas barcas de persecución, esbeltas embarcaciones de proa estrecha y quillas cortahielos. Las barcas rebotaron sobre las aguas encrespadas, golpearon trozos de hielo, pero se acercaron a su objetivo. Los arponeros se cruzaron ante la ballena albina, abrieron el dosel y se pusieron de pie en sus compartimientos. Con perfecto equilibrio, clavaron estacas aturdidoras en la ballena.

La ballena dio media vuelta y se dirigió hacia el ballenero. Cuatro arponeros más se inclinaron sobre la cubierta. Como legionarios romanos expertos en el tiro de jabalina, lanzaron estacas aturdidoras que dejaron inconsciente a la ballena. Las dos barcas de persecución se acercaron al animal, y los arponeros dieron el golpe de gracia.

Abulurd había presenciado escenas semejantes muchas veces, pero sentía aversión por el proceso de despiece, de modo que se encaminó a la cubierta de estribor y miró hacia las cadenas montañosas de icebergs que se alzaban al norte. Sus formas escabrosas le recordaron las rocas escarpadas que formaban las paredes del fiordo donde vivía con su esposa Emmi. El ballenero había llegado al extremo norte de las aguas de caza nativas, alli donde los balleneros de la CHOAM nunca se atrevian a aventurarse…

“Dune: La Casa Atreides“, de B.Herbert y K.J.Anderson.

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