Dune: Los celos del Dios Emperador

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— El Duncan me ha desobedecido.

Leto miraba en dirección al Sareer, donde el aire parecía vivir con los movimientos debidos al calor. Moneo se encontraba sumergido en los acres olores de su propio miedo, sabiendo que el viento transportaba el mensaje de dichos olores hasta los potentes sentidos de Leto.

— No respondes.

Leto entró el peso de su atención en Moneo. Este no pudo hacer mas que alzarse de hombros. Estará cerca el Gusano?, se preguntó. Moneo había observado que el regreso a la Ciudadela desde Onn provocaba a veces la aparición del Gusano. Aún no se había revelado ningún síntoma de este terrible cambio, pero Moneo lo intuía. Podría el gusano emerger sin previo aviso?.

— Acelera los preparativos de la boda —dijo Leto—. Que sea lo antes posible.

— Antes de que sometáis a prueba a Siona?.

Leto guardó silencio un instante, luego dijo:

— No. Qué vas a hacer con el Duncan?.

— Qué queréis que haga, Señor?.

— Le dije que no viera a Hwi Noree, que la evitara. Le especifiqué que se trataba de una orden.

— Ella siente mucha simpatía por él. Señor. Nada más.

— Por que tendría que sentir simpatía?.

— Es una ghola. No tiene contacto con nuestro tiempo. Carece de raíces.

— Tiene unas raíces tan profundas como las mías!.

— Pero él lo ignora, Señor.

— Estas discutiendo acaso conmigo, Moneo?.

Moneo retrocedió medio paso.

— No es esa mi intención, Señor, pero siempre trato de deciros lo que en verdad creo que esta
ocurriendo.

— Yo te diré lo que está ocurriendo. La está cortejando.

— Pero fue ella quien inició los encuentros.

— Entonces estabas enterado!.

— No sabia que vos lo hubiérais prohibido. Señor.

— Tiene mano con las mujeres, Moneo, las conoce muy bien. Llega a ver dentro de su alma y les hace hacer lo que él quiere. Siempre ha sido igual con todos los Duncans.

— No sabía que habíais prohibido absolutamente que se vieran, Señor!.

— Este es más peligroso que todos los demas.

— Señor, los tleilaxu no disponen todavía de un sucesor a punto de entregar.

— A éste lo necesitamos?.

— Vos mismo lo dijisteis, Señor.

— Cuánto tardará en estar listo el de repuesto?.

— Por lo menos un año, Señor. Queréis que averigue la fecha precisa?.

— Sí. Hazlo hoy mismo.

— Quizas él se entere. El anterior lo supo.

— No quiero que esta vez éste lo sepa, Moneo!.

— Lo sé, Señor.

— Y no me atrevo de hablar de esto a Noree —añadió Leto—. El Duncan no es para ella. Pero no puedo herirla!.

Moneo guardaba un amedrentado silencio.

— Te das cuenta? —preguntó Leto—. Moneo, ayúdame.

— Veo que es diferente con Noree —replicó Moneo— Me refiero a vuestra actitud hacia ella, Señor. Es diferente de todo lo que he visto en vos.

Moneo advirtió entonces los primeros síntomas: las contracciones nerviosas de las manos del Dios Emperador, los ojos que comenzaban a vidriarsele. Dioses, el Gusano se acerca!. Debo apelar a lo que hay en él de humano.

— Señor —dijo Moneo—, he leído las crónicas y oído vuestro propio relato de vuestro matrimonio con vuestra hermana, Ghanima.

— Si estuviera conmigo aquí ahora! —murmuró Leto.

— Ella nunca concibió de vos.

— A qué te refieres? —preguntó Leto. Las contracciones de sus manos se habían convertido en una vibración espasmódica.

— Ella… quiero decir, Señor, que Ghanima sólo tuvo hijos de Harq al-Ada.

— Pues claro!. Todos los Atreides de tu rama descendéis de ellos dos!.

— Hay algo acaso que tal vez no me hayáis dicho, Señor?. Seria posible que esta vez… es decir que con Hwi Noree… pudierais… procrear?.

Las manos de Leto temblaban con tal violencia que Moneo se extrañó de que su dueño no lo percibiera. El velo que vidriaba sus ojos se intensificó. Moneo retrocedió otro paso hacia la puerta que conducía a las escaleras para huir de este fatídico lugar.

— No me preguntes sobre posibilidades —dijo Leto, y su voz sonó horriblemente lejana.

— Nunca jamás, Señor —dijo Moneo. Saludó con una inclinación, retrocediendo hacia la puerta, de la que sólo le separaba un paso—. Hablaré con Noree y con el Duncan.

“Dios Emperador de Dune”, de Frank Herbert

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