Aforado y sin Amaral se vive mejor

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Manda huevos que te ganes la vida de diputado y una noche llame a la puerta del Congreso una pareja de la Guardia Civil al grito de ‘todos al suelo que traigo un oficio’, cuando todo el mundo sabe que a un aforado, por muy implicado que esté en un caso de corrupción, no se le pueden pedir los papeles como si fuera un ‘atracapanaderías’ cualquiera. Para eso es aforado. Para eso están los cauces legalmente establecidos que suelen confluir en un meandro de indultos, sobreseimientos y olvido. Para eso está la democracia que, como dice Rajoy, es el imperio de la ley. Una ley en B. Una democracia en B. Empiezas por dejarle a la gente escuchar Amaral y cualquier día de estos ponen los cubatas del Congreso a precio de ‘no aforado’.

(No sé cómo duermes por las noches, estúpido farsante, si mientes más que hablas, allí por donde pasan los de tu calaña ya no crece nada…)

Se fuga Esperanza Aguirre pero en los telediarios no muestran su ficha policial, despeinada y ojerosa, con un número en un cartel bajo la barbilla, como Jim Morrison después de mostrarlo todo todo (bueno, eso nunca quedó claro), y lo único que hemos ganado es una ultratertuliana abanicada por Marilós y Marhuendas, que es lo que se lleva ahora, lo de llamar gorda a la gente, y etarra y que el circo siga su curso. Consideremos, en todo caso, la fuga de Esperanza como la primera huida aforada de la historia reciente de España porque la de Roldán fue una huida clásica, a lo John le Carré, con sus espías y países con bruma y capitales que empiezan por uve. Lo de Esperanza es más de Cánovas y Sagasta, todo bien atado y usted no sabe con quién está hablando.

(…golpes, amenazas y promesas vanas, rey de los ladrones, príncipe de espadas, has tenido suerte hasta ahora, has tenido mucha suerte hasta ahora…)

Otro aforado. Billy el Niño. El torturador sobre el que ha escrito esta semana el New York Times y que hoy visita la Audiencia Nacional, protegido por el consenso y la ley, aforado por el fiscal y la concordia. No lo quieren extraditar porque según las leyes lo que el martes es un crimen atroz, el lunes anterior es una herida que no hay que reabrir.

(…tú que representas el pasado, haces del presente una ratonera, no tendrás futuro ni descanso, ésa es tu condena…)

Gallardón está cenando y algo le ronda en la cabeza. Es esa sensación de que te has olvidado un asunto importante, las llaves del Ministerio, el fuego encendido, los donuts… ¡Dios! ¡La reina y los príncipes de Asturias no están aforados! ¡Cómo pudo habérsenos pasado! Un tres en uno y ya está:

aforados ante el Tribunal Supremo, tu tribunal amigo.

 (…ojalá sintieras el miedo que generas, ojalá que lo sintieras…)

Hay un libro pequeñito en una estantería de la librería. ‘Discurso sobre el hijo-de-puta’. Escribe Alberto Pimenta: “El hijo-de-puta vive preocupado, roído por la envidia; el deseo del hijo-de-puta es que nadie llegue a estar nunca en medio de lo nuevo, de lo bello, de lo agradable, porque eso da satisfacción a quien allí está; que nadie hiciese nunca nada nuevo, bello, agradable, pues eso viene a alterar el orden de las cosas, y el hijo-de-puta solo se siente a gusto cuando las cosas están en orden y él al frente de ellas”.

(…tiembla, tiembla, que tu final se acerca, tiembla, tiembla, el péndulo cortó la cuerda y se rompió la rueca…)

Las 22:51 en el Congreso. El aforado bromea en la tribuna con lo tarde que se les está haciendo a sus señorías, algunos de los aforados sonríen desde sus escaños, es el típico momento de complicidad entre aforados. Votan. A la mañana siguiente comunican que uno de esos aforados va a ser trasladado a la casa de descanso de los aforados europeos en Bruselas. De nuevo bromas entre aforados. Hay rumores y nervios porque uno de ellos pasará a ser miembro del Consejo de Ministros de los aforados. El sueño de todo aforado.

Mientras tanto, la vida sigue ahí afuera en el Mundo de los No Aforados.

(…puedes intentar que te perdone Dios, no lo haré yo, puedes intentar que te perdone Dios, no lo haré yo, no lo haré yo)

(Fin de la canción)

-Aforado y sin Amaral se vive mejor, por Iker Armentia

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