Dune: La Estacion Planetaria Cuatro

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La Estación Planetaria Cuatro empezó a llamar cuando estaban exactamente a tres horas de distancia.

– Identifiquense!

Odrade oyó un “o de lo contrario” en aquella orden.

La respuesta del piloto sorprendió evidentemente a los observadores.

– Y venís en una pequeña nave contrabandista?

Así que la reconocen. Teg tiene razón una vez más.

– Voy a quemar el equipo sensor en el impulsor -anunció el piloto-. Eso aumentará nuestro impulso. Aseguraos de que estáis bien sujetas.

La Estación Cuatro se dio cuenta de aquello.

– Por qué estáis aumentando vuestra velocidad?

Odrade se inclinó hacia adelante.

– Repite la contraseña y di que nuestro grupo está cansado por haber permanecido demasiado tiempo en unos aposentos reducidos. Añade que voy equipada como precaución con un transmisor de signos vitales para alertar a mi gente en caso de que muera.

El piloto transmitió las palabras. De vuelta les llegó la orden:

– Reducid la velocidad y centraos en esas coordenadas para el aterrizaje. Tomaremos el control de vuestra nave en ese punto.

El piloto tocó un campo amarillo en su tablero.

– Exactamente de la forma en que el Bashar dijo que lo harían. -Había un placer malicioso en su voz. Alzó la capucha de su cabeza y se volvió.

Odrade se sintió impresionada. Un cyborg!. El rostro era una máscara de metal con dos brillantes esferas plateadas por ojos. 

– No os lo dijeron? -preguntó-. No malgastéis vuestra lástima. Estaba muerto, y esto me devolvió la vida. Soy Clairby, Madre Superiora. Y cuando muera esta vez, eso me hará ganar una nueva vida como ghola.

Ese fue el plan de Teg. Pero… Clairby?

El transbordador aterrizó con una suavidad que hablaba de un soberbio control por parte de la Estación Cuatro. El no-campo fue desconectado, y sintió la gravedad. La compuerta directamente frente a ella se abrió. La temperatura era agradablemente cálida. Había ruido ahí afuera. Niños jugando a algún juego competitivo?.

El aroma de la Cofradía: algo compuesto por tecnología ixiana y diseño de los Navegantes… edificios construidos en torno al espacio con la máxima conservación de la energía en mente: caminos directos, pocas cintas deslizantes. Eran costosas y solamente la gravedad las necesitaba. Y ese permanente grisor en todas las construcciones… no un color plateado sino ese apagado gris de la piel de los tleilaxu.

La estructura a su izquierda era una enorme forma abultada llena de protuberancias, algunas redondeadas, otras angulares. Aquello no había sido nunca un hotel de lujo.

Había algunos pequeños rincones opulentos, por supuesto, pero eran raros, y construidos para VIPs, en su mayor parte inspectores de la Cofradía.

– Caminaremos -dijo, y abrió la marcha por el sendero pavimentado hacia la gigantesca estructura.

Adiós, Clairby. Haz estallar tu nave tan pronto como puedas. Haz que sea nuestra primera gran sorpresa para las Honoradas Matres.

El vestíbulo era más pequeño de lo que había esperado. Algunos cambios interiores. Tan sólo unos seis metros de largo, y quizá cuatro metros de ancho. La cabina de recepcion estaba a la derecha según se entraba. Odrade hizo un gesto a Suipol para que registrara al grupo e indicó que las demás aguardarían allí en el centro, a una cierta distancia las unas de las otras. La traición aún no había sido descartada.

Odrade efectuó una cuidadosa inspección y comentó lo que les rodeaba. Estaba lleno de com-ojos, pero el resto…

Cada vez que entraba en uno de esos lugares, tenía la sensación de hallarse en un museo. Sus otras Memorias le decían que los hoteles de ese tipo no habían cambiado de una forma significativa en eones. Incluso en los tiempos antiguos hallaba prototipos. Un atisbo del pasado en los candelabros… pero provistos de globos.

Tras las ventanillas enrejadas, con su mezcla de asientos y una mal distribuida iluminación, había señales dirigiendo a los distintos servicios: restaurantes, narcosalones, bares, piscinas y otras salas de ejercicios, habitaciones de automasaje, y cosas así. Tan sólo el lenguaje y la escritura habían cambiado de los antiguos tiempos. Una vez comprendido el lenguaje, los signos serían fácilmente reconocibles por los primitivos preespaciales. Aquel era un lugar de parada temporal.

Había una frenética danza de robosirvientes… yendo de aquí para allá, limpiando, recogiendo basura, conduciendo a los recién llegados.

Tamalane avanzó hasta situarse al lado de Odrade.

– No crees que como mínimo deberían enviarnos algún mensaje?

– Ya nos han enviado un mensaje, Tam, llevándonos a un hotel de segunda clase. Y yo les he respondido como correspondía… Hubo un tiempo en que los vestíbulos eran grandes -dijo Odrade-. Para proporcionar una prestigiosa sensación de espacio a los poderosos, e impresionar a los demás con tu importancia, por supuesto.

Tamalane captó el espíritu del juego de Odrade, y dijo:

– En esos días eras importante por el simple hecho de viajar.

Odrade contempló los inmovilizados robs esparcidos por el suelo. Algunos zumbaban y se estremecían. Otros aguardaban inmóviles a que alguien o algo restableciera el orden. El autorecepcionista, un tubo fálico de plaz negro con un sólo com-ojo brillante, surgió de detrás de su jaula y se abrió camino por entre los robs para enfrentarse a Odrade.

Esta es una fealdad que traiciona intencionalidad. Nos dice: “Os proporcionaremos algo para el estómago, una cama, un lugar donde evacuar vejiga e intestinos, un lugar donde realizar los pequeños rituales de mantenimiento que requiere la carne, pero os ireis rapidamente porque todo lo que realmente deseamos es la energía que dejáis detrás”.

“Casa Capitular de Dune”, de Frank Herbert

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