“El francotirador paciente”, de Perez-Reverte

image

—Increíble —dijo Giovanna.

Yo estaba de acuerdo. En que lo era. Ni siquiera los museos de la ciudad conseguirían jamás aquella afluencia de público. El patio de la casa de Julieta, en el centro de Verona, estaba lleno de gente que se agolpaba por el túnel de entrada hasta la calle, formando una cola que varios policías pretendían mantener en orden. El frío no desalentaba a nadie: bajo la mansa aguanieve destilada por un fosco cielo gris había numerosos turistas con paraguas, anoraks, gorros de lana y niños de la mano; pero también veroneses que acudían a ver lo que los periódicos y la televisión italianos, con cierta impudicia chauvinista, llevaban tres días calificando como una de las más originales intervenciones de arte urbano ilegal realizadas en Europa.

—¿Cómo pudo hacerlo? —pregunté—. ¿No tienen vigilancia nocturna?

—Hay un vigilante dentro del edificio, pero no vio nada. Y el portón de la calle estaba cerrado.

Toda Verona discutía sobre eso. Ni los carabinieri encargados de la investigación estaban seguros del modo en que Sniper había conseguido introducirse en el patio de la casa-museo dedicada a la leyenda shakespeariana: el lugar en cuyo balcón se habrían citado la joven Capuleto y su amante Romeo Montesco.

—¿Entró descolgándose por el tejado?

—Puede ser… O quizá estuvo escondido en la casa hasta que los visitantes se marcharon.

Miré en torno. Hacía tiempo que el patio y el túnel se habían convertido en una especie de pequeño parque temático dedicado al amor: las rejas llenas de candados con iniciales, inscripciones románticas en cada pared y un espontáneo mosaico multicolor compuesto por millares de gomas de mascar con frases tiernas escritas encima, aplanadas y adheridas en los muros. También la tienda de recuerdos, como las próximas de la inmediata via Cappello, desplegaba una abigarrada pesadilla de llaveros, dedales, ceniceros, tazas, platos, Julietas y Romeos en miniatura, cojines, postales y todo cuanto es posible imaginar en materia de mal gusto, donde el asunto dominante eran millares de corazones que lo saturaban todo hasta el empalago. Con el tiempo, esa explosión de cursilería sin límite había acabado por desplazar el interés del motivo original del balcón y la estatua de bronce de Julieta que estaba al fondo del patio: la mayor parte de los turistas ya no se hacía fotos allí, sino ante la decoración desaforada y multicolor, los cientos de candados sujetos a las rejas, los millares de inscripciones manuscritas y el mosaico de chicles que cubría el túnel y el patio. Arte urbano en mutación perversa, por decirlo de algún modo. Interacción con el público y todo eso. Aunque haya otras maneras menos piadosas de calificarlo.

—En cualquier caso —comentó Giovanna—, Sniper es un genio.

Miré el objeto de su comentario: la causa de que en los últimos dos días se hubiera multiplicado el número de gente que visitaba el balcón de Julieta, en el frío mes de febrero de una pequeña ciudad del norte de Italia. Al fondo del patio, ante las rejas llenas de candados con promesas de amor y la tienda de recuerdos constelada de corazones, la estatua de bronce en tamaño natural de la doncella de Verona, habitualmente gastada su pátina por el roce de miles de manos de turistas que la acariciaban al fotografiarse con ella, mostraba un aspecto inusual: tenía el cuerpo empapelado con billetes de cinco euros pegados con cola y barnizados con aerosol, y el rostro cubierto por una máscara de luchador mejicano que representaba una de las calaveras o calacas que Sniper solía utilizar en sus trabajos. Para que no quedase duda de la autoría, el pedestal de la estatua estaba decorado con la firma y el círculo cruzado de francotirador.

—No saben qué hacer con esto —reía Giovanna.

Era cierto. Y evidente. El departamento municipal de Cultura estaba desbordado por los hechos. Al difundirse la noticia e intervenir los medios informativos, turistas y vecinos habían acudido en masa a ver la intervención de Sniper. El primer impulso de retirar la costra de billetes y la máscara del rostro de Julieta había topado con la explosión mediática del suceso; y ahora eran millares de personas las que deseaban ver la actuación en Italia del artista ilegal al que se sabía oculto por razones confusas sobre las que prensa, radio y televisión llevaban días especulando. Hasta se había dispuesto una estructura de aluminio y plástico a modo de toldo sobre la estatua, para protegerla de la intemperie. Críticos de arte y catedráticos de universidad comparecían ante las cámaras para comentar la original acción del artista urbano español —el sector crítico, aunque en minoría, lo llamaba vándalo a secas—, cuya presencia en Italia había pasado inadvertida hasta entonces. De manera que, mientras tomaban una decisión, resueltas a explotar la repercusión de aquella novedad en el paisaje turístico-cultural de la ciudad, las autoridades habían hecho de la necesidad virtud. En palabras de un editorial publicado aquella misma mañana en el diario L’ Arena, en pleno mes de febrero, con tiempo frío, crisis económica y temporada turística baja, entre Sniper y Julieta —el pobre Romeo había quedado fuera del asunto— a Verona la había ido Dios a ver.

Arturo Perez-Reverte, “El francotirador paciente”

El 10 de enero de 2014, 9:35, Daniel Parrilla escribió:
▶ Mostrar texto citado

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s