“El factor humano”, de John Carlin

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Para marcar el día, para hacerlo histórico, los Springboks tenían que vencer los pronósticos y ganar. Para ello, tenían que detener a Jonah Lomu. Le vieron por primera vez cara a cara cuando salieron del vestuario hacia el túnel, en preparación para la salida paralela de los dos equipos al campo. Los All Blacks tenían un equipo temible, lleno de nombres famosos. Pero todas las miradas estaban puestas en Lomu, como lo habían estado la mayoría de los pensamientos de los Springboks desde que, una semana antes, habían visto al inmenso corredor dejar el orgullo de Inglaterra reducido a un montón de golfillos desconcertados.

«Era enorme —decía Stransky—. Era imposible no admirarlo. En el túnel, no podía apartar mis ojos. Parecía una montaña. ¡Una montaña que teníamos que escalar!» Para ser más específicos, una montaña que tenía que escalar James Small. «Recuerdo que vi a Jonah y pensé: “¡Joder!”», explicaba Small, con su típica concisión. Todo el equipo era consciente de la carga sobre los hombros del «inglés», el designado para marcar a Lomu, y todos habían notado que estaba más callado que de costumbre en el autobús hacia el estadio. «Era prácticamente lo único en lo que pensaba. Sabía que, si él conseguía sacar dos o tres yardas de diferencia, no había nada que hacer. Pero los demás jugadores estaban conmigo y me dejaron claro que iban a apoyarme en cuanto Jonah se hiciera con el balón.»

Chester Williams, cuyas diferencias anteriores con Small quedaron sumergidas en la solidaridad del momento, fue el primero en acercarse a tranquilizarlo: «Lo único que tienes que hacer es contenerlo, y nosotros acudiremos. No te preocupes. Yo estaré cubriéndote las espaldas.»

Durante la semana anterior, la prensa sudafricana había visto la aparición de un nuevo tipo de experto en rugby, el Lomúlogo. Todos tenían sus teorías sobre cómo pararle. Una de ellas era la estrategia directa propuesta por Chester Williams. Si Small lograba retenerlo durante un segundo, hacerle perder el paso, el resto del equipo se abalanzaría sobre él. Otras teorías decían que Lomu no tenía tanta fuerza mental como física. Quizá tenía algo de Sonny Liston, el temible campeón de los pesos pesados al que Mohamed Alí derrotó no castigándole el cuerpo, sino jugando con su mente, sacudiendo su frágil
autoestima.

Dos días antes del partido, los periódicos sudafricanos habían citado con profusión las palabras de un ex capitán de rugby australiano que decía que la clave para neutralizar a Lomu era «intentar quebrar su confianza desde el principio del partido». La idea era que Lomu era imparable si estaba convencido de que era imparable. Si perdía esa convicción, se derrumbaría. Desde el primer instante, el objetivo de los Springboks tenía que ser «confundir al grandullón», «proporcionarle uno o dos reveses mentales». Hay pruebas de que Mandela también intentó proporcionarle alguno. Según contó más tarde Linga Moonsamy, antes de ir al vestuario Springbok, Mandela visitó el de los All Blacks.

«Jonah Lomu, de cerca, era gigantesco —recordaba Moonsamy—. Pero se podía ver inmediatamente que era tímido. Estaba como atemorizado por Mandela. Los chicos de Nueva Zelanda estaban todos sin camiseta y, cuando Mandela se acercó a Lomu, le oí decir: “¡Uff!”» Dio la mano a todos los jugadores y les deseó suerte. Mandela no había sido tan poco sincero en toda su vida, y los All Blacks lo sabían.

«Hubo un detalle que los neozelandeses no tuvieron más remedio que advertir —decía Moonsamy entre risas—. ¡Llevaba la camiseta de los Springboks! Luego me pregunté si, en realidad, el hecho de haber entrado a verlos era una forma de transmitirles un mensaje deliberadamente ambiguo.»

Quince minutos después, Mandela estaba en el campo, recorriendo la fila de jugadores de Nueva Zelanda, dándole la mano a cada uno. Cuando llegó a Lomu, saludó al hombre al que acababa de conocer como si fuera un amigo al que no veía desde hacía tiempo. «¡Ah, hola, Jonah! ¿Cómo estás?», sonrió. Según un periodista de televisión que estaba cerca: «¡Lomu tenía pinta de ir a cagarse encima!»

La final de la Copa del Mundo de rugby de 1995 produjo más teatro que arte. Fue un partido agotador. Fue puro desgaste. Fue una guerra de trincheras, no demasiado grato como espectáculo. Pero, como muestra de dramatismo, fue inigualable. Toda Sudáfrica estaba pendiente; todas las razas, religiones, tribus estaban pegadas a sus televisores. Desde Kobie Coetsee, que encontró un bar abarrotado cerca de su casa de Ciudad del Cabo en el que ver el partido, pasando por Constand Viljoen, que lo vio con unos amigos, también en Ciudad del Cabo, Tutu, que lo vio con desconocidos en California, Niël Barnard que lo vio en su casa de Pretoria con su mujer y sus tres hijos, y Justice Bekebeke con sus viejos amigos y camaradas en Paballelo, hasta el juez Basson, el hombre que les había condenado a muerte, que lo vio en su casa de Kimberley. Todos pertenecían, por fin, al mismo equipo. Como Eddie von Maltitz, que lo vio con sus viejos kommandos bóer en la granja, en el Estado Libre de Orange. Estaba ya tan comprometido con la causa de los Springboks y Nelson Mandela como lo había estado con la del AWB de Eugene Terreblanche.

«Unos días antes de la final, Kitch Christie [el entrenador] me había dicho: “No te olvides de los drops” —recordaba Joel Stransky—. Y estuve practicando marcar drops durante los dos días anteriores al gran encuentro. Menos mal que lo hice.»Sólo recuerdo tres de los cinco chuts entre palos que metí aquel día. La última es una de ellas. Faltaban siete minutos y el marcador seguía 12-12. Tuvimos una melé a 25 yardas de su línea. François ordenó una jugada de la fila posterior, que habíamos practicado una y otra vez.» Eso quería decir que los delanteros intentaban atravesar corriendo las densas filas de los All Blacks para hacer un ensayo. «Pero Joel anuló mi orden —recordaba Pienaar—. Dijo que quería el balón de inmediato.» Así que eso es lo que hicieron. Según recordaba Wiese, «Joel nos pidió que la melé girase en una dirección concreta para que pudiera marcar su drop. Estábamos muy cansados, pero lo intentamos y salió».

El balón emergió de la masa humana de la melé y Joost van der Westhuizen, el medio melé, el nexo entre los delanteros y los tres cuartos, lanzó el balón a Stransky. Éste dispuso de 30 segundos desde que dio su orden hasta que recibió el balón para ser completamente consciente de que aquél era el momento más importante de su vida y de las vidas de muchas otras personas. La presión mental, la enorme responsabilidad y la dificultad física de dejar caer el balón e impactarlo limpiamente con el pie en cuanto toca el suelo, de forma que vuele alto y directo, sabiendo a la perfección que dos o tres gigantes se dirigen hacia ti con ganas de asesinarte… Stransky se había ofrecido a cumplir uno de los deberes más peligrosos en cualquier deporte.

«Recibí el balón limpiamente, y ejecuté un chut perfecto —decía Stransky, reviviendo el momento más feliz de su vida—. Mantuvo su trayectoria. Giró como debía, sin desviarse. Y ni siquiera miré para ver si iba a atravesar los palos. Sabía, en cuanto se alejó de mi bota, que era un golpe demasiado bueno para fallar. Y me sentí absolutamente exultante.»

Arrie Rossouw, el periodista afrikaner que conoció a Mandela en Soweto al día siguiente de su liberación, estaba de acuerdo, pero lo sentía incluso con más intensidad porque, como sudafricano blanco, se había sentido un perdedor, un paria a los ojos del mundo. «Habíamos dejado de ser los malos —decía—. No sólo ganamos, sino que el mundo quería que ganáramos. ¿Se da cuenta de lo que significó aquello para nosotros? ¿Qué alegría? ¿Qué inmenso alivio?»

Morné du Plessis tuvo la sensación de que iba a ser el gran día de Sudáfrica en cuanto vio a Mandela al borde del campo con la camiseta verde, recibiendo las aclamaciones del público. «Lo digo con todo el respeto a un equipo All Black verdaderamente memorable, pero, con la inmensidad del hombre que nos apoyaba, y el poder que emanaba de él y a través de él, me pareció un poco injusto.»

Sean Fitzpatrick, el temible capitán All Black, reconoció mucho después que Du Plessis tenía razón, que se había sentido sobrecogido, en cierto modo, al oír la reacción del público ante Mandela. «Les oímos corear su nombre
—explicaba—, y pensamos: ¿Cómo vamos a derrotar a estos cabrones?»

“El factor humano”, de John Carlin

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