Dune: El joven Duncan Idaho

duncan-idaho-joven

De todos los miles de mundos legendarios del Imperio, el joven Duncan Idaho, en sus ocho años de vida, nunca había conocido otro que Giedi Prime, un planeta rebosante de petróleo, cubierto de industrias, plagado de construcciones artificiales, ángulos rectos, metal y humo. A los Harkonnen les gustaba que su hogar fuera así. Después de meses de encarcelamiento con el resto de su familia, Duncan se preguntaba si algún día saldría de la enorme ciudad prisión de Barony. Se pasó una mano por su rizado cabello negro, palpó el sudor. Y siguió corriendo. Los cazadores se estaban acercando…

Duncan se encontraba debajo de la ciudad prisión, con sus perseguidores pisandole los talones. El niño había jurado que no se dejaría atrapar por los Harkonnen, al menos hoy no. Odiaba sus juegos, se negaba a ser la mascota o la presa de nadie. Con el localizador implantado en su hombro, Duncan jamás podría escapar de la metrópoli prisión. Barony era una construcción megalítica de plastiacero y plaz blindado, de 950 pisos de altura y 45 kilómetros de largo, sin entradas a nivel del suelo. Siempre encontraba muchos sitios donde esconderse durante los juegos practicados por los Harkonnen, pero nunca libertad…

Los Harkonnen tenían muchos prisioneros, y métodos sádicos para obligarles a cooperar. Si Duncan ganaba esta cacería de entrenamiento, si eludía a los perseguidores durante el tiempo suficiente, los carceleros habían prometido que él y su familia podrían reintegrarse a sus vidas anteriores. Habían prometido lo mismo a todos los niños. Los novatos necesitaban un objetivo, un premio por el que luchar…

Atravesaba por instinto pasadizos secretos, al tiempo que procuraba ahogar sus pasos. No muy lejos, a su espalda, oyó el estampido y el siseo de un fusil aturdidor, el chillido de dolor de un niño, y después espasmos escalofriantes, cuando otro de los pequeños fue abatido… El fuego blanco de un fusil láser barrió el techo sobre su cabeza y fundió las planchas de metal. Duncan se soltó de la escalerilla y cayó. Aterrizó en el suelo de un pozo inferior, y la pesada escalerilla se derrumbó sobre él. Pero Duncan contuvo un grito de dolor. Duncan había visto a otros novatos derrotar a los perseguidores, pero esos niños después habían desaparecido…

Detrás de él, una trampilla se abrió en el techo con un siseo. Dos perseguidores con uniforme azul se dejaron caer, le apuntaron y lanzaron una carcajada de triunfo. Duncan se lanzó hacia adelante, corriendo en zigzag. Un rayo láser rebotó en las planchas de la pared. Duncan percibió el olor a ozono del metal chamuscado. Si un rayo le alcanzaba, moriría. Un par de cazadores surgieron de un pasillo lateral, a un metro escaso delante de él, pero Duncan fue más rapido. Golpeó a uno en la rodilla y le empujó a un lado, antes de pasar entre los dos a toda velocidad. Duncan corrió como nunca había corrido hacia donde el pasillo se ensanchaba, y comprobó que el pasillo transversal no era un túnel, sino un tubo elevador, un pozo cilíndrico con un campo Holtzman en el centro…

Trenes bala levitantes recorrían el tubo sin resistencia, viajando desde un extremo al otro de la enorme prisión. Los hombres aparecieron cerca de él y apuntaron con los fusiles. Sólo le quedaba un sitio adonde ir, y no estaba seguro de lo que pasaría, pero sí sabía que si los guardias lo capturaban le castigarían.

Respiró hondo y saltó al interior del pozo. Su negro pelo rizado ondeó cuando cayó. Gritó, un sonido a medio camino entre un aullido
de desesperación y un grito de liberación. Si moría aquí, al menos sería libre. Entonces, el campo Holtzman le envolvió de súbito. Duncan, con el estómago subido al pecho, se encontró a la deriva en una red invisible. Flotaba sin caer, colgado en el centro neutral del campo…

Pese a la protección del campo Holtzman, notó que la presión del aire cambiaba. Giró, hasta que vio las luces de un tren bala que se acercaba. Y el se encontraba en el centro del campo!. Duncan se revolvió con desesperación. Por fin, se liberó del campo y cayó cabeza abajo. Vio la plataforma justo a tiempo. Extendió el brazo y se aferró una barandilla. El tren bala pasó de largo con un estruendo y envió hacia el una masa de aire que no le alcanzó por centímetros…

Duncan, agotado y de regreso a su celda, estaba sentado con sus padres. Tomaban su colación diaria a base de cereales insípidos, bizcochos ricos en fécula y hojuelas de proteína, una comida dietética, pero carente de todo sabor. Duncan relató a su madre sus aventuras, con entusiasmo y orgullo, cómo había superado en astucia a sus perseguidores, cómo había vencido a los mejores rastreadores Harkonnen. Ninguno de los demás niños lo había logrado aquel día, pero Duncan estaba seguro de que se había ganado la libertad. Su padre miraba con orgullo al niño, pero a su madre le costaba creer que aquello pudiera ser verdad…

Las luces de la celda parpadearon y el campo opaco de la puerta se hizo transparente, para luego abrirse. Un grupo de guardias uniformados de azul apareció junto al sonriente capitán que le había atrapado. El padre de Duncan se puso en pie como impulsado por un resorte e hizo una reverencia desmañada. —Mi señor Rabban!. Sin hacer caso de los padres, los ojos de Rabban sólo se fijaron en el joven novato. —Tendríais que haberle visto, mi señor —dijo el capitán de los cazadores—. Nunca he tenido un pupilo más pictórico de recursos. Rabban asintió. —Número 11.368, he visto el historial de tus cacerías. Prometes mucho. Vamos a ver cómo te las arreglas contra mí. Ven conmigo para empezar la cacería, muchacho. Rápido. —Me llamo Duncan Idaho —replicó el niño con tono desafiante—. Y no soy un número...

Su madre intentó callarle. Rabban arrebató el fusil láser a un guardia. Sin titubear, disparó un rayo mortal al pecho del padre de Duncan. El hombre salió proyectado hacia la pared. A continuación, Rabban movió el arma y vaporizó la cabeza de la madre de Duncan. El niño chilló. —Ahora ya no tienes nombre, 11.368 —dijo Rabban—. Ven conmigo. Los guardias lo sacaron de la celda a rastras, mientras Duncan pataleaba y chillaba…

“La Casa Atreides” de B.Herbert y K.J.Anderson.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s