Dune: Dar en la corte de la Reina Araña (I)

dama-reina-araña-by-christelb

Una Honorada Matre vestida de verde aguardaba en una frágil silla allá donde el corredor penetraba en el vestíbulo. Tenía un rostro construido como las murallas de un castillo… piedra sobre piedra. La boca era como una esclusa a través de la cual inhalaba algún líquido vía una paja transparente. Un flujo púrpura ascendía por la paja. Había un olor a azúcar en el líquido. Los ojos eran armas atisbando por encima de las murallas. La nariz: una ladera descendente a lo largo de la cual los ojos derramaban  sus odios. La barbilla: débil. No era necesaria aquella barbilla. Una idea tardía. Algo que había quedado pendiente de una construcción anterior. Podías ver a la niña en ella. Y el pelo: oscurecido artificialmente hasta un castaño lodoso. Carente de importancia. Ojos, nariz y boca, esos eran los importantes. La mujer se puso en pie lentamente, insolentemente, enfatizando que hacía un favor simplemente en reparar en la presencia de Odrade.

– La Gran Honorada Matre condesciende en veros.

Una voz dura, casi masculina. El orgullo intentaba tapiarlo todo hasta tan arriba que dejaba al descubierto todo lo que hacía. Sólidamente empaquetado con inamovibles prejuicios. Sabía tantas cosas que era una exhibición andante de ignorancias y miedos. Odrade la vio como una perfecta demostración de la vulnerabilidad de las Honoradas Matres.

Al final de muchas revueltas y corredores, todos ellos limpios y bien iluminados, llegaron a una larga estancia… el sol derramándose a través de una hilera de ventanas, una sofisticada consola militar a un extremo; mapas espaciales y mapas de superficie proyectados allí. ¿El centro de la tela de la Reina Araña? Odrade sintió dudas. La consola era demasiado obvía. Algo de un diseño distinto a la Dispersión, pero sin ninguna duda acerca de su finalidad. Los campos que los humanos podían manipular tenían límites físicos, y una capucha para interface mental no podía ser otra cosa más que eso aunque se presentara bajo la forma de una estructura oval de un
peculiar amarillo sucio.

Barrió la habitación con su mirada. Apenas amueblada. Unas cuantas sillas y mesitas pequeñas, una amplia zona despejada donde (presumiblemente) la gente podía aguardar órdenes. No había desorden. Se suponía que aquello era un centro de acción.

¡Imprimid eso sobre la bruja!. Las ventanas de una de las largas paredes revelaban al otro lado zonas pavimentadas y jardines. ¡Todo aquello no era más que un decorado realista!.

¿Dónde está la Reina Araña? ¿Dónde duerme? ¿Cuál es el aspecto de su cubil?.

Entraron dos mujeres por una puerta en arco, procedentes de una de las zonas pavimentadas. Ambas llevaban tunicas rojas con resplandecientes arabescos y dibujos de dragones en ellas. Y unas cuantas soopiedras de adorno.

Odrade se mantuvo en silencio, ejerciendo la cautela hasta después de efectuadas las presentaciones por parte de la escolta, que pronunció tan pocas palabras como le fue posible y se marchó apresuradamente.
Sin las indicaciones de Murbella, la mujer alta de pie al lado de la Reina Araña hubiera sido la que Odrade hubiera tomado por la comandante. Y sin embargo, ésta era la más pequeña. Fascinante. Esta no trepó simplemente hasta el poder. Serpenteó por entre las grietas. Un día, sus hermanas despertaron ante el hecho consumado. Allí estaba, firmemente sentada en el trono. ¿Y quién podía poner objeciones? Diez minutos después de haber abandonado su presencia tenias dificultades en recordar el blanco de tus objeciones.

Las dos mujeres examinaron a Odrade con idéntica intensidad. Muy bien. Eso es necesario en estos momentos. La apariencia de la Reina Araña era más que una sorpresa. Hasta aquel momento, la Bene Gesserit no había conseguido ninguna descripción física de ella. Tan sólo
proyecciones temporales, construcciones imaginativas basadas en datos dispersos. Allí estaba, finalmente. Una mujer pequeña. Músculos previsiblemente nudosos apreciables bajo los leotardos rojos que se asomaban por debajo de su túnica. El rostro un óvalo sin nada en particular, con unos blandos ojos castaños con motas naranja danzando en ellos.

Temerosa y furiosa al mismo tiempo, pero sin poder situar las razones precisas de sus temores. Todo lo que tiene es un blanco… yo. ¿Qué es lo que piensa obtener de mí?.

Su ayudante era algo distinta: en apariencia, mucho más que peligrosa. Un pelo dorado muy cuidadosamente peinado, nariz ligeramente aquilina, labios finos, piel muy tensa sobre unos altos pómulos. Y esa venenosa mirada. Odrade trasladó su atención una vez más a los rasgos de la Reina Araña: una nariz que muchos tendrían problemas en describir un minuto después de abandonar su presencia. ¿Recta? Bien, en cierto modo. Unas cejas que hacían juego con su pelo color paja. La boca se hacía rosadamente visible al abrirse y casi desaparecía al ser cerrada. Era un rostro en el que tenias dificultades para encontrar un foco central, y que hacia que a resultas de ello todo el resto resultara difuminado.

– Así que tú presides la Bene Gesserit.

Una voz ajustada en clave baja. Un galach con extrañas inflexiones, carente de jerga, aunque sentías su presencia justo detrás de la lengua. Había trucos lingüísticos allí. Los conocimientos de Murbella enfatizaban aquel hecho.

– Poseen algo parecido a la Voz. No el equivalente de lo que vosotras me habéis dado, pero hacen otras cosas, una especie de trucos con las palabras. Trucos con las palabras.
– ¿Como debo dirigirme a ti? -preguntó Odrade.
– He oído que me llamáis la Reina Araña. -Las motas naranja danzaron malignamente
en sus ojos.
– Aquí en el centro de tu tela y considerando tus enormes poderes, me temo que debo admitirlo.
– De modo que esto es lo que captas… mis poderes.
– ¡Vanidosa!.

Lo primero que había notado Odrade era el penetrante olor de la mujer. Se había bañado con algún escandaloso perfume. ¿Para enmascarar sus feromonas? ¿Habia sido advertida de la habilidad de las Bene Gesserit de juzgar sobre las bases de unos minúsculos datos sensoriales? Quizá. Aunque era probable que simplemente le gustara aquel perfume. La odiosa cocción tenía un asomo subyacente de exóticas flores. ¿Algo procedente de su lejano hogar?.

La Reina Araña apoyó una mano en su olvidable barbilla.
– Puedes llamarme Dama.
Su compañera objetó:
– ¡Es la última enemiga en el Millón de Planetas!.

De modo que así es cómo denominan al Antiguo Imperio. Dama alzó una mano reclamando silencio. Qué casual, y qué revelador. Odrade vio un lustre reminiscente de Bellonda en los ojos de la ayudante. Una maligna atención, buscando el momento propicio para atacar.

– A la mayoría se les requiere que se dirijan a mí como Gran Honorada Matre -dijo Dama-. Te he conferido un honor. -Hizo un gesto hacia la puerta en arco tras ella-. Vamos a pasear fuera, mientras hablamos las dos a solas.

No era una invitación; era una orden. Odrade se detuvo al lado de la puerta para echar una ojeada a un mapa exhibido allí. En blanco y negro, finas líneas de senderos e irregulares indicaciones con rótulos en galach. Eran los jardines más allá de la parte pavimentada, la identificación de plantaciones. Odrade se acercó a él para estudiarlo mientras Dama aguardaba con una divertida tolerancia. Sí, árboles y arbustos esotéricos, muy pocos de ellos con frutos comestibles. Eran el orgullo de la posesión, y aquel mapa estaba allí para demostrarlo. ¡Una belleza inútil, y toda ella es mía!.

En el patio, Odrade dijo:
– He notado tu perfume.

Dama se vio empujada a sus recuerdos, y su voz evidenció sutiles armónicos cuando respondió. La domina una identidad floral. ¡Imagina eso! Pero se siente a la vez triste y enfurecida cuando piensa en ello. Y se pregunta por que yo lo he sacado a la luz.

– De otro modo, los arbustos no me hubieran aceptado -dijo Dama.

Interesante elección del tiempo verbal. El acento que imprimía al galach no era difícil de comprender. Obviamente se ajustaba de forma inconsciente a su interlocutora. Tiene buen oído. Deja pasar unos breves segundos, observando, escuchando y haciendo ajustes para hacerse comprender. Una forma de arte muy antigua, que la mayor parte de los humanos adoptan rápidamente. Odrade vio los orígenes como una coloración protectora.
No desea ser tomada por una alienígena. Una característica de ajuste embutida en los genes. Las Honoradas Matres no la habían perdido, pero era una vulnerabilidad. Las tonalidades inconscientes no quedaban completamente enmascaradas, y revelaban mucho. Pese a su evidente vanidad, Dama era inteligente y autodisciplinada. Era un placer llegar a esa opinión. Algunos circunloquios no eran necesarios.

Odrade se detuvo donde se detuvo Dama al extremo del patio. Permanecían casi hombro contra hombro, y Odrade, mirando hacia el jardín, se sintió sorprendida por su apariencia casi Bene Gesserit.

– Haz tu oferta -dijo Dama.
– ¿Qué valor poseo como rehén? ~preguntó Odrade. ¡Una mirada naranja!- Obviamente, tú has sido quien ha formulado la pregunta -dijo Odrade.
– Prosigue. -El naranja disminuyó.
– La Hermandad dispone de tres reemplazos para mí.
– Odrade exhibió su más penetrante mirada-. Es posible que nos debilitemos
mutuamente de una forma tal que nos destruya a las dos.
– ¡Podemos aplastaros como aplastaríamos a un insecto!
¡Cuidado con el naranja!. Odrade no se dejó desviar por las advertencias de su interior.
– Pero la mano que nos aplastara lo celebraría, y finalmente las náuseas te
consumirían. Esto no puede plantearse claramente sin detalles específicos.
– ¡Imposible! -Un fulgor naranja.
– ¿Crees que no somos conscientes de cómo fuisteis arrojadas de vuelta aquí por vuestros enemigos?.

Mí más peligroso gambito. Odrade observó cómo causaba efecto. Un hosco fruncimiento de ceño no fue la única respuesta visible de Dama. El naranja desapareció, dejando en sus ojos una extraña blandura que discrepaba con su colérico rostro.

Odrade asintió como si Dama hubiera respondido.
– Podemos dejaros vulnerables a aquellos que os atacan, aquellos que os han
conducido hasta este callejón sin salida.
– ¿Pensáis que nosotras…?.
– Lo sabemos.
Al menos, ahora lo sé. El conocimiento produjo a la vez excitación y miedo.
¿Qué es lo que hay ahí afuera capaz de sojuzgar a esas mujeres?.
– Simplemente estamos agrupando nuestras fuerzas antes de…
– Antes de regresar a una arena donde a buen seguro vais a ser aplastadas… donde no podéis contar con un número abrumador.

La voz de Dama se sumió en un suave galach que Odrade tuvo dificultades en comprender.

– Así que han venido hasta vosotras… y han hecho su oferta. Qué estúpidas sois confiando en que…
– No he dicho que confiemos.
– Si Logno, ahí atrás… -hizo una señal con la cabeza indicando a su ayudante en la habitación- …te oyera hablarme de esta forma, estarías muerta en menos tiempo del que necesito para advertirte de ello.
– Soy afortunada de que aquí estemos solamente nosotras dos.
– No cuentes con ello para que te lleve mucho más lejos.

“Casa Capitular de Dune” de Frank Herbert.

Leer partes II y III

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