Dune: El primer Navegante (Dune fan fiction)

navegante-by-devon-candy-lee

PRIMER CAPÍTULO

“El miedo es el primer rasgo del animal. La Bene Gesserit descubrió esto hace miles de años, y consiguieron métodos para extirparlo de ellas. Dedujeron así que sólo un auténtico ser humano podía sobreponerse y triunfar sobre el miedo. Lamentablemente para nosotros, los navegantes, el miedo no es tan facil de suplantar. Quizás ellan nos tilden de inhumanos… ¡qué razón tienen!”. (Palabras del primer navegante de la Cofradía).

Roward Kinchesse se observó meticulosamente en el espejo, fijando su atención en sus ojos. ¡Sí, ahí estaba! Lo había temido durante mucho tiempo, y por fin había salido. No supo si gritar, echar a correr, o simplemente reírse. Aquél condenado Glarius le había engañado.

Lo que había visto en sus ojos era el azul. Igual que en las siniestras historias que se contaban sobre las reverendas madres Bene Gesserit. El azul que evidenciaba su principio de adicción a la melange, esa maravillosa sustancia. Sintió unos fuertes golpes, y un rápido dolor laceró su brazo izquierdo. ¿Se había convertido por fin en un adicto? Imposible. Las dósis habían sido ínfimas -y terriblemente caras: casi doscientos solaris por gramo-, no era posible llegar a la adicción con eso. ¿O sí? Se recordó que había demasiadas cosas en el nuevo Universo.

Efectivamente, el Universo había cambiado mucho en tan solo cincuenta años… desde la terrible guerra, la Yihad Butleriana. Aquella fue la exagerada -en opinión de Roward- reacción del ser humano contra las máquinas. La destrucción había alcanzado a todos los mundos, y todas las instituciones habían cambiado. Los únicos mecanicistas que sobrevivieron -gracias a la fórmula de la humillación- habían sido los ixianos, que ahora estaban muy lejos y débiles. Roward había oído que estaba siendo imprimida una nueva Biblia católica Naranja, y que su primer mandamiento era: “No construirás una máquina a semejanza de la mente humana”.

Pero, de todas las cosas, lo que más había cambiado había sido la navegación interplanetaria, y esto era lo que más impacto tenía en la vida de Roward, pues él era un navegante. Al ser prohibidas las máquinas pensantes, todos los complejos cálculos del doblamiento espacial tenían que ser llevados a cabo por humanos, lo que implicaba que normalmente se tardaba más tiempo y era más costoso dinero calcular la trayectoria hiperespacial de la nave que lo que ésta transportaba.

Y aquí era donde entraba Glarius, presidente de la Organización Espacial de Transporte de Kaitain. Él…

-Row- dijo una voz femenina a sus espaldas -. ¿Estás bien?

Aquello sacó a Roward de sus pensamientos. Su mujer, Helen, había sentido su preocupación, y él no quería preocuparla inútilmente. Aprovechó la oscuridad para darse la vuelta y mirarla. Sabía que el azul en sus ojos era demasiado diluído como para que ella se diera cuenta con tan poca luz.
-Sí, no pasa nada.

Ella le abrazó con dulzura. Eso le hizo recordar tantas cosas. Cosas que ahora le provocaban dolor. Su mente ahora ardía. ¿Qué debía hacer? ¿Debería seguir tomando melange, y persistir en su adicción? Esos pensamientos le provocaban dolor de cabeza… o más bien sería resaca por la melange que había ingerido la noche anterior. Apartó aquello de su mente. Debía ir a trabajar. Glarius le esperaba, y quería tener unas palabras con él.

No supo cómo, se encontraba ya arreglado y listo para salir. Era por la mañana. El débil Sol de Kaitain arrancaba destellos cristalinos a los anillos que rodeaban el planeta, produciendo a veces extraños efectos ópticos, incluidos los arcoiris. En aquél preciso momento, un arcoiris tapizaba la acera como si fuera un nuevo tipo de azulejo. Aquello prestó a su mente la suficiente distracción como para sobrellevar su carga.

Antes de salir, sin embargo, cometió el error de dirigir una última mirada a Helen. Entonces ella vió, y él se estremeció. Sin embargo, ocurrió algo extraño. Ella no dijo nada, aunque había visto el azul de los ojos. ¿Quizás sabía algo? Las dudas y las sospechas bulleron en el interior de Roward hasta varios minutos después de marcharse.

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SEGUNDO CAPÍTULO

“Los seres humanos han cometido muchos errores en el pasado, y no aprendimos de ninguno de ellos. Enarbolando la bandera de la libertad se han cometido los mayores atropellos, incluso contra los propios abanderados. Me pregunto si fue realmente conveniente, por ejemplo, llevar a cabo la Yihad Butleriana. Sé que quienes oigan mis palabras me tomarán por un loco o un hereje, pero lo cierto es que antes de nuestra existencia- de la existencia de los navegantes-, la falta de una asistencia mecánica para el viaje interestelar produjo la mayor crisis de la historia de la humanidad. Recordadnos por salvaros”. (Primer navegante de la cofradía).

Glarius sonrió, y ojalá no lo hubiera hecho. Pocas personas podían asemejarse tanto a una gárgola cuando sonreían, y Glarius era uno de ellos. Además, mantenía su espantoso puro humeante en la boca mientras hacía tal gesto. Roward se encontraba delante de él, completamente en silencio, esperando una respuesta.

-¿Tienes miedo? -repitió, en tono de burla, Glarius.
-Pues claro que lo tengo -respondió Roward-. No soy ningún conejillo de indias. No puedes hacer conmigo lo que creas oportuno.

Glarius carraspeó:
-Puede que no lo creas, pero si todo va bien, serás un conejillo de indias rico. Más rico de lo que puedas imaginar.
-Y supongo que tú tampoco te empobrecerás.

La risa de Glarius fue forzada. Eso exasperó a Roward, quien se atrevió por fin a hacerle las preguntas que se había estad guardando.
-¿Qué es la melange? ¿Para qué la necesito?

Glarius cesó su risa incómoda. Le miró. Sus ojos eran feos botones torcidos, que parecía que miraban en otra dirección. Su quijada de asno limitaba al norte con sus gruesos labios, y al sur con una papada tan grande que seguramente hubiera podido evolucionar en un par de generaciones en un perfecto buche. Al hablar su papada bailó:
-¿Realmente te interesa? -su voz era como el frotar de la lija-. No sabía que los navegantes tuviérais curiosidad. Está bien, después del trabajo de hoy te explicaré un poco todo esto.
-Pero, ¿por qué yo? ¿Por qué no has elegido a otro?
-Tú tenías las aptitudes necesarias. Has pilotado naves. De hecho fuiste uno de los mejores pilotos. Y actualmente eres jefe del departamento matemático del salto hiperespacial. Tienes conocimientos profundos de ambas áreas, cosa que será muy… interesante, en el futuro.

Glarius se fue dejando más dudas que respuestas. Interesante, ¿para qué? ¿Qué se suponía que iba a poder hacer ahora que consumía melange como Glarius consumía tabaco? De una cosa sí se daba cuenta: la gente le miraba por la calle con asco. ¿Qué podía esperarse? El blanco de sus ojos estaba desapareciendo, siendo sustituído por un sospechoso azul. Era obvio para cualquiera que le mirase que consumía algún tipo de droga. Ahora, lo que nadie se imaginaba es que la droga en cuestión era la más cara: melange.

Se encontró con estos y otros pensamientos mientras se sentaba en el sillón de su despacho. La tecnología informática estaba prácticamente prohibida, de forma y manera que ahora se veía obligado -él y toda la unidad de medición, valoración y cálculo de la OETK, así como de otras agencias- a utilizar el incómodo papel y lápiz. Estaba especialmente harto de que a penas un segundo después de afilarle la punta, ésta se desprendiera como partiéndose de risa al ver su cara exasperada y sus labios pronunciar: es la décima vez que me pasa esto.

Le llegó un informe -por supuesto, en forma de papel llegado a través de un tubo de absorción, y no a través de una pantalla de ordenador como la que habían utilizado sus antepasados- sobre el nuevo salto. Manos a la obra.

-Atención, Row al habla -decía, a través del pequeño micrófono de su mesa, que transmitía sus palabras a las otras unidades-. Bien, tenemos un encargo. Un salto desde Kaitain hasta Arrakis. Según el comunicado, el cargamento alcanza las 17 toneladas, es decir que sobrepasará las 34 toneladas. Propongo una aproximación desde Teluxia Prime.
-Negativo -respondió la conocida voz de Miles, uno de sus ayudantes, desde la mesa ocho, dedicado a la extrapolación gravitatoria del hiperespacio-, no hay ninguna configuración gravitatoria favorable en una aproximación desde Teluxia Prime. Acabo de comprobar las mediciones.

“Mentats” pensó Roward. “Odiosos mentats; cuánto preferiría cambiarlos a todos por un buen ordenador de los de antaño”. Los mentats habían nacido con el propósito de ofrecer una alternativa a los ordenadores que no precisara incumplir el Yihad. No eran máquinas, sino humanos. Nacían como humanos, y se les adiestraba desde su más tierna infancia para multiplicar su capacidad analítica y numérica. Ello los convertía en ordenadores… arrogantes ordenadores humanos, como Miles. Y, de todos, Miles era el que mejor comprendía a Roward.

-Bien, pues… buscad una sincronización por el camino más corto. Esto nos llevará un buen tiempo – “Maldición”- pensó Roward-. “Ningún salto nos lleva menos de dieciocho horas de cálculos. Menos mal que nos permiten utilizar calculadoras. En caso contrario, tardaríamos años.”

Los indicadores luminosos mostraban la señal una y otra vez: NULL. No había camino. Había que buscar otra ruta. La velocidad hiperbólica, o “vh” para abreviar, condicionaba de tal manera la estructura del hiperespacio por el cual habría de cruzar la nave que calcular la trayectoria se convertía en una tortura.
Los ojos de Roward empezaban a temblar. Era una sensación molesta. Sentía a todos a su alrededor hablando entre sí. Mentats comunicándose. A veces eran más indescifrables que las viejas máquinas. Pronunciaban monosílabos que para ellos tenían extraños significados. A veces, Roward pensaba que la Yihad había sido un pretexto para hacer que los mentats alcanzasen el poder.

Pero, ¿a quién beneficiaba eso? Pensó durante lo que le pareció un año entero, aunque sabía que sólo era un segundo, y encontró la respuesta. La Bene Gesserit, o monjas malvadas, como siempre las había denominado su padre. Aquellas extrañas mujeres ritualistas tenían raíces en toda la administración. Incluso se sabía que la mujer del propio Emperador Mizhaah II había sido una acólita Bene Gesserit. Los ojos le volvían a temblar. Estaba lagrimeando. Aquello le hizo tambalearse un momento, pero se recompuso. Nadie había prestado atención. Siguió trabajando con toda la normalidad… o haciendo como que trabajaba. Le dolían demasiado los ojos para fijarse en cualquier cosa. Aturdido, los cerró un rato y comenzó a pensar en el problema.

Imaginó la nave partiendo de Kaitain, y a él de navegante. Eso le hizo recordar sus días como piloto. Sonrió y continuó. Se imaginó fijando la presión de los motores, llamando a la tripulación, manejando el hipertimón. Se fijó en los números: 34º3’32.231”. Vio el movimiento de la nave, girando suavemente por todas las direcciones. Luego, el leve impulso que les sacó de las tres dimensiones corrientes, seguido de un suave viaje por el hiperespacio. Vio cómo giraba el hipertimón 12”, seguido de un aumento de hv de 52 p/s. La nave avanzaba como si fuera un barco en un mar en calma.

Allí estaba Giedi Prime. Lo veía con claridad. Las cosas eran diferentes en aquella dimensión. Desvió el timón ligeramente. La hipergravedad de Giedi Prime catapultó la nave en la dirección correcta, destino a Arrakis. Atravesó decenas de sistemas, y se impulsó con cientos de cuerpos, girando y contorneando el espacio a su alrededor.

Y entonces despertó con un grito. Lo siguiente le pasó totalmente oscuro. Según supo más tarde, se había desplomado. Miles había llamado inmediatamente a una ambulancia, mientras que Ogden, el supervisor, se había quedado pálido momentos antes de verificar su contrato. Ahora se encontraba en una cama de hospital. Las cosas bailaban delante de él, con una tonalidad anaranjada. Curioso, mientras más azules se volvían sus ojos, el mundo se teñía de naranja. Helen estaba con él, y supo que detrás de la puerta estaba Miles. No sabía porqué, pero lo sabía.

Su mujer no lloraba. Controlaba perfectamente sus emociones. Únicamente observaba a su desvalido marido. Quizás trataba de infundirle ánimos, pero no lo conseguía. Sus hijos todavía no habrían vuelto del colegio, de modo que no podían haber ido a visitarle. Algo golpeó su cabeza, y dejó el mundo patas arriba. Había sido un pulso inconsciente de su cerebro. Todo iba bien, o al menos eso parecía.

-¿Estás bien? -fue todo lo que se le ocurrió a Helen.
-Sí -fue todo lo que se le ocurrió a él. Empezó a pensar que ambos eran unos perfectos estúpidos -. ¿Qué me ha pasado?
-¡Ha sido un milagro! -dijo helen-. No vas a creertelo. Lo has conseguido. Tú sólo lo has conseguido.
-Cálmate -¡qué ridícula situación!-. ¿Qué he conseguido?
-Helen- dijo otra voz. Una voz estropeada, como una lija frotándose contra una plancha de metal.

Entonces Roward se percató del leve olor a tabaco. Obviamente, no estaba fumando, pero el olor siempre le acompañaba. Consiguió decir:

-Glarius. ¿Qué haces aquí?
-¿Recuerdas que te dige que te lo explicaría todo? -dijo él haciendo bailar sus papadas al son de su voz. Intercambió una inaudible palabra con Helen, que asintió y se fue de la habitación dejando a Roward más confuso aún, y después dijo-. Compañero, el primer paso está completo.
-Explícame qué ha pasado.
-Te diré las palabras de Miles. Cerraste los ojos y empezaste a hablar. Nadie se lo creía. Todos pensaban que estabas loco, pero Miles atendió. Según él, tú ibas dando datos y cifras como… bueno, ya sabes que no tengo ni pajolera idea de esto, pero tú ya me entiendes. Resulta que les estabas dando la configuración de una trayectoria óptima, programada para dentro de seis días.

Roward tardó lo que pareció una eternidad en comprender lo que decía su jefe. ¿Él? ¿Acaso su imaginación, o sueño -pues ya no sabía exactamente lo que había sido-, tenía datos verídicos sobre el viaje?.

-A veces, sucede que resolvemos en sueños los problemas que no podemos resolver en la realidad. ¿No es increíble? -dijo Glarius. Y luego, con un tono de voz completamente diferente y aterradoramente confidencial, añadió -. Ha llegado el momento de darte la comunión.
-¿El qué? -ahora sí que estaba perdido, pensó Roward.
-La comunión, has oído bien. Te enviaré a un viaje a Arrakis para… bueno, sería de mala educación contarte el final -y dedicó su más amplia, franca y desagradable sonrisa imaginable a Roward -. Por cierto, el “viaje” sobre el que habías trabajado no era otro que el tuyo propio: Desde Kaitain hasta Arrakis, el lugar de donde viene la melange.

*** Procede del Foro OGame.Es, escrito por Master Ageof, un fan español de la saga. Meteos en el enlace para leer el resto de este interesante relato que (por desgracia) se queda en el 8º capitulo. Yo no he encontrado mas. Una vision alternativa del Duneverso, como reconoce el autor.

DUNE: El primer navegante (octavo capítulo) – Libro de a bordo …

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