Dune: El Juicio de Decomiso

duke_leto_atreides_by_verreaux

La mañana del juicio. Leto Atreides se entretuvo en elegir su atuendo. Otros, en su misma situación, se habrían puesto sus prendas más caras, camisas de seda mehr, pendientes y colgantes, junto con capas forradas de piel de ballena y elegantes sombreros adornados con plumas y lentejuelas.

En cambio, Leto se decantó por unos pantalones sencillos, una camisa a rayas azules y blancas y una gorra de pescador, la sencilla vestimenta que debería adoptar si no seguía siendo duque. De su cinturón colgaba una bolsa con cebos para pescar y la vaina vacía de un cuchillo. Un plebeyo corriente, que tal sería si le declaraban culpable. Mediante esta actitud, Leto proclamaba al Landsraad que sobreviviría, cualquiera que fuese el resultado del juicio. Las cosas sencillas le bastarían…

… A continuación se dirigieron hacia la atestada sala del tribunal del Landsraad. La abogada Ruitt se sentó al final de la larga mesa de la defensa, delante del alto estrado de los magistrados. Susurró algo al oído de Leto, pero éste estaba leyendo los nombres de los magistrados designados: siete duques, barones, condes y señores elegidos al azar entre las Grandes y Menores Casas del Landsraad. Esos hombres decidirían su suerte.

El techo de la sala del tribunal estaba adornada con frescos de tema militar y los emblemas y escudos de las Grandes Casas. Leto se concentró en el halcón rojo de los Atreides. Aunque intentaba conservar la calma, una terrible sensación de pérdida le invadió, un anhelo de lo que nunca volvería a existir. En poco tiempo había perdido todo cuanto su padre le había dejado, y la Casa Atreides se encontraba al borde de la ruina… Cuando sintió que las lágrimas acudían a sus ojos, se maldijo por su momentánea debilidad. No todo estaba perdido. El Landsraad le estaba observando y tenía que ser lo bastante fuerte para afrontar todo lo que le cayera encima…

… De pronto, por un pasillo lateral, los Tleilaxu aparecieron con sus Mentats pervertidos. Llegaron con la mínima fanfarria, pero con el estrépito de un vehículo de aspecto diabólico. Rodaba sobre ruedas chirriantes, acompañado del ruido de engranajes. Se hizo el silencio en la sala…

— Qué significa eso? —exclamó uno de los magistrados, el barón Terkillian.

El líder de los Tleilaxu dirigió una mirada de odio a Leto y se volvió hacia el magistrado.

—Señorías, en los anales de la jurisprudencia imperial los Juicios de Decomiso son escasos, pero la ley es inequívoca: “Si la defensa del acusado es desestimada, este perderá todas sus posesiones, sin excepción”. Todas… Pretendemos reclamar no sólo las posesiones de la Casa Atreides, sino también la persona del odioso criminal Leto Atreides, incluido sus células y su material genético… Con este ingenio desangraremos al duque Leto Atreides en esta misma sala, hasta la última gota. Estamos en nuestro derecho!…

… Antes de que llamaran al primer testigo, las enormes puertas de latón talladas se abrieron de súbito y golpearon contra las paredes. Un murmullo recorrió la sala y Leto oyó el resonar de unas botas con tacones de metal sobre el suelo de marmolita. Volvió la cabeza y vio al príncipe heredero Shaddam, ataviado con pieles púrpura y doradas, en lugar de su habitual uniforme Sardaukar. Seguido por una escolta de élite, el futuro emperador avanzó con paso decidido y concitó la atención de todo el mundo. Un Juicio de Decomiso ya era bastante insólito en el tribunal del Landsraad, pero la aparición del futuro emperador Padishah carecía de precedentes.

—Antes de que el juicio empiece —anunció—, quiero hacer una declaración. Lo permitirá el tribunal?… “Se siente amenazado por mí?”, penso Leto. —Con el permiso de la corte —dijo Shaddam—, me gustaría que mi primo Leto Atreides se colocara a m¡ lado. Quiero comentar estas maliciosas acusaciones y espero evitar que el tribunal desperdicie el valioso tiempo de sus miembros. Leto, estupefacto, miró a Hawat. “Qué está haciendo?”…”Primo!?”…

—Hablo desde el corazón de la Casa Corrino, la sangre de los emperadores Padishah —empezó Shaddam—, con las voces solidarias de todos mis antepasados que se han relacionado conla Casa Atreídes. El padre de este hombre, el duque Paulus Atreides, luchó valientemente por la causa imperial contra los rebeldes de Ecaz. Ni en la batalla ni asediada por los mayores peligros la Casa Atreides ha cometido, que yo sepa, la menor traición ni acto deshonroso, hasta remontarnos a su heroísmo y sacrificio en el puente de Hrethgir, durante la Yihad Butleriana. Jamás han sido asesinos cobardes. Os desafío a que demostréis lo contrario…

… —Quién de vosotros, conocedores de las historias de vuestras Casas, puede decir lo mismo?. Quién ha exhibido la misma lealtad, el mismo honor sin mácula?… Ha leído mi mensaje!, comprendió Leto. Y ésta es su respuesta…

—En mi opinión, es imposible que este hombre disparara contra las naves Tleilaxu. Tal acto seria contrario a las creencias y principios de la Casa Atreides. Las pruebas que demuestren lo contrario han de ser falsas. Mis Decidoras de Verdad me lo han confirmado después de hablar con Leto y sus testigos…

…—Este tribunal decide que todas las pruebas contra Leto Atreides son circunstanciales. Teniendo en cuenta unas dudas tan extremas, no existen motivos suficientes para proceder a un juicio de consecuencias tan graves, sobre todo a la luz del testimonio del príncipe heredero Shaddam Corrino. Por lo tanto, declaramos a Leto Atreides inocente y le devolvemos su título y sus propiedades…

… Los asistentes prorrumpieron en vítores y aplausos. —Leto, he de hacer algo más —dijo Shaddam, interrumpiendo el clamor. Y a continuación extrajo de su manga un cuchillo con el mango incrustado de joyas, de un color verdeazulado traslúcido, como cuarzo de Hagal del trono imperial. Shaddam se acercó a Leto con rapidez y todo el mundo enmudeció. Thufir Hawat se puso en pie de un brinco, demasiado tarde. Entonces, con una sonrisa, Shaddam deslizó el cuchillo en la vaina vacía de Leto.

—Mi regalo de enhorabuena para ti, primo —dijo—. Te hago entrega de este cuchillo en reconocimiento de los servicios que me has prestado.

“La Casa Atreides”, de B.Herbert y K.J.Anderson.

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