Dune permanece (del Newyorker)

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A medida que la temperatura en el Death Valley de California subia hasta los 54 grados centigrados, tuve una visión de gusanos gigantes en erupción desde el suelo del desierto tragandose a los turistas y medios de comunicación se reunian alrededor del termómetro de la estación de guardabosques del National Park Service. Los gusanos que tenía en mente surgieron primero de la imaginación de Frank Herbert, creados hace ya mas de medio siglo, y estan presentes en el pensamiento de cualquiera que haya leído el clásico de ciencia-ficción “Dune”.

Ubicado en un planeta desierto llamado Arrakis, que es la única fuente de la sustancia más valiosa del universo, “Dune” es una novela épica de traiciónes políticas, ecológia al limite de la superviviencia y una mesiánica liberación. Ganó los premios mas importantes de la ciencia-ficcion (el Hugo y el Nebula), y llegó a vender más de doce millones de copias en vida de Herbert. En fechas tan recientes como el año pasado, fue nombrada la mejor novela de ciencia-ficción de todos los tiempos en una encuesta entre los lectores de “Wired”.

Como David Itzkoff destaco en 2006, lo que es curioso acerca de “Dune” es que no ha penetrado la cultura popular en la forma en que “El Señor de los Anillos” y “Star Wars” lo hicieron. No hay convenciones de “Dune”. Frases del libro no se han incluido en el lenguaje popular. Sin embargo, de la novela se ha producido una industria propia de secuelas, precuelas y spin-offs, las cuales sólo se crearon tras la muerte de Herbert en 1986. En la actualidad hay dieciocho novelas en las crónicas de “Dune”, por no hablar de adaptaciones cinematográficas, libros de historietas, juegos de ordenador y consola, vídeos y juegos de rol.

Mientras se convertia “Dune” en una franquicia, para agrado de los lectores que han dejado a los Herbert buenas regalias, se ha recorrido mucho que ha ocultado el poderio de la novela original. (Me di por vencido después de la cuarta entrega, “Dios Emperador de Dune”.) Con recordatorios diarios de la intensificación de los efectos del calentamiento global, el fantasma de la escasez de agua en todo el mundo, y la continua agitación política por el rico en petroleo Oriente Medio, es posible que “Dune” sea aún más relevante hoy que cuando fue publicado por primera vez. Si usted hace mucho que la leyo, vale la pena que haga una nueva visita. Si nunca la ha leído, debería encontrar tiempo para ello.

Al igual que las mejores novelas de ciencia-ficción y fantasía, “Dune” crea para el lector un universo complejo, totalmente imaginado. Situado más de veinte mil años en el futuro, el libro se centra en la batalla por el control de Arrakis, la fuente de la melange o especia, una sustancia adictiva que prolonga la vida y, en algunos casos, da visiones al consumidor del futuro. La melange es también esencial para los viajes interestelares, permitiendo a los pilotos de naves espaciales trazar un curso a través de las grandes distancias del universo. Imagínese una sustancia con el valor combinado mundial de la cocaína y el petroleo y tendrá una idea del poder de la melange.

“Dune” tiene lugar en una sociedad feudal donde las familias nobles dominan planetas en un imperio presidido por el emperador Shaddam IV. Al principio de la novela, el duque Leto Atreides ha sido instalado, por orden imperial, como gobernante de Arrakis expulsando a los malvados Harkonnen que tiranizaban el planeta desde hacia ocho décadas. No mucho tiempo después de su llegada, los Atreides son traicionados por uno de los suyos, y son sometidos por los Harkonnen con la ayuda de las fuerzas del Emperador, todo por el control de la especia. La concubina de Leto, Jessica, y su hijo adolescente, Paul, escapan al desierto, donde viven con los aborígenes conocidos como los Fremen. Siempre subestimados por los Harkonnen, los Fremen han aprendido a prosperar en el duro clima de Arrakis. Paul se convierte en una especie de figura de T.E. Lawrence, usando el fanatismo religioso para liderar una insurgencia Fremen que derrota a los Harkonnen, asi como al Emperador, y pone a Paul en el trono imperial.

Esto es, como se puede ver, un universo de maquiavélica “realpolitik”, la ciencia-ficción a través del prisma de la Guerra Fría. Es poco lo que es bonito o adorable: no hay hobbits de pies peludos, ni ewoks como ositos de peluche. (De hecho, la cosa más mona que usted encontrara en una copia de “Dune” es la foto autor: Calvo, con barba y sonriendo. Herbert podría pasar por uno de los enanos de Tolkien). Incluso el héroe, el joven Paul Atreides, aturde a su madre con su reacción nada sentimental a la muerte de su padre. En lugar del luto, de inmediato comienza a trazar el plan para de la derrota de sus adversarios. Este es un terreno que le es familiar a los lectores de George R.R. Martin en “Canción de Hielo y Fuego”. Las traiciones e intrigas del villano principal de Herbert, el Barón Vladimir Harkonnen, serían perfectamente del gusto de los Lannister de Poniente. Aquí hay una escena en la que el Baron discute sus metas para la reconquista de Arrakis con su sobrino, el bien llamado “Bestia” Rabban:
“Se puede exterminar todo el planeta?”, preguntó Rabán.

“Exterminar?”. El Baron mostro sorpresa mientras giraba veloz la cabeza. “Quién ha dicho nada de exterminio?”.

“Bueno, supuse que ibas a actuar y…”

“Dije apretar, sobrino, no exterminar. No malgastes a la población, llevalos simplemente a la sumisión absoluta. Debes ser el depredador, mi muchacho… Un depredador nunca se detiene. No muestres piedad. Nunca pares. La misericordia es una quimera. Puedes ser derrotado por el estruendo del estómago de su hambre, por la garganta gritando su sed. Debes estar siempre hambriento y sediento… Como yo”.

-“Dune” de Frank Herbert.
Tal vez una explicación para la falta de una verdadera aficion a “Dune” entre los fans de convenciones de ciencia-ficcion, es la ausencia en sus páginas de dos claves del género: los robots y las computadoras. Esto no es un descuido por parte de Herbert, sino más bien una decisión de autor inteligente. Siglos antes de los acontecimientos descritos en la novela, los seres humanos se rebelaron y destruyeron todas las máquinas pensantes. “El dios de la máquina logica fue derrocado”, dejo Herbert escrito en un apéndice, “y un nuevo concepto se planteó: El hombre no puede ser reemplazado”.

Este momento histórico, conocido como la Yihad Butleriana, dio lugar a un despertar espiritual, que puso en su lugar las estructuras religiosas que finalmente producen al Mesías, Paul Atreides. No hay Internet en el universo de Herbert, ni Wikileaks, ni ciberguerras. Esta falta de énfasis en la tecnología pone el foco en las personas. También permite la presencia de un misticismo religioso nada común en la ciencia-ficción. Es un futuro que algunos lectores pueden encontrar preferible a nuestro propio presente obsesionado por los “gadgets”.

Por Jon Michaud para “The Newyorker”.

Traduccion libre de Danienlared.

3 Respuestas a “Dune permanece (del Newyorker)

  1. Gerardo desde uruguay

    Muy bueno.
    Interesante reflexion sobre la ausencia de máquinas.
    Yo creo que le dio un pie extremadamente valioso para incluir todo el manejo religioso, de como la Bene Geserit dejó en los planetas misticismos de los que se vale para manipular a la gente.

  2. Alguna vez se le preguntó a Frank Herbert si estaba creando una religión, y el autor se rió de la idea. Sin embargo, la religión existe: ¡los adoradores del “Duneverso” proliferamos lentamente y en silencio, pero imparables!

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