“Los reyes de la arena”, de George R.R. Martin

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-¿En qué puedo servirle?
La mujer pareció surgir de la niebla. Alta, delgada y pálida, vestía un práctico traje gris y una extraña gorrita que se apoyaba bastante detrás de la cabeza.
-¿Es usted Wo o Shade? -preguntó Kress-. ¿O sólo una dependiente?
-Jala Wo, a su servicio -replicó ella-. Shade no atiende a los clientes. No tenemos dependiente.
-Su establecimiento es francamente grande -dijo Kress-. Me extraña no haber oído hablar de él antes de ahora.
-Acabamos de inaugurar este local en Baldur -dijo la mujer-. Pero disponemos de autorización de venta en otros planetas. ¿Qué puedo ofrecerle? ¿Arte, quizá? Su aspecto es el de un coleccionista. Tenemos algunas excelentes tallas de cristal Nor T’alush.
-No -dijo Kress-. Ya tengo todas las tallas de cristal que deseo. Vengo a buscar un animal
-¿Una forma de vida
-Sí
-¿Extraña
-Por supuesto.

-Tenemos un imitador en existencia. Procede del Mundo de Celia. Un simio pequeño e inteligente. No sólo aprenderá a hablar, sino que imitará la voz de usted, sus inflexiones, gestos e incluso expresiones faciales.

-Encantador -dijo Kress-. Y vulgar. No me servirá de nada, Wo. Quiero algo exótico. Anormal. Y no encantador. Detesto los animales encantadores. De momento ya tengo un shambler importado de Cotho, en ningún sentido costoso. De vez en cuando lo alimento con algunos gatitos inútiles. Eso es lo que entiendo por encantador. ¿Me explico?

Wo sonrió enigmáticamente.
-¿Ha tenido alguna vez un animal que le adorara? -preguntó.
-Oh, alguna que otra vez. -Kress hizo una mueca-. Pero no me hace falta adoración, Wo. Sólo diversión.
-No me entiende -dijo Wo, todavía mostrando su extraña sonrisa-. Hablo de adorar literalmente.
-¿A qué se refiere?
-Creo que tengo lo que necesita. Sígame.Wo le hizo pasar entre los radiantes mostradores y le condujo a lo largo de un largo pasillo cubierto de niebla bajo una falsa luz estelar. Cruzaron una pared de niebla para entrar en otra sección del local y se detuvieron frente a un gran tanque de plástico. Un acuario, pensó Kress. Wo le hizo una seña. Kress se acercó más y vio que estaba equivocado. Se trataba de un terrario. En su interior yacía un desierto en miniatura, un cuadrado de dos metros de lado. Arena descolorida teñida de escarlata por una empañada luz roja. Rocas: basalto, cuarzo y granito. En todas las esquinas del tanque se levantaba un castillo.Kress parpadeó, atisbó y se corrigió: en realidad sólo había tres castillos en pie. El cuarto había caído, era una ruina desmoronada. Los otros tres eran toscos, pero seguían intactos; estaban tallados en piedra y arena. Diminutas criaturas trepaban y gateaban por sus almenas y redondeados pórticos. Kress apretó su rostro contra el plástico.

-¿Insectos? -preguntó.
-No -replicó Wo-. Una forma de vida mucho más compleja. Y también más inteligente. Mucho más sagaz que su shambler, muchísimo más. Los llaman los reyes de la arena.
-Insectos -dijo Kress, y se apartó del tanque-. No me importa cuán complejos sean. -Arrugó la frente-. Y, por favor, no trate de embaucarme con esta propaganda de inteligencia. Estos seres son demasiado pequeños para tener otra cosa que no sean cerebros muy rudimentarios.
-Comparten mentes-colmena -explicó Wo-. Mentes-castillo, en este caso. Solo hay tres organismos en el tanque, en realidad. El cuarto murió. Su castillo se cayó, ya lo ve.

Kress volvió a observar el tanque.
-¿Mentes-colmena, eh? Interesante. -Arrugó la frente de nuevo-. De todas maneras, sólo es un hormiguero de tamaño anormal. Había esperado algo mejor.
-Guerrean entre ellos.
-¿Guerras? Hmmm. -Kress volvió a mirar.
-Fíjese en los colores, por favor -indicó Wo.
La mujer señaló las criaturas que bullían en torno al castillo más cercano. Una de ellas estaba rascando la pared del tanque. Kress la examinó. A sus ojos, seguía teniendo el aspecto de un insecto. Apenas tan larga como una uña, con seis patas y seis ojos diminutos dispuestos en torno a su cuerpo. Un desagradable juego de mandíbulas se abría y cerraba visiblemente, mientras dos largas y delicadas antenas trazaban figuras en el aire. Antenas, mandíbulas, ojos y patas estaban ennegrecidos, pero el color dominante era el naranja encendido de su blindaje.

-Es un insecto -repitió Kress.
-No es un insecto -insistió Wo sin alterarse-. El dermatoesqueleto acorazado muda cuando el rey de la arena aumenta de tamaño. En un tanque de este tamaño no lo hará. -Wo tomó a Kress del brazo y lo llevó hasta el siguiente castillo-. Fíjese en los colores ahora.

Así lo hizo. Eran distintos. Los reyes de la arena tenían aquí un caparazón rojo brillante. Antenas, mandíbulas, ojos y patas eran
amarillos. Kress miró al otro lado del tanque. Los habitantes del tercer castillo eran blancuzcos, con bordes rojos.-Hmmm -dijo Kress.

-Guerrean entre ellos, tal como dije -explicó Wo- Incluso conciertan treguas y alianzas. El cuarto castillo de este tanque fue destruido como resultado de una alianza. Los negros estaban haciéndose demasiado numerosos, así que los otros unieron sus fuerzas para acabar con ellos.

Kress siguió sin estar muy convencido.-Divertido, es indudable. Pero también los insectos luchan entre ellos.
-Los insectos no adoran.
-¿Eh?Wo sonrió y señaló el castillo. Kress lo miró fijamente. Un rostro había sido esculpido en el muro de la torre más elevada. Lo reconoció. Era el de Jala Wo.
-¿Cómo puede ser que…?

“Los reyes de la arena”, de George R.R. Martin

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