La agonía del Ducado (y 3)

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El asedio de Kelven comenzó el día 7. La urbe estaba rodeada por todas partes, y el alcalde Déneonor Bâlz no deseaba una carnicería. Ordenó a sus tropas resistir, pero en su fuero interno sabía que la victoria era imposible.

Dos dragones azules, dos rojos y uno verde se lanzaron sobre la ciudad, mientras 7.000 infantes la atacaban por el noreste y por poniente. Los dragones causaron gran espanto y mortandad, y destruyeron bastantes tramos de muralla. Al alba del día 8, 9.000 guerreros trataron de penetrar por entre esas ruinas, y a media tarde lo lograron, aunque pagando un precio elevado. Al ocaso cesaron las luchas, y un tercio de la localidad ya estaba en manos de Von Hendrinks. Las bajas fueron tremendas: 2.700 soldados del Barón y 2.000 resistentes.

Cuando se vislumbraron las primeras luces del día 9, un potente cuerno resonó en toda la urbe, desde el torreón del Ayuntamiento. La bandera ducal fue arriada y se izó una blanca; Bâlz, de acuerdo con sus generales, había decidido cesar toda resistencia, no quería matanzas inútiles en un momento en el que la guerra estaba ya decidida. Rindió Kelven a Von Hendrinks en persona, ya que el líder del Caos se había desplazado al teatro de operaciones. El alcalde obtuvo garantías de que los vecinos elfos serían escoltados pacíficamente hasta Thyatis, donde se reunirían con sus hermanos del este; los vecinos humanos serían conducidos a Selenica (Darokin), soldados incluidos. Las autoridades civiles y militares serían llevadas a las mazmorras de Fortdoom. La condición innegociable fue que nadie podría llevarse absolutamente nada de valor consigo: la tropa exigía su botín de guerra.

Bâlz aceptó este último y penoso punto, y todo lo expuesto se llevó a cabo. La bandera del Águila Negra ondeaba sobre Kelven, y se dejó libre a un emisario del Duque para que llevara a Specularum la noticia. Al recibirla, Stefan III comprendió que había llegado el momento de partir: la noche del 12 al 13, un birreme puso rumbo a Tel Akbir (Thyatis), aprovechando que la Armada Oscura aún no había estrechado el cerco por mar; en sus camarotes y cubierta transportaba a Stefan Karameikos III, a su familia y a lo más granado de su Corte. Tan sólo quedó en la capital, voluntariamente, en calidad de regente, el general de caballería Hôlminur Hieldur, que quiso noblemente aguantar el chaparrón en esas horas terribles.

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