Las batallas hasta fin de año (4)

dragon_blanco

Los dragones del Caos lograron acabar con los dragones dorados del Duque, pero sólo sobrevivieron un dragón negro y otro verde, que a renglón seguido fueron abatidos a flechazos y lanzazos por los soldados de Karameikos. El día 19 se decretaron, de mutuo acuerdo, dos días de tregua. El salvajismo de los combates se había llevado ya al infierno a 4.000 guerreros por cada bando.

Durante el segundo día de pausa, tuvo lugar un hecho capital en el devenir de la batalla: las temperaturas bajaron bruscamente, situándose entre los cero y los 5ºC durante el día y bajando por la noche hasta -8ºC. Esto no ralentizó la lucha, pero hizo que se incorporaran a la batalla seis dragones blancos, criados por los gigantes del hielo en el rincón noreste del país; con esas temperaturas, esas terribles criaturas podían desenvolverse bien. Von Hendrinks lo vio muy claro y no lo dudó: junto con 1.000 orcos de refresco, se unieron a la pelea. Por su parte, Stefan III mandó 1.500 soldados desde Specularum, así como remesas de flechas y armas tales como mazas, hachas, espadas cortas…

Al comienzo del día 22 la lucha se reanudó. Los dragones machacaron sin piedad la zona sur del bosque de Dymrak, con sus ráfagas de escarcha mortal. No obstante, las órdenes en el ejército del Duque eran aguantar a todo trance, y por la tarde se produjeron sangrientos contragolpes que los del Caos acusaron. Los elfos de Gelmir luchaban sin descanso contra los orcos de las colinas, sin que nadie cediera.

El Barón, vía Threshold y Penhaligon, mandaba diariamente refuerzos en número de 150, en su mayoría procedentes de la fortaleza La Poderosa, ya restaurada y reforzada. Este goteo, a primera vista insignificante, era fundamental para continuar las operaciones. Los leales recibían refuerzos de 300 hombres diarios, aunque la mayoría eran o bien soldados bisoños, o bien leva forzosa de presidios y mendigos, con lo que su esperanza de vida, una vez entraban en combate, era exigua, y su voluntad de resistencia muy endeble.

Todas las naciones de Brun contuvieron la respiración ante la batalla del bosque de Dymrak: sabían que, para el Barón, una derrota sería un duro revés, aunque reparable; pero para Stefan III, un fracaso supondría sepultar cualquier esperanza de victoria en la guerra. En consecuencia, seguían la contienda con el máximo interés.

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