Dune: El banquete del palacio de Arrakeen

banquete-arrakeen

Leto tomó su jarra de agua y la levantó, de modo que se reflejara a la luz de las lámparas a suspensor. -Como Caballero del Imperio -dijo-, quiero proponer un brindis-. Los demás tomaron sus jarras, con sus ojos fijos en el Duque. -Aquí estoy, y aquí permaneceré! -exclamó Leto. Bebió de su agua.Gurney!-llamó el Duque. -Aquí estoy, mi Señor. -Cántanos alguna canción, Gurney

…Un acorde en tono menor del baliset flotó surgiendo de alguna parte. A un gesto del Duque, los servidores comenzaron a depositar sobre la mesa las fuentes con la comida: liebre del desierto asada con salsa cepeda, aplomage siriano, chukka helado, café con melange (el intenso olor a canela de la especia invadió la mesa), un auténtico pato a la marmita servido con vino espumoso de Caladan. Sin embargo, el Duque permaneció de pie. Mientras los invitados esperaban, con su atención dividida entre las fuentes colocadas ante ellos y el Duque, Leto dijo:

-En los viejos tiempos era deber de un anfitrión distraer a los invitados según su talento. No puedo cantar, pero voy a recitaros las palabras de la canción de Gurney. Consideradlo otro brindis… un brindis para todos aquellos que han muerto para conducirnos hasta aquí.

Un movimiento de incomodidad agitó toda la mesa. Jessica inclinó su mirada y observó a la gente sentada más cerca de ella: el transportista de agua de redonda cara, el pálido y austero representante del Banco de la Cofradía (que parecía un espantapájaros, con los ojos fijos en Leto), el curtido Tuek, con la cicatriz en su cara y sus ojos totalmente azules bajados.

“…Soldados que hace tiempo no habéis pasado revista. Cuando vuestro tiempo termine con su última mueca de sonrisa, dejad pasar el espejismo de la fortuna”.

El Duque arrastró su voz hasta apagarla en la última estrofa, y engulló un buen sorbo de su jarra, dejándola después violentamente sobre la mesa. El agua saltó y salpicó el mantel. Los otros bebieron en un embarazado silencio. El Duque tomó de nuevo su jarra, y esta vez derramó la mitad de su contenido en el suelo, sabiendo que los demás tendrían que hacer lo mismo. Jessica fue la primera en seguir su ejemplo. Hubo un instante de inmovilidad en el tiempo, antes de que los demás comenzaran a vaciar sus jarras. Jessica vio que Paul, sentado al lado de su padre, estaba estudiando las reacciones a su alrededor.

Aquello era agua limpia, potable, no ya una toalla empapada. La reluctancia en arrojarla se descubría en el temblor de las manos, en sus tardías reacciones, en las risitas nerviosas… y en la violenta pero necesaria obediencia. Una mujer dejó caer su jarra al suelo, y volvió la vista hacia otro lado cuando su compañero masculino se la recogió. Kynes, sin embargo, fue quien más atrajo su atención. El planetólogo vaciló, luego vació su jarra en un recipiente disimulado bajo su chaqueta. Sonrió a Jessica al darse cuenta de que ella le estaba mirando, y levantó la jarra vacía hacia ella, en un mudo brindis. No pareció en absoluto azarado por su acción. -Que empiece la comida -dijo el Duque, y se sentó…

… El banquero depositó su tenedor y cuando habló, lo hizo en tono irritado. -Se dice que la escoria Fremen bebe sangre de sus muertos-. Kynes agitó la cabeza y dijo, en tono doctoral: -No la sangre, señor. Pero toda el agua de un hombre, en último término, pertenece a su pueblo… a su tribu. Es una necesidad cuando se vive al borde de la Gran Llanura. Allí toda agua es preciosa, y el cuerpo humano está compuesto por un setenta por ciento de su peso en agua. Un hombre muerto, con toda seguridad, ya no la necesita.

El banquero posó sus manos sobre la mesa, y Jessica pensó que iba a echar la silla hacia atrás y levantarse para irse, en un gesto de rabia. Kynes miró a Jessica. -Perdonad, mi Dama, por hablar de un tema tan desagradable en la mesa, pero se había dicho una falsedad y era necesario aclarar las cosas. -Habéis permanecido tanto tiempo con los Fremen que habéis perdido toda sensibilidad -graznó el banquero. Kynes le observó tranquilamente, estudiando su rostro pálido y tembloroso. -Estáis desafiándome, señor?-. El banquero se envaró. Tragó saliva, y dijo apresuradamente: -Por supuesto que no. Jamás me permitiría insultar así a nuestros anfitriones-. Jessica captó el miedo en la voz del hombre, lo leyó en su rostro, en su respiración, en el latir de una vena en su sien. El hombre se sentía aterrorizado por Kynes!.

-Nuestros anfitriones son enteramente capaces de decidir por sí mismos cuándo son insultados -dijo Kynes-. Son gente valerosa que sabe cuándo hay que defender el honor. Todos somos testigos de su valentía por el solo hecho de que están aquí… ahora… en Arrakis. Jessica vio que Leto estaba saboreando aquel instante. La mayoría de los demás, no. La gente, en torno a la mesa, parecía dispuesta a salir huyendo, con las manos ocultas bajo la mesa. Habia notables excepciones, como Bewt o el contrabandista, Tuek.

-Bien? -dijo Kynes. -No quería ofenderos -murmuró el banquero-. Si he dado la impresión de ser ofensivo, os ruego aceptéis mis disculpas. -Libremente dadas, libremente aceptadas -dijo Kynes. Sonrió a Jessica, y siguió como si no hubiera ocurrido nada. Cuando Kynes ordena, la gente obedece, pensó Jessica. Acaba de decirnos que está del lado de Paul. Cuál es el secreto de su poder?. No puede ser porque sea el Arbitro del Cambio. Esto es temporal. Y ciertamente tampoco es porque esté al servicio directo del Emperador.

“Dune” de Frank Herbert.

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