Dune: Walking Dead Arrakis

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El vehículo terrestre se acercó a una aldea encajada en las estribaciones rocosas. En sus planos constaba como Bilar Camp. Pardot siguió hablando de la melange y sus peculiares propiedades.

—Pensaba que por ese motivo te enviaron aquí… para comprender la especia. —Sí… pero tenemos un trabajo más importante que hacer. Todavía sigo informando al Imperio de que estoy haciendo mi trabajo, aunque sin mucho éxito.

Liet siguió mirando el pueblo, con los ojos entornados para protegerse de la inmisericorde luz de la mañana. El aire poseía la fragilidad del cristal fino.

—Algo va mal —dijo, interrumpiendo a su padre.
—Qué pasa?. Liet señaló el pueblo. Kynes se protegió los ojos del resplandor. —Yo no veo nada. —Aun así, procedamos con cautela.En el centro del pueblo, descubrieron un desfile de los horrores. Las víctimas supervivientes vagaban como enloquecidas, chillando y aullando como animales. El ruido era terrorífico, al igual que el olor. Se habían arrancado el pelo de la cabeza en mechones ensangrentados. Algunos utilizaban largas uñas para arrancarse los ojos, que luego sostenían en sus palmas. Ciegos, se tambaleaban apoyándose contra las paredes de las viviendas, y dejaban grandes manchones carmesíes.

-Por Shai-Hulud! -susurró Liet, mientras su padre blasfemaba en galach imperial.

Un hombre con las cuencas vacías, como bocas sobre los pómulos, tropezó con una mujer que gateaba por el suelo. Ambos se enfurecieron y arañaron, mordieron, escupieron y chillaron. Eran manchas oscuras sobre la calle, contenedores de agua volcados. Había muchos cuerpos tendidos en el suelo como insectos aplastados, brazos y piernas paralizados en ángulos extraños.

Algunos edificios estaban cerrados a cal y canto, protegidos contra los desgraciados de afuera, que golpeaban las paredes y suplicaban sin palabras que les dejaran entrar. Liet vio el rostro horrorizado de una mujer en la ventana de un piso superior. Otros se escondían, los que no habían sido afectados por la locura asesina.

—Hemos de ayudar a esta gente, padre. Trae tus armas. Tal vez necesitemos defendernos...-. Los enloquecidos aldeanos repararon en su presencia y gimieron. Empezaron a avanzar. —No les mates a menos que sea preciso —dijo Kynes, asombrado por lo rápido que su hijo se había pertrechado con un crys y una pistola maula—. Ten cuidado.

Liet se adentró en la calle. Lo primero que le sorprendió fue el terrible hedor, como si el aliento fétido de un leproso moribundo hubiera sido liberado poco a poco. Pardot, sin dar crédito a sus ojos, se alejó unos pasos del coche. No vio señales de rayos láser en el pueblo, ni marcas de proyectiles, nada que indicara un ataque Harkonnen. Se trataba de una epidemia? Si tal era el caso, sería contagiosa. Si alguna plaga o locura contagiosa se había adueñado del pueblo, no podía permitir que los fremen se apoderaran de aquellos cadáveres para los destiladores de muerte.

Dos víctimas lanzaron chillidos demoníacos y corrieron hacia ellos, con los dedos como garras, las bocas abiertas como pozos sin fondo. Liet apuntó la pistola maula, murmuró una breve oración y disparó dos veces.

—Perdóname, Shai-Hulud-. Pardot le miró. He intentado enseñar a mi hijo muchas cosas, pero al menos ha aprendido compasión. —Creo que no es una enfermedad. —Miró a Pardot—. He ayudado a las curanderas del sietch, como sabes, y… creo que han sido envenenados.

El joven miraba un contenedor de agua volcado. Sabía que sólo había una forma de que el veneno afectara a tanta gente al mismo tiempo. —Voy a echar un vistazo al suministro de agua.

Se movió con la velocidad de un lagarto, subió el sendero y llegó a la cisterna. Habían disimulado su emplazamiento con inteligencia, aunque los aldeanos habían cometido muchas equivocaciones. Hasta una torpe patrulla Harkonnen era capaz de descubrir aquella reserva ilegal. Percibió un intenso olor amargo alcalino. Lo había captado pocas veces, sólo durante las grandes celebraciones del sietch. El Agua de Vida!. Los habitantes de Bilar Camp habían bebido Agua de Vida pura antes de su transformación. Alguien lo había hecho a propósito… y los había envenenado.

Entonces vio las marcas de un ornitóptero en la tierra blanda de la meseta. Tenía que ser un tóptero Harkonnen. Una patrulla regular… Una broma pesada?… Liet bajó la pendiente, y en su mente ya se estaban forjando planes. En cuanto regresaran al sietch, se reuniría con Stilgar y su comando. Y prepararían la venganza contra los Harkonnen.

“La Casa Harkonnen”, de Brian Herbert y Kevin J.Anderson.

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