Dune: La sentencia Fremen

Como el agua era el bien más preciado de Arrakis, las fábricas de extracción de humedad de Rondo Tuek le habían convertido en un rico mercader de agua. Contaba con los medios necesarios para comprar todo cuanto un hombre pudiera desear. Pero vivía sumido en el terror, y dudaba que alguna vez volviera a sentirse seguro, fuera a donde fuese. Tuek se había refugiado en su mansión de Carthag. Había gastado una gran cantidad de dinero en instalar un sistema de seguridad de alta tecnología, y en comprar una amplia gama de armas defensivas personales. Como guardias, había contratado a mercenarios extraplanetarios sin vínculos familiares con las víctimas de su traición. Tendría que haberse sentido seguro.

Después de revelar el emplazamiento de la base de contrabandistas, la vida de Tuek había dado un brusco giro. No se había sentido culpable en ningún momento por jugar a dos bandas, y al ver la oportunidad de ganar un montón de solaris, Tuek había denunciado al fugitivo ante el conde Hasimir Fenring. Tropas Sardaukar armadas hasta los dientes habían atacado la base de los contrabandistas. Jamás había sospechado que los renegados hubieran acumulado armas atómicas. Dominic Vernius, acorralado, había activado un quemador de piedras, vaporizado su base, a sus hombres y a todo un regimiento de soldados del emperador…

Tras considerar la posibilidad de que enviaran tras él a una bella asesina, Tuek se había desprendido de sus concubinas y dormía solo. Siempre alerta a los venenos, se preparaba la comida él mismo y analizaba cada bocado con los mejores detectores de venenos de Kronin. Ya no andaba sin protección por la ciudad, pues temía un ataque por sorpresa…

Liet-Kynes y Stilgar, junto con otros tres guerreros fremen, burlaron con facilidad los sistemas de seguridad. Eran capaces de atravesar grandes extensiones de arena sin dejar el menor rastro. Esto no suponía ninguna dificultad para ellos. Después de degollar a dos de los guardias mercenarios, los fremen entraron en la mansión del mercader de agua y recorrieron los pasillos bien iluminados…

Liet había desenfundado su cryscuchillo, pero la hoja de color lechoso todavía no había probado la sangre aquella noche. Intentaba reservarla para el hombre que más merecía su caricia. Años antes, el joven Liet se había unido a Dominic Vernius y sus contrabandistas en el polo sur. Dominic había sido un gran amigo y maestro, muy querido por sus hombres. Pero después de que Liet regresara al sietch, Tuek había traicionado a los renegados. El mercader de agua era un hombre sin honor…

En la oscuridad, irrumpieron en el dormitorio de Tuek y cerraron la puerta a su espalda. Llevaban los cuchillos desenvainados, sus pasos eran tan silenciosos como aceite resbalando sobre una roca. Liet podría haber traído su pistola maula y liquidado al traidor en su cama, pero su intención no era asesinar al hombre. En absoluto.

—No tenemos mucho tiempo, Liet —susurró Stilgar. Para facilitar las cosas, le cortaron simbólicamente la lengua de Tuek, con el fin de que la sangre que se acumulaba en su boca redujera sus chillidos a sonidos gorgoteantes. Cuando el hombre tuvo náuseas y escupió gotas escarlata, Liet pronunció la sentencia fremen. —Rondo Tuek, tomamos tu lengua por las palabras de traición que pronunciaste. Con la hoja de su cuchillo, Liet le sacó los ojos, uno a uno, y dejó las órbitas sobre la mesilla de noche. —Tomamos tus ojos por presenciar cosas que no deberías haber visto. Tuek se retorció, presa del horror y la agonía más atroces, intentó chillar, pero solo consiguió escupir más sangre. Dos guerreros fremen fruncieron el ceño al ver tanta humedad desperdiciada.

Con la hoja del cuchillo, Liet cortó la oreja izquierda del traidor, y después la derecha, que depositó junto a la lengua y los globos oculares sobre la mesilla de noche. —Tomamos tus orejas por escuchar secretos que no te concernían. Todos los guerreros participaron en la fase final: cercenar las manos de Tuek con un ruido hueco de huesos rotos. —Tomamos tus manos, con las que recogiste sobornos y vendiste a un hombre que confiaba en ti. Por fin, dejaron al mercader que se desangrara sobre su cama, vivo, pero tal vez habría estado mejor muerto…

“La Casa Corrino”, de Brian Herbert y Kevin J. Anderson.

Una respuesta a “Dune: La sentencia Fremen

  1. Impresionante descripcion.

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