Dune: La muerte de Victor Atreides

A bordo del dirigible, Leto se relajó en el asiento de mando. La nave sobrevolaba laciudad y se encaminaba hacia las zonas agrícolas circundantes. Reinaba una gran paz. Movió los timones, pero dejó que los vientos le empujaran a su capricho. Vio anchos ríos, espesos bosques y pantanos. Víctor miraba con atención por las ventanillas, señalaba cosas y hacía cientos de preguntas. Rhombur le contestaba. —Me alegro de que estés aquí, Víctor. Leto removió el pelo del niño…

Rhombur empezó a entonar canciones populares, versos que había aprendido de los nativos. En los últimos meses, Gurney y él habían hecho dúos de baliset. En aquel momento, Rhombur canturreaba con su voz poco educada, sin ningún acompañamiento. Cuando oyó una canción famosa, uno de los guardias se unió a él. El hombre se había criado en los campos de arroz pundi antes de ingresar en el ejército Atreides, y todavía recordaba las canciones que sus padres le habían enseñado…

Sí, Kailea… Victor debería ver a sus padres pasar más tiempo juntos, pese a sus diferencias. Al recordar lo crueles que habían sido sus padres el uno con el otro, no deseó dejarle tal herencia. Kailea se empeñó en exigir que contrajera matrimonio con ella, pero sabía que al menos tendría que haberla nombrado su concubina oficial y dado a su hijo el apellido Atreides. Y Leto aún no había decidido aceptar o no la oferta oficial de matrimonio del archiduque Ecaz con Ilesa…

—Algún día serás un gran piloto, muchacho, pero no dejes que tu padre te enseñe. Yo sé más de pilotar que él. —Victor, pregúntale a tu tío cómo se las arregló para incendiar una vez nuestro bote, y cómo lo encalló en los arrecifes… Víctor se subió a un saliente para alcanzar los armarios más altos, y buscó en los estantes. Con la curiosidad propia de un niño, se acercó a una hilera de receptáculos abiertos. Detrás de los suministros de emergencia, Víctor descubrió algo que tenía luces parpadeantes, un contador luminoso, mecanismos conectados con grupos de contenedores rojos que almacenaban energía. Lo miró durante largo rato, fascinado.

—Tío Rhombur!. Ven a ver lo que he encontrado!. Rhombur sonrió y cruzó la cubierta, dispuesto a explicar al niño lo que hubiese descubierto. —Ahí, detrás de los botiquines. Victor señaló con un dedo. Es luminoso y bonito. Rhombur se agachó para mirar. Victor, orgulloso, hundió la mano aún más. —Mira cómo parpadean todas esas luces. Lo cogeré para que lo veas mejor. El niño agarró el ingenio, y Rhombur respiró hondo de repente. —No, Victor. Es una…!...

…Cuando las llamas brotaron en la popa de la cabina, la onda de choque golpeó a Leto como un meteoro. Una masa de carne quemada y destrozada se estrelló contra el ventanal que había a su lado y cayó al suelo. Demasiado grande para ser un niño, demasiado pequeña para ser un hombre entero, dejó una mancha de fluidos corporales ennegrecidos. Un calor abrasador se alzó a su alrededor. La parte posterior del dirigible fue engullida por llamas anaranjadas. Leto forcejeó con los timones, mientras la nave herida se estremecía. No dejaba de mirar por el rabillo del ojo la forma irreconocible que había a su lado…

Victor se encontraba en el centro de la explosión… Nunca más le veré. La nave empezó a caer cuando el gas inflamable fue consumido dentro del cuerpo del dirigible. La tela se desgarró y las llamas blancoamarillentas alcanzaron mayor virulencia. La cabina se llenó de humo. Leto sentía la piel al rojo vivo, y comprendió que su uniforme no tardaría en arder. La nave se iba a estrellar. Leto, que en el fondo de su corazón sabía que Víctor estaba muerto, estuvo tentado de dejarse zambullir en las llamas y la explosión. Podía cerrar los ojos y reclinarse en el asiento, dejar que la gravedad y el calor le aplastaran e incineraran. Sería tan sencillo rendirse… —No, no, no… —gimió con voz gutural. Por fin, uno de los timones giró y el morro del aparato se elevó apenas. Vio que sus manos estaban rojas y cubiertas de ampollas…

…En el último instante, Leto arrancó un poco de potencia de los motores y suspensores dañados. Rozó un pueblo, chamuscó tejados desvencijados y se estrelló en los campos de arroz. La cabina golpeó el suelo mojado como un antiguo proyectil de artillería. Barro, agua y árboles rotos saltaron por los aires. Las paredes se torcieron y derrumbaron. El impacto arrojó a Leto de su asiento hacia el mamparo delantero y cayó al suelo. Agua marrón se coló por las grietas de la cabina, hasta que al fin, con un estridente estrépito, los restos de la cabina se detuvieron. Leto se deslizó en una oscuridad piadosa…

“La Casa Harkonnen”, de Brian Herbert y Kevin J. Anderson.

Una respuesta a “Dune: La muerte de Victor Atreides

  1. Buena escena y buena ilustración. 🙂

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