Dune: Fremen Justice (y II)

Stilgar, con la sangre hirviendo en sus venas, miró con el ceño fruncido a los hombres medio borrachos. Uno siempre confía en encontrar enemigos dignos, pero esta noche no hemos dado con ninguno. Incluso aquí, en la gruta de máxima seguridad, estos hombres habían saqueado la especia que, en teoría, debían vigilar, probablemente sin el conocimiento del barón. -Quiero torturarlos hasta la muerte ahora mismo.

—Los ojos de Turok eran oscuros bajo la luz rojiza de los globos—. Poco a poco. Ya has visto lo que hicieron a sus cautivos. Stilgar le detuvo. —Más tarde. Ahora, los pondremos a trabajar. Stilgar paseó arriba y abajo delante de los cautivos Harkonnen, mientras se mesaba la barba negra. El hedor de su miedo empezaba a imponerse al olor de la melange. Utilizó con el jefe una amenaza que su líder, Liet-Kynes, había insinuado.

—Esta reserva de especia es ilegal, una violación explícita de las órdenes
imperiales. Toda la melange del recinto será confiscada y enviada a Kaitain. Liet, al que acababan de nombrar planetólogo imperial, había ido a Kaitain para solicitar una entrevista con el emperador Padishah Shaddam IV. El viaje hasta el palacio imperial era muy largo, y un simple habitante del desierto como Stilgar era incapaz de imaginar tales distancias. — ¿Lo dice un fremen? —se burló el capitán de la guardia, medio borracho, un hombrecillo de mejillas temblorosas y frente despejada. —Lo dice el emperador. Tomaremos posesión de la reserva en su nombre. » Los ojos de Stilgar se clavaron en el hombre. El capitán no tenía suficiente sentido común para estar asustado. Por lo visto, ignoraba la suerte que deparaban los fremen a sus cautivos. Pronto lo averiguaría. — ¡Poneos a descargar los silos! —ladró Turok, que se había acercado a los obreros rescatados. Los prisioneros que no estaban demasiado agotados se divirtieron al ver el brinco que dieron los Harkonnen—. Nuestros tópteros no tardarán en venir a recoger la especia.

Mientras el sol del amanecer bañaba el desierto, Stilgar se sentía angustiado. Los cautivos Harkonnen trabajaban, hora tras hora. La incursión estaba durando demasiado, pero tenían mucho que ganar. Mientras Turok y sus compañeros vigilaban con las armas preparadas, los hoscos guardias Harkonnen cargaban paquetes de melange sobre las cintas transportadoras que llegaban hasta las aberturas practicadas en la cara de los riscos, cerca de las pistas de aterrizaje de tópteros. En el exterior, los atacantes fremen recogían un tesoro suficiente para comprar un planeta. ¿Para qué querrá el barón tanta riqueza?.

A mediodía, con puntualidad matemática, Stilgar oyó explosiones en la aldea de Bar Es Rashid, al pie de la cordillera: el segundo comando fremen atacaba el puesto de guardia Harkonnen, en una operación perfectamente coordinada. Cuatro ornitópteros carentes de todo distintivo dieron la vuelta al contrafuerte rocoso, hasta que los hombres de Stilgar los guiaron hasta las pistas de aterrizaje. Obreros liberados y guerrilleros fremen cargaron la melange dos veces robada en los aparatos. Había llegado el momento de finalizar la operación. Stilgar alineó a los guardias Harkonnen a lo largo del precipicio que dominaba las polvorientas cabañas de Bar Es Rashid. Tras horas de duro trabajo y de alimentar su miedo, el mofletudo capitán Harkonnen estaba sobrio por completo, con el pelo empapado y los ojos desorbitados. Stilgar estudió al hombre con absoluto desprecio. Sin decir palabra, desenvainó el cuchillo y abrió al hombre en canal, desde el hueso púbico al esternón. El capitán lanzó una exclamación de incredulidad cuando su sangre e intestinos se desparramaron sobre el suelo. —Qué desperdicio de humedad —murmuró Turok a su lado.

Algunos prisioneros Harkonnen, presa del pánico, intentaron huir, pero los fremen cayeron sobre ellos. Arrojaron a algunos por el precipicio y apuñalaron a los demás. Los que se resistieron fueron abatidos con rapidez y sin dolor. Los fremen dedicaban mucho más tiempo a los cobardes. Ordenaron a los obreros que cargaran los cadáveres en los ornitópteros, incluso los cadáveres putrefactos encontrados en los pasadizos. En el sietch de la Muralla Roja, la gente de Stilgar extraería hasta la última gota de agua de los cuerpos. La profanada Hadith quedaría vacía de nuevo, un sietch fantasma. Una advertencia para el barón.

Uno a uno, los tópteros cargados se elevaron como aves oscuras, mientras los hombres de Stilgar corrían bajo el sol de la tarde, cumplida su misión. En cuanto el barón Harkonnen descubriera la pérdida de su reserva de especia y el asesinato de sus guardias, se desquitaría con Bar Es Rashid, aunque los pobres aldeanos no tuvieran nada que ver con el ataque. Stilgar decidió trasladar a toda la población a un sietch lejano y seguró. Allí, junto con los obreros liberados, se convertirían en fremen, o morirían si no colaboraban. Teniendo en cuenta la vida miserable que llevaban en Bar Es Rashid, Stilgar pensó que les estaba haciendo un favor. Cuando Liet-Kynes regresara de su entrevista con el emperador, se sentiría muy complacido con los logros de los fremen.

“Dune: Fremen Justice”. 1º capitulo de “La Casa Corrino”, escrito por B.Herbert y K.J.Anderson. Incluido en “Tales of Dune”.

LEER 1º PARTE.

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