Dune: Sea Child

“Los castigos de la Bene Gesserit deben incluir una lección ineludible, una que se extienda mucho más allá del dolor.” – Madre Superiora Taraza, Archivos de Casa Capitular

Cómo lo había hecho desde que las brutales Honoradas Matres habían conquistado Buzzell, la hermana Corysta había tratado de pasar el día sin llamar la atención. La mayoría de las Bene Gesserit ya habían sido sacrificadas, y la cooperación pasiva era la única manera de sobrevivir. Pero para una desgraciada reverenda madre como ella, la sumisión a un adversario poderoso, pero moralmente inferior, la irritaba. El puñado de hermanas supervivientes encerradas en este mundo oceanico aislado, -todas habían sido enviadas allí para hacer frente a años de penitencia- no había podido resistir la llegada inesperada y abrumadora de las “rameras”.

Al principio, las conquistadoras Honoradas Matres habían recurrido a técnicas primarias de coacción y manipulación. Mataron a la mayoría de las Reverendas Madres durante los interrogatorios, tratando infructuosamente de conocer la ubicación de Casa Capitular, el planeta oculto de la Bene Gesserit. Hasta el momento, Corysta era una de las veinte hermanas que había evitado la muerte, pero ella sabía que sus probabilidades de supervivencia no eran buenas.

En los tiempos de la terrible Hambruna tras la muerte de Leto II, el Dios Emperador, la mayor parte de la humanidad se habían dispersado en el desierto de los sistemas de estrellas y lucharon por sobrevivir. Atras quedaron en el corazon del Imperio Antiguo unos pocos restos de civilización hecha jirones, reconstruidos bajo las reglas de la Bene Gesserit. Ahora, después de 1500 años, muchos de los que se fueron estaban regresando, trayendo con ellos la destrucción. A la cabeza de las hordas rebeldes estaban las Honoradas Matres, que barrían planetas como un tormenta espacial furiosa, manejando tecnología robada y actuando con gran violencia. En apariencia, las “rameras” tenían similitudes superficiales con las siempre uniformadas de negro Bene Gesserit, pero en realidad eran muy diferentes, con diferentes habilidades de combate y sin indicios de un código moral, como lo habían demostrado en múltiples ocasiones con sus cautivas en Buzzell.

Al amanecer, cuando la luz asomaba a través del agua, Corysta fue al borde de una cala. Sus pies descalzos apenas mantuvieron el equilibrio sobre las rocas resbaladizas, hasta que alcanzo la orilla del mar. Las Matres guardaban la mayor parte de los suministros de alimentos para sí mismas, y apenas ofrecían algo a las supervivientes de Buzzell. Por lo que, si Corysta no encontraba comida por si misma, se moriría de hambre. Las “rameras” se divertirían si supieran que una de sus odiadas Bene Gesserit no podía cuidar de sí misma; la Hermandad siempre había enseñado a las suyas la importancia de la adaptación del ser humano para sobrevivir en los entornos más exigentes.

La joven hermana tenía un nudo en el estómago, dolores de hambre similares a los dolores de la pena y el vacío. Corysta nunca pudo olvidar el crimen que la envió a Buzzell, un esfuerzo insensato e inutil de mantener escondido a su bebé de la Hermandad y su interminable programa de reproduccion.

En momentos de desesperación, Corysta sentía que tenía dos grupos de enemigos, sus hermanas y las Honoradas Matres que buscaban la supremacía sobre todo en el Imperio Antiguo. Si la Bene Gesserit no encontraba una manera de luchar, aquí y en otros planetas, sus días estarían contados. Con un armamento superior y sus enormes ejércitos, las Honoradas Matres exterminarían a la Hermandad. Desde su propia posición de desventaja, Corysta sólo podía esperar que su Madre Superiora estuviera elaborando un plan en Casa Capitular que permitiera a la antigua organización sobrevivir. La Hermandad se enfrentaba a un enorme desafío contra un enemigo irracional.

En un arranque de violencia, las Honoradas Matres que habían sido provocadas, destrozaron Rakis con las increíbles armas traidas de la Dispersión. Ahora Rakis, el mundo desertico más conocido como Dune, no era más que una roca quemada, con todos los gusanos de arena muertos y la fuente de la especia eliminada. Sólo la Bene Gesserit, en la lejana Casa Capitular, mantenia algunas reservas. Las “rameras” de la Dispersión habían destruido una enorme riqueza simplemente para dar rienda suelta a su ira. No tenía ningún sentido. O si?. Las Soopiedras también eran una fuente de riqueza en el universo conocido, y tan solo se encontraban en Buzzell. Por lo tanto, las Honoradas Matres habían conquistado este planeta y al puñado hermanas castigadas que lo habitaban. Y ahora tenián la intención de explotarlo…

En la orilla del mar, Corysta metió la mano donde rompían las olas para retirar las trampas hechas a mano, donde por la noche se agarraban los crustáceos. Levantándose la falda oscura, se metió en lo profundo para recuperar las redes. Aquella era su pequeña cueva especial, siempre le había proporcionado alimentos vitales que compartía con el resto de sus hermanas. Se sujeto en la superficie lisa de una roca sumergida. El agua estaba turbia por la corriente y el cielo tenia un color gris acero por las nubes, pero apenas si se había fijado. Desde la llegada de las Honoradas Matres, Corysta pasaba la mayor parte del tiempo con la mirada baja, viendo sólo el suelo. Ya había tenido suficiente castigo de la Bene Gesserit. Y aquel injusto sufrimiento se había visto agravado por las “rameras”.

Mientras agarraba la red, Corysta se alegro al sentir su peso, un indicador de buena pesca. Otro día sin hambre. Con dificultad sacó la red a la superficie y se apoyó en las rocas, donde descubrió que las hebras enredadas no traían un ruido de mariscos, sino que contenían a una criatura débil y de color verdoso. Para su sorpresa, vio a un bebé pequeño humanoide con una piel suave, ojos grandes y redondos, de boca ancha, y las hendiduras branquiales. Reconoció de inmediato a la criatura como uno de los “fibios”, los esclavos genéticamente modificados que las “rameras” habían traído a Buzzell para recoger las soopiedras. Pero era sólo un niño, flotando solo y desamparado.

Recobrando el aliento, Corysta apoyo la espalda en las rocas. Que los fibios eran seres crueles y monstruosos no era una sorpresa, teniendo en cuenta las putas viciosas que los había creado, y tenía miedo de ser castigada por ayudar a un niño abandonado. Algun fibio adulto la acusaria de que el niño había quedado atrapado en sus redes, y la matarían. Tenía que ser muy cuidadosa. Entonces, Corysta vio como se abrián los ojos del bebé, y las branquias y la boca jadeaban para respirar. Una herida sangrienta marcaba la frente del bebé. Parecía provocada por la garra de un fibio más grande. El niño era débil y enfermizo, con una decoloración grande en la espalda y en uno de sus lados, tenía una marca de nacimiento evidente, como tinta derramada a lo largo de su pequeño cuerpo. Un paria. Ya había oído hablar de ello antes. Entre los fibios, una herida de garra era un signo de rechazo. Sus padres acuáticos habrían marcado a su hijo disgustados por su aparente debilidad y aquella gran marca de nacimiento, y habrían arrojado el bebé al oceano para que muriera. La corriente lo había llevado a las redes de Corysta.

Suavemente, desenredó la criatura y lavó aquel cuerpo pequeño y débil en las aguas tranquilas. Era un chico. Respondiendo a su cuidados, el fibio se agitó y abrió aquellos ojos membranosos para mirarla. A pesar de la apariencia monstruosa, Corysta creyó ver la humanidad detrás de aquellos ojos extraños, un “hijo del mar” que no había hecho nada para merecer aquel castigo. Recogió el bebé en sus brazos, ocultandolo entre sus ropas negras. Mirando a su alrededor, Corysta rápidamente corrió a casa…

“Dune: Sea Child”, por Brian Herbert y Kevin J. Anderson.

Traduccion libre de Danienlared.

***Extraido del libro “Elemental, un tributo al tsunami”. Se refieren a la historia que aparece minimamente en el “Cazadores de Dune”, pag 337, cuando Corysta “comparte” con Murbella.

Una respuesta a “Dune: Sea Child

  1. Una bella historia de amor, de las que las Bene Gesserit abominaron durante tanto tiempo… y que les provocó tantos cambios, empezando por el primer Kwisatz Haderach.

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