Dune “Treasure in the sand” (parte V)

Las ropas del sacerdote destacaban en lo alto del peñasco, mirando a través del moteado desierto sin vida. El polvo en el aire hacía que el sol naciente de color naranja apareciera más grande de lo normal. Al igual que aves inmensas montadas sobre las corrientes de aire, los dos ornitópteros reparados volaban a baja altura a traves de la noche del desierto, agitando sus alas rítmicamente. La semana tras la tormenta, disgustado con la falta de éxito en Keen, Guriff había enviado a sus exploradores a buscar en las regiones polares del sur otros restos de tesoro. Optimistas y poco realistas, los excavadores esperaban poder encontrar signos de restos expuestos por la tormenta. Lokar sabía que no iban a encontrar nada. El Dios Dividido sólo revelaría su tesoro a los fieles, como era él mismo.

Lokar bajó de la roca y se abrió paso a través del campo de aterrizaje improvisado. Guriff salió al encuentro de las tripulaciones de los tópteros y recibir su informe. El líder de los exploradores se sacudió el polvo de su ropa. “No hay nada en el sur. Aterrizamos más de veinte veces y excavamos, tomamos muestras de núcleos, pruebas de los escáneres de profundidad…”. Negó con la cabeza. “Parece que Keen es todo lo que tenemos”.

Al fondo, el sacerdote oyó el sonido de los motores volviendo a la vida, el zumbido de las máquinas en los túneles despertándose con el día. Los equipos de excavación había descubierto hasta ahora un puñado de artefactos, un cofre sellado de ropa, piezas de cubiertos, muebles rotos, partes de tapices, algunas estatuas relativamente indemnes. “Ningun coleccionista pagaría más de diez solaris por estos restos”, había dicho Pellenquin con disgusto. El sacerdote no compartía el sentimiento general de decepción. Si persistían en sus esfuerzos, quizás obtuvieran premio. Pero Dios tenía sus propios trucos, y tal vez Guriff y su equipo no alcanzarían el tesoro.

Cuando los exploradores, que regresaban del segundo tóptero, se fueron a dormir al calor del día, el suelo del túnel tembló. Al otro lado del campo, una nube de polvo salió a borbotones hacia arriba, acompañada de un ruido sordo y gritos. Guriff y los hombres corrieron hacia las excavaciones. “Cavad!”. Al cabo de una hora, trabajando todos juntos, sacaron dos cuerpos del derrumbe. Lokar reconocido a un par de jóvenes que habían estado trabajando duro, ansiosos de ganar su fortuna. Guriff amargamente observó los cuerpos mientras los envolvían para la cremación química.

El equipo aún estaba conmocionado por los daños que la tormenta inesperada les había infligido. “Hay un tesoro en Rakis”, le dijo Lokar, tratando de tranquilizarlo. “Sólo tenemos que mirar en el lugar correcto”. “Estás tan ciego como tus preciosos gusanos, sacerdote!”. “Los gusanos de Rakis no eran ciegos. Simplemente veían de una forma diferente”. “Ellos no vieron la destrucción de su planeta que venía”, dijo Guriff y Lokar no tuvo respuesta. Contemplando el paisaje del planeta arrasado, Lokar decidió marchar al desierto. Aunque iba sin agua ni provisiones, caminó durante horas con el brillante calor del día. Se aventuró mucho más allá del campo de lo que había estado nunca antes.

En la arena, instintivamente, Lokar caminaba con un paso irregular, arrastrando los pies a la manera de los Fremen que vivieron aquí, como si los gusanos todavía existieran en lo profundo de la tierra y fueran capaces de detectarle. Sintió que algo le impulsaba hacia adelante, activando sus energías, seduciendolo.

Lejos de la vista del campamento, con sólo un rastro de huellas que serpentean tras de él para mostrarle el camino de regreso, Lokar subió a una amplia formación rocosa, retorcida bajo el sol de la tarde. Llegó a la cima y miró a través la extensión desierta. Algo oscuro y redondeado le llamó la atención, un obstáculo lo suficientemente grande como para formar un borde marcado de la sombra. Parecía que le llamaba.

Lokar se dirigió hacia el otro lado de la roca y avanzó por el desierto. El montículo sinuoso era mayor de lo que parecía, como si la mayor parte estuviera recubierto por la arena. La parte exterior estaba manchada y degradada con manchas negras, como el tronco de un árbol gigante enterrado. Lo tocó y retrocedió un paso cuando la arena y el polvo se desprendieron, mostrando una superficie áspera y pedregosa. Lokar cayó de rodillas en el polvo. Un gusano de arena había subido a la superficie y había muerto durante el bombardeo de Rakis, quemado vivo. Estos restos cartilaginosos resistieron, fundidos con una capa de arena vidriosa, expuestos a las tormentas.

En la arena suelta que se había reunido al abrigo del gusano, descubrió una bola del tamaño del puño de vidrio transparente, perfectamente esférica. Lleno de asombro, Lokar desenterró, y luego encontró, otra esfera fundida enterrada junto a la otra. Estos nódulos de arena fundida eran consecuencia del calor inusual por la ferocidad del ataque. Pero puestos donde estaban, debajo de la cabeza del gusano caído, Lokar lo interpretó como algo totalmente diferente: Las lágrimas de Dios. En el paisaje arruinado, mirando con asombro los restos del gusano muerto hacía mucho tiempo, Lokar sintió un nuevo tipo de luz que le inundaba desde todas direcciones. Igual que había visto visiones fantasmales de la ciudad perdida de Keen, ahora también veía todo el planeta como había sido en su periodo de gloria. No importaba lo que las Honoradas Matres habían hecho, el esplendor de Rakis no se había ido del todo. El tesoro estaba en todas partes, para todos los fieles. El sacerdote sabía exactamente lo que el Dios Dividido quería que hiciera. Lokar sonrió beatíficamente. “Simplemente no estábamos buscando con el enfoque adecuado”.

***Por Brian Herbert y Kevin J. Anderson (Agosto 2006. Publicado en la web de ciencia-ficcion de Jim Baen, y re-editado el 26 de junio 2007 en la edición de EE.UU. de bolsillo del “Cazadores de Dune”).

***Traducción libre de Danienlared

***Ilustracion original del texto.

***Dune: Treasure in the sand: Parte I, II, III, IV y VI

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