Dune “Treasure in the sand” (parte IV)

Dos semanas más tarde, el sol parecía una capa de sangre derramada sobre una llama. Una línea de polvo siniestro se aproximaba por el horizonte. El aire alrededor del asentamiento, que normalmente estaba en un completo silencio, estaba ahora vivo, con un ruido de fondo de truenos que parecía sepultarlos. Lokar sabía lo que significaban esos signos. Debido a sus debilidades humanas, sintió la emoción del miedo; por causa de su fé religiosa, sintió temor. Rakis fue herido, tal vez mortalmente, pero no había muerto del todo. El planeta estaba inquieto en su sueño.

“Qué no daría yo por un satelite meteorologico…!?”. Guriff apoyó las manos en sus caderas y olfateó el aire. “Esto parece muy peligroso”. Ya había llamado de vuelta a los tópteros y los vehiculos terrestres, aunque un equipo aún continuaba excavando en los túneles de Keen, en un laberinto subterráneo. “Sabes lo que es?”, dijo Lokar. “Se puede ver. Es una tormenta, tal vez la madre de todas ellas”. “Pensé que con el bombardeo, con la fusión de tanta arena, el habitual efecto de Coriolis…”. “Esto no va a ser algo normal, Guriff. No lo es de ninguna manera”. El sacerdote siguió mirando. No se había movido. “Todo el medio ambiente se ha sumido en el caos. Algunos patrones del clima podrían haber sido suprimidos, y reactivaron los demás”. Lokar asintió con la cabeza mirando hacia el horizonte de color rojo sangre. “Tendremos suerte si podemos sobrevivir esta noche”. Tomando en serio la advertencia, Guriff gritó a sus hombres, tomó un commLink y convocó a sus equipos para una reunión de emergencia inmediata. “Dime entonces, sacerdote, qué hacemos?. Has vivido aquí cuando había tormentas. Cuál es la mejor opción para refugiarnos?. En los túneles bajo Keen, o escondidos dentro de nuestros refugios?. Qué pasará con el hangar?. Estarán los vehículos a salvo?”…

Lokar respondió con una sonrisa vacía y un encogimiento de hombros. “Yo me quedaré en mi tienda, pero pueden hacer lo que mejor les parezca. Sólo Dios nos puede salvar. No hay refugio en el universo que puede protegernos si considera que esta noche es la noche en que debemos morir”. Guriff maldijo entre dientes, luego caminó para encontrarse con su gente…

Esa noche, el viento aullaba como una bestia despertandose, y la arena abrasiva rayaba el tejido de la pequeña tienda del sacerdote. La tormenta susurró y murmuró tentaciones desesperantes como la voz ronca de Shaitan. Lokar apretó sus huesudas rodillas contra su pecho con sus brazos alrededor de ellas, los ojos estaban cerrados. Recitó sus oraciones una y otra vez, alzando la voz hasta que fue prácticamente gritando contra el ruido exterior. El verdadero Dios podía oír hasta el más mínimo susurro, sin importar lo que el ruido de fondo pudiera ser, pero Lokar se consolaba al escuchar sus propias palabras.

La tela de la tienda reforzada estaba tensa, como si los demonios respirasen en su contra. Lokar sabía que podía sobrevivir a esta tormenta. Una tormenta tenía un incuestionable poder, pero su fé era más fuerte.

Lokar pasó así la noche, meciendose. Oyó un ruido y un gemido que procedia del campo. Las estructuras, fuertemente blindadas, eran destruidas por el viento, pero si él salía corriendo afuera, los granos de arena le desollarían la carne de sus huesos.

Los hombres del equipo de Guriff habían hecho su eleccion y sus apuestas. Algunos se habían quedado bajo tierra en Keen, mientras que otros creían en la seguridad de sus propias estructuras. Su destino había sido escrito por una mano de fuego en el libro de los cielos, desde el momento en que nacieron.

Llego la mañana, y la tormenta había pasado. Lokar vería lo que había sido decidido por Dios. Pasaron las horas. No había dormido, realmente estaba aún en un trance profundo. Arena y polvo le salpicaban la cara, apelmazada en los ojos y nariz. Parpadeó y miró a su alrededor para ver la luz del día. Milagrosamente, su tienda aún se mantenía en pie, pero la tela había sido rasgada hasta quedar los restos de gasa fina. Brisas, ahora suaves tras haberse agotado los vientos terrorificos, entraban a través de los pequeños huecos de la tienda, revolviendolo todo. El sacerdote se levantó y separo las fibras finas de la tela de araña de la pared de su tienda, como un hombre saliendo de un útero.

Rakis parecía prístino y virginal. Parpadeó en el resplandor del amanecer, se frotó el polvo de su rostro, y miró el paisaje. El sol de la mañana brillaba sobre la arena fresca que había sido liberada de la corteza vidriosa que cubría muchas dunas.

Escombros de todo el campamento se habían dispersado, probablemente sobre una extensión de kilómetros. Cerca de allí, una de las estructuras prefabricadas había sido destruida, y dentro, todo el mundo estaba seguramente muerto. Aunque la cúpula hangar también voló, los vehículos y tópteros aún estaban intactos, aunque dañados.

Lokar oyó gritos y voces, otros miembros del equipo de excavación saliendo de donde se había resguardado esa noche, evaluando las pérdidas, contando las víctimas y maldiciendo. La voz de Guriff era inconfundible, mientras gritaba obscenidades, buscando de un conjunto de restos a otro. Lokar no podía creer que hubiera sobrevivido en su pequeña tienda, que debería haber sido arrastrada. No había ninguna explicación lógica, pero un sacerdote del Dios Dividido no se preocupaba por la lógica. Se encontró envuelto en su propia revelación, su propio éxtasis. Se agachó sobre la arena fresca a sus pies, tomó un puñado y la miró en su palma. Se pellizcó un solo grano entre los dedos pulgar e índice y se la llevó a la luz del sol, estudiandolo. Vio, incluso en esta pequeña mota de sílice, un símbolo de poder milagroso, divino. Sonrió.

Sin previo aviso, Guriff le dio un golpe a Lokar en un lado de la cabeza. El sacerdote parpadeó y se volvió hacia el jefe de la expedición, cuyo rostro estaba rojo de ira y disgusto. Guriff había perdido mucho durante la noche y tenía que descargar su ira con alguien. Lokar le miró. “Deberías estar agradecido, Guriff. Has sobrevivido”. Desalentado, el hombre se alejó. Más tarde, Lokar fue a reunirse con él, ofreciéndole su ayuda. Dios los había salvado por una razón.

***Por Brian Herbert y Kevin J. Anderson (Agosto 2006. Publicado en la web de ciencia-ficcion de Jim Baen, y re-editado el 26 de junio 2007 en la edición de EE.UU. de bolsillo del “Cazadores de Dune”).

***Traducción libre de Danienlared

***Dune: Treasure in the sand. Parte I, II, III, V y VI

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